Por Gabriel Milian Scuri
En noviembre del 2020, el mundo era azotado por el coronavirus y, aún así, la Premier League seguía su curso, pero con las tribunas vacías. Arsenal recibía al Wolves. Raúl Jiménez, número nueve del visitante, intercambió algunos mensajes con su papá, como de costumbre, y salió a reconocer el campo de juego. Volvió al vestuario y a partir de ahí, no recordó más nada.
En la soledad del Emirates solo se escuchaban los golpes a la pelota. En un tiro de esquina gunner, el centro fue al primer palo. El brasilero David Luiz tomó carrera en aquella dirección. Raúl Jiménez también. Chocaron cabezas. Retumbó en todo Londres. Los dos cayeron desplomados. El defensor recuperó la consciencia. El mexicano no. El silencio era ensordecedor. Los médicos corrían. Sus compañeros lo asistían sin saber qué hacer. Desesperación.
Fractura de cráneo con daño óseo y hemorragia cerebral fue el diagnóstico. Entró en cirugía. La sala de espera del hospital era un calvario para Daniela, la esposa de Raúl. Cargaba en brazos a Arya, su bebé qué había nacido hacía cuatro meses. En aquel momento, los especialistas ya no sólo anhelaban que pudiera volver a jugar, sino que saliera con vida. Que pudiera caminar. Subir una escalera. Ser padre.
Daniela iba en el auto cuando le entró una llamada. Era Raúl. A pesar de que repetía las mismas preguntas una y otra vez, lo que generó la risa de ella, el alivio fue total. La recuperación se hizo dura. Le costaba masticar la comida y el encierro forzoso, y no solo por la pandemia, lo obligó a descansar.
A las semanas volvió al centro de entrenamiento. Le sonrió a sus compañeros como si no hubiera pasado nada. Con su carisma, los hizo sentir que no tenían motivos para quejarse. Raúl habló con uno de los médicos del Wolves y, mientras caminaba a tropezones, le dijo que no tenía dudas de que volvería a jugar.
Es junio de 2026. El estadio Azteca da inicio, por tercera vez, a una Copa del Mundo. México le gana 1-0 a Sudáfrica. Corre el minuto 66. Raúl Jiménez, que perdió a su padre tres meses atrás, juega de espaldas. Da dos pasos hacia adelante para escapar de la marca de los Bafana Bafana. Controla, descarga y el juego se abre a la derecha. El área lo llama y va.
Roberto Alvarado levanta la cabeza y revolea la pelota en busca del segundo tanto mexicano. Es tan perfecto el centro que Jiménez no tiene que despegarse del verde césped. Aplica un gesto técnico digno de un goleador e infla la red después de un frentazo.
Llora. Porque su primer grito mundialista es un cóctel de tristeza y alegría. Lo bautizó: resucitar. Llora, mientras lanza un beso al cielo, porque sabe que su padre no está. Llora. Porque pudo darle a la pelota con la enorme cicatriz que lleva como recordatorio de que casi lo pierde todo. Y de que está más vivo que nunca.




