Por Valentino Franco
La década de 1990 fue un espacio de turbulentos cambios para toda Europa y significó el período más conflictivo allí desde la Segunda Guerra Mundial. Los pueblos que habían elegido unirse entre sí producto de los enfrentamientos bélicos de la primera mitad del siglo XX comenzaban a fragmentarse, luego de casi 100 años de unión, por cuestiones económicas, ideológicas y, sobre todo, de identidad. Lo abrupto del cambio incursionó también en el mundo del fútbol: tres de las 13 selecciones europeas que clasificaron para el Mundial de Italia 1990 ya no existían a la hora de jugarse Estados Unidos 1994. En boga estaba la disolución de la Unión Soviética, Yugoslavia y Checoslovaquia.
La Guerra Fría le pasó factura a las tres naciones. Los soviéticos fueron los primeros en colapsar: el bloque comunista se deterioró, las reformas no ayudaron y se afloró un sentimiento nacionalista a lo largo y ancho del territorio. Para 1991, el equipo que hacía un año enfrentaba a la Argentina en fase de grupos del último Mundial ya no existía. Ahora, en su lugar, habían 15 nuevas Selecciones independientes.
Parecido fue el caso de Yugoslavia, aunque con consecuencias mucho más notorias: la República sangró durante un año en el marco de las infames Guerras Yugoslavas para terminar dividida en cinco países. Pero a la sombra mediática de los conflictos independentistas de las anteriores repúblicas se encuentra la desaparición de Checoslovaquia, que no hizo ni el décimo de ruido de las otras. Fue pacífica y, en vez de sangre, apenas se derramó una gota de tinta para decretar los caminos separados de las nuevas naciones: República Checa y Eslovaquia. Aunque dentro del calendario del fútbol, la situación no fue para nada oportuna. Las eliminatorias para la Copa del Mundo ya estaban en curso.

La Selección Checoslovaca de fútbol fue, desde siempre, una animadora al título tanto en Mundiales como en Eurocopas. Luego de desprenderse del Imperio Austrohúngaro participó en su primer certamen como territorio soberano para los Juegos Olímpicos de Amberes 1920, edición en la cual alcanzaron la final pero se retiraron en medio de ella al considerar que el arbitraje era parcial en favor de los locales belgas.
El debut mundialista fue en 1934, año en el que perderían la final en tiempo suplementario ante Italia, y tras encadenar campañas discretas, llegaron nuevamente al partido decisivo en Chile 1962. Sin embargo, en Santiago se encontrarían otra vez con la derrota, esta vez frente a la Brasil de Garrincha.
Entre medio de los subcampeonatos checoslovacos, en Europa ya se diagramaba la formulación de un certamen que reuniera a los seleccionados más fuertes del continente, y en 1960 se disputó el primer Campeonato Europeo de Naciones, actual Eurocopa; en ese primer torneo la Selección Checoslovaca se quedó con el tercer puesto.
El equipo no volvió a clasificar al cuadro final hasta 16 años después, para la Euro 1976. Allí, tras dejar fuera en la clasificación a Inglaterra, vencieron a la Unión Soviética en cuartos y a una maltrecha versión de la Naranja Mecánica de Cruyff en semis. La final fue ante Alemania Federal, vigente campeona del Mundo y de la Euro 1972. El título se definió en la tanda de penales, y obra de la famosa ejecución de Antonín Panenka, Checoslovaquia adjuntó su mayor logro futbolístico. No hacían falta más pruebas. Los eslavos no eran ningún equipo de morondanga.

El inicio del fin de la potencia
La mención de que Checoslovaquia fue uno de esos países que resultaron de la unión de varios pueblos producto de las guerras no fue en vano. Los checos y eslovacos, si bien pertenecen al grupo de pueblos eslavos, no son los mismos. Más allá de la afinidad por la vecindad territorial, presentan diferencias en sus culturas e idiomas. Una vez independientes de los derrotados austrohúngaros, acordaron unir sus fronteras en un afán de hacerse más fuertes ante posibles ataques de Alemania y Hungría, pero tal como una crónica de muerte anunciada, los alemanes se anexaron finalmente a Checoslovaquia en 1938. Acá es cuando aparece la Unión Soviética, que repele al bando fascista al precio de instaurar un régimen socialista en el territorio eslavo. Algo que sería pan para hoy y hambre para mañana.
Para la década de 1980 la economía checoslovaca, aún bajo la órbita socialista, se debilita al igual que la de los mentores soviéticos. En 1989 ocurre la llamada Revolución de Terciopelo, un movimiento pacífico que se extendió por el -aún- país en exigencia de un cambio de aire hacia el libre mercado. El brazo comunista se vio entre la espada y la pared, y no hubo escape a la dimisión. En la nueva Checoslovaquia postcomunista Václav Klaus fue elegido para conducir una nación que ya estaba encaminada a la división: en Praga y Bratislava los bocetos de futuro eran diferentes, y en el sector eslovaco ya se formaba un Partido Popular por una Eslovaquia Democrática. La población, según encuestas, tampoco aparentaba tener gran disgusto al plantearse los caminos separados. El fin de Checoslovaquia se pedía a gritos.
Tras una serie de negociaciones, Klaus y Meciar, en representación de los checos y eslovacos respectivamente, dieron pie al llamado Divorcio de Terciopelo en 1992, declaración que estableció, finalmente, la independencia de Eslovaquia. Checoslovaquia ya era oficialmente cosa del pasado, pero lo que aún persistía en el presente era la Selección de fútbol.

¿Qué pasaba con la Selección?
El equipo nunca volvió a repetir un logro de la magnitud de la Eurocopa de 1976, e incluso tuvo grandes decepciones como la no clasificación al Mundial de Argentina 1978. Pese a ello, jamás apartó su bandera del eje de Selecciones competitivas. En Italia 1990 el conjunto eslavo alcanzó los cuartos de final de la mano de un equipo que dio la talla, conformado por jugadores como el arquero Stejskal, Hasek, Kadlek, Kubic y, sobre todos, Tomas Skuhravy, número 9 del Slavia Praga que anotó cinco goles en aquel Mundial. Pero, sin que nadie lo sepa, aquella Copa del Mundo había sido la última competición de Checoslovaquia como país unido.
La Selección tuvo un traspié y falló en clasificar a la Eurocopa de 1992, y lo siguiente a encarar era la clasificación al Mundial de Estados Unidos 1994. En 1991 se estableció que Checoslovaquia competiría en el Grupo 4 contra Rumania, Bélgica, Chipre, Gales e Islas Feroe por dos plazas en la cita. En la primera fecha los checoslovacos perdieron 1-2 en condición de local ante Bélgica, para luego reponerse con un 4-0 ante Islas Feroe y rescatar un punto en Rumania para la tercera jornada. En paralelo a todo este certamen clasificatorio ocurría la ya mencionada ebullición a nivel país, y al anunciarse el vigor de la división desde 1993, la Selección no podía seguir compitiendo bajo el nombre de una nación inexistente.
En conjunto con la UEFA y la FIFA, la Asociación Checoslovaca de Fútbol decidió terminar las eliminatorias bajo el nombre de Representación de Checos y Eslovacos (RCS). Es así que el plantel debió competir en los siete partidos faltantes sabiendo, en su totalidad, quienes seguirán siendo compañeros en sus nuevas Selecciones y quienes jamás volverían a compartir vestuario una vez terminada la competición.
La RCS jugó su primer partido de visitante ante Chipre, encuentro que terminó 1-1. Para la quinta jornada, a la formateada Checoslovaquia le tocaba ejercer de local ante Gales, y la ciudad elegida era Ostrava, en República Checa. El partido terminó en empate, pero el detalle estuvo en las tribunas: por doquier se veían las banderas de las nuevas repúblicas, cosidas en una misma tela o, al menos, muy juntas. Parecía que el pueblo checoslovaco ya había aceptado su fragmentación, y tuvo su último destello de unión producto del fútbol.
Los últimos dos encuentros como local tuvieron como sede Kosice, territorio eslovaco. El saldo fue positivo: victorias ante Rumania y Chipre. El seleccionado llegó a la última jornada en el tercer lugar, a un punto de Rumania y a dos de Bélgica. La consigna era clara: había que vencer a los de rojo en Bruselas para clasificar al Mundial. El batacazo sería mucho pedir y el juego terminó en un pálido empate 0-0, plasmando el resultado del último partido oficial de la Selección Checoslovaca de fútbol. Al libro de las grandes historias mundialistas le acababan de negar el que habría sido uno de sus mejores capítulos: un país ya extinto dentro de la fase de grupos de una Copa del Mundo.




