El título que devolvió la vida a Nueva York

Por Santiago Jozame

En el transcurso de los primeros partidos de la Copa del Mundo 2026, la ciudad de Nueva York se vio envuelta entre la euforia y el caos cuando el sábado 13 de junio, los Knicks conquistaron la NBA y cerraron una campaña histórica.

53 años pasaron desde la última vez que el equipo de Nueva York fue campeón de la liga más importante del mundo, y a lo largo de estos años fueron muchos los planteles que ilusionaron a la ciudad con traer el anillo y el resultado fue siempre el mismo: derrotas. Derrotas que muchas veces eran inéditas, otras merecidas, pero derrotas al fin que burlaban la historia de la franquicia que parecía encaminada al fracaso eterno.

En Argentina hay un cántico de cancha que dice “Esta hinchada se merece ser campeón”, una frase que también aplica siempre en la afición neoyorquina, que es la más pasional de la liga y que vive el básquet casi como el sudamericano vive el deporte. Pero todo ese aliento nunca fue recompensado.

Sin embargo las rachas se rompen y los gigantes se despiertan, pero para eso la gerencia tenía que mover bien sus cartas y formar un equipo que se lleve puesto todo.

En 2022 los Knicks se encontraban sin rumbo, sin siquiera clasificar a Playoffs y con la necesidad de crear un proyecto que de resultado en el corto plazo, proyecto que necesitaba un referente y el elegido fue Jalen Brunson, un base que en aquel momento se encontraba en los Dallas Mavericks y que se convirtió en la cara de la franquicia neoyorquina. Un movimiento que fue criticado por toda la prensa, apuntando como un error sin siquiera haber debutado con el equipo.

Con Brunson volvieron a competir pero aún no alcanzaba para ser contendientes al campeonato, por lo que iniciaron un proceso de reconstrucción del quinteto con el base a la cabeza. Josh Hart, Og Anunoby y Mikal Bridges fueron los tres nombres que arribaron a Manhattan con el mismo objetivo en su cabeza. Pero al equipo le faltaba un pivot y luego de mucha negociación, apostaron por Karl Anthony Towns, un dominicano de 2.13 metros de altura pero que era tan versátil siendo efectivo tanto cerca del aro como desde el exterior. Con él, Nueva York ya tenía un equipo aspirante al título.

Ordenado en todas las líneas, a inicios de temporada se confirmó a Mike Brown como entrenador del equipo y exprimió todo el potencial de sus jugadores. Convenció a Brunson de soltar antes la pelota y evitar su desgaste a lo largo del partido para ser más eficiente en los últimos minutos del juego, convirtió a KAT en un pivot pasador y le dio la confianza necesaria a Anunoby para que sea la segunda espada en la ofensiva.

Al gran trabajo táctico de Brown lo acompañaba un quinteto con hambre de gloria y un banco de suplentes que aprovecharon sus oportunidades cuando les tocaba entrar. Así fue como los Knicks con un récord de 53-29 terminaron en la tercera posición del este y con altas expectativas de cara a los Playoffs. La afición acompañaba y el Madison Square Garden era su fortín y un infierno para sus rivales.

Llegó abril y con ello volvió la ilusión a La Gran Manzana. La primera parada fueron los Atlanta Hawks, que le harían pasar un mal rato los primeros partidos pero que a la vez les terminaría de formar una identidad ganadora y en el sexto juego de la serie una aplastante victoria por 140 a 89 hizo pasar de ronda a los Knicks. En la siguiente llave se enfrentaron a Philadelphia 76ers y con un contundente 4 a 0 desfilaron hasta las Finales de Conferencia donde los esperaban uno de los favoritos a llevarse el anillo: Cleveland Cavaliers.

Sin prisas, New York se hizo gigante y volvieron a ganar 4 a 0 para plantarse en las finales de la NBA 28 años después.

En las finales los esperaban los San Antonio Spurs, que venían de eliminar al vigente campeón y con muchos argumentos se pronunciaron como claros favoritos para ganar la serie y ser campeones. Los Spurs cuentan en su plantel con jugadores muy jóvenes y talentosos, como Victor Wembanyama, de quien aún no se conoce su techo, junto a Stephon Castle y Dylan Harper. Si los Knicks soñaban con ser campeones, iban a tener que dar su máximo esfuerzo, y así fue.

Los dos primeros partidos en San Antonio fueron de ensueño, con contundencia y un Jalen Brunson encendido, los Knicks se vieron ganadores. El tercer juego ya en Nueva York lo ganaron los Spurs y en el cuarto juego de la serie, el equipo de Brown se fue al entretiempo 29 puntos abajo. Los fantasmas del pasado aparecieron y los aficionados veían al equipo hundirse, pero ante la adversidad mostraron su pasta de campeón y en un Madison Square Garden convertido en una caldera, los Knicks con Brunson y Anunoby a la cabeza formaron la mayor remontada en la historia de las finales y quedaron a un partido de tocar la gloria.

El 13 de junio de 2026, en San Antonio, se jugó el quinto juego y el resto es historia. 45 puntos de Jalen Brunson lo colocaron en lo más alto del olimpo del básquet y con un triunfo de 94 a 90 los Knicks finalmente lo lograron: se consagraron campeones.

53 años de amarguras, de proyectos fallidos, de jugadores que terminaron decepcionando y de una ciudad envuelta en desilusión se habían terminado. Times Squares fue completamente copado por los aficionados que se merecían esta alegría más que nadie y que lo festejaron a la altura de la historia de la franquicia: caos y euforia, una fórmula que representa a rajatabla lo que son los New York Knicks.

La maldición se rompió y la ciudad pudo volver a festejar tantos años después.

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