Por Bryan Chávez
“Llora, guitarra, porque eres mi voz de dolor. Grita de nuevo su nombre, si no te escuchó…”, se escuchaba a JJ en la radio del bus que me llevaba en dirección a las afueras de la ciudad de Quito, hacia San Juan, un barrio que aún conserva ese toque de pueblo, donde sus calles de tierra y casas coloniales te transportan al Quito de antaño. Voy a ver al River Plate de San Juan, el equipo amateur de la familia Quinatoa, cual más va ser, es el equipo de mi pana Jesús. A medida que avanza el bus, unos pasajeros duermen y otros conversan, yo voy viendo a través de la ventana los sembríos de maíz que rodean el camino. De pronto una sonrisa pícara brota en mí, mientras pienso en si me encontraré en este River Plate con el “Driussi” o el “Quintero” de San Juan, o quizás soy muy osado al creer que encontrare uno igual con el talento del Burrito Ortega.
A medida que camino hacia la cancha, veo gente tomando, pues claro, la noche del sábado les quedó corta y siguieron la “vacilada”, como decimos por aquí. De pronto diviso en uno de ellos una camiseta blanca con franja roja: es la camiseta del River, pero no el de Argentina, es la del River de los hermanos Quinatoa. Nuevamente vuelvo a sonreír y es que el man que tiene la camiseta es “Canguil”, uno de los siete hermanos Quinatoa. Apenas me ve y dice: “Mijin, tómate un traguito de cerveza que hoy gana porque gana el River”. Me esfuerzo por dar un par de sorbos, son las 8 am.
Fácilmente se divisa el campo de juego de tierra con imperfecciones. Ya los muchachos recogen sus carnet para saltar a la cancha. Al lado mío se encuentran Jesús y sus cinco hermanos sosteniendo trapos hechos a mano. La principal era la de “Don Jorge”, padre de los hermanos Quinatoa que ya no está físicamente con ellos hace unos años, pero que aún forma parte del equipo. Con el partido ya en marcha, llegando un olor poco agradable por el cigarrillo que fuman los hinchas, le pregunto a mi compañero de al lado por qué tanto nerviosismo, y es que no solo eran 3 puntos, se estaba jugando la liguilla final y si no se obtenía la victoria quedarían eliminados y con eso toda la esperanza por honrar a “Don Jorge”, quien fue fundador y ex jugador del equipo.
“Pongan arrechera”, dice el hermano mayor al pie de la cancha en su función de DT del equipo. Con el partido 1-0 para favor de River aproveché para irme a un costado de la cancha a “pegarme” una fritada. El estómago me rugía, no había desayunado y encima tenía un vaso de cerveza ya dentro. “2 dólares, mi veci”, me dice la señora que me vende la fritada. Doy el primer mordisco a la carne, entre los murmullos observo y escucho a un señor de pelo largo, claramente un otavaleño por su forma de vestir, lamentando el gol de River, asumí que era del otro equipo. Al retornar a mi puesto le pregunto a mi amigo por aquel señor y me dice: “Mira loco, ese man es dueño del torneo y tiene un equipo aquí, siempre nos ha tenido pica porque nosotros somos unidos, además a su equipo siempre lo ayudan los árbitros”.
Tiro libre para el equipo rival. “Imbabura, goooooooooool…”, se escuchaba al frente de la cancha. Con el término del primer tiempo, Imbabura superaba 2-1 al River. “Muchachos, están ahuevados o que, vamos que sí ganamos”, decía el profe en la charla técnica, ahí en los asientos de tierra, donde jugadores e hinchada éramos uno solo.
Los niños salían corriendo de la cancha, ya iniciaba el segundo tiempo. Con “Don Medardo” sonando de fondo, River empata el partido en la primera jugada. La cerveza salpicaba por mi cabeza, como si estuviera en la popular con los Borrachos del Tablón. Cansado del humo que apercibía decidí retirarme a una esquina. A lo lejos en una canchita pequeña veía a los sobrinos Quinatoa jugando con una pelota desinflada, no importaba nada, solo querían diversión. De repente, voces enardecidas me hicieron voltear al campo de juego. Debo ser honesto, me perdí la jugada. Rápidamente voy donde Jesús y le pregunto: “¿Qué pasó?”. “¿No ves que este arbitro hijo de puta nos expulsó al arquero?”, me dice. Al parecer el arquero tocó el balón con la mano fuera del área para evitar el 3-2.
A solo falta de 5 minutos y con un jugador menos y encima tapando un defensor que apenas sabía como ponerse los guantes, el River aprovecha una contra y marca el 3-2 definitivo. Desde afuera los hermanos Quinatoa y el resto de la hinchada gritaban desesperadamente a sus jugadores para que defiendan el resultado. Con el frío característico de la ciudad, sentados en la tiendita de la esquina hablando sobre economía, política, mujeres y por supuesto el partido, los jugadores y la hinchada compartían un rato ameno con unas cuantas cervezas que iban y venían. Fue en ese preciso momento que entendí que este club, que este equipo de barrio es más millonario que cualquier club de Europa, inclusive más que el propio Club Atletico River Plate. Ahora puedo decir que yo también soy del River Plate, no el de Argentina, pero sí el de mi pana Jesús.



