domingo, marzo 22, 2026

Dictadura y Memoria: el caso de La Plata Rugby Club

Por Malena Mendoza Venier

A 50 años del Golpe de Estado en Argentina de 1976, el deporte argentino continúa revisando su vínculo con los derechos humanos; aunque el fútbol ocupó el centro de la escena —en gran parte por la realización de la Copa Mundial de Fútbol de 1978 y su masividad—, el rugby fue la disciplina más golpeada por el terrorismo de Estado.

Con 152 desaparecidos —sobre un total de 220 deportistas—, el rugby concentra una gran proporción de víctimas. Lejos de la imagen tradicional de deporte asociado a sectores acomodados y ajeno a la política, muchos de esos jugadores estudiaban y militaban, utilizando al club —particularmente en ciudades universitarias como La Plata— como un espacio social y de debate político que los convirtió en objetivo de la represión

El impacto no fue solo individual, sino colectivo. En un mismo operativo desaparecían varios integrantes vinculados al club o a su entorno. Familias enteras quedaron atravesadas por la violencia estatal, y muchos hijos crecieron sin sus padres, reconstruyendo sus historias años más tarde.

 

La persecución de una identidad colectiva

El caso de La Plata Rugby Club fue uno de los más representativos; con 20 jugadores desaparecidos, el club platense simboliza el impacto represivo sobre el deporte.

A comienzos de la década del 70, el equipo había revolucionado el Seven con una generación destacada dentro del rugby argentino. Era además, un plantel con fuerte identidad política y espíritu colectivo; las decisiones se tomaban democráticamente y la militancia atravesaba la vida cotidiana del club. Los grupos se dividían, en líneas generales, entre quienes integraban el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) y quienes participaban de la Juventud Universitaria Peronista.

Esa politización estigmatizó al equipo y fue señalado como un “semillero de guerrilleros” por los clubes elitistas, lo que expuso ideológicamente a sus integrantes. En 1974, algunos de sus jugadores debieron participar del Seven de Tandil utilizando documentos de identidad ajenos, conscientes de que estaban marcados. Muchos de ellos se sintieron aliviados al perder la final de la competencia, ya que aparecer en la portada de los diarios significaba un riesgo. 

Represión sistemática: un plantel diezmado

El primer caso que tuvo el club ocurrió el 27 de marzo de 1975, incluso antes del golpe militar. Hernán Rocca, medio scrum del equipo titular, tenía 21 años y estudiaba Medicina en la Universidad Nacional de La Plata. Mientras sus compañeros realizaban una gira por Europa, él se había quedado en la ciudad para rendir finales. Ese día entrenó con algunos compañeros y lo acompañó su novia, quien notó que dos hombres grababan la práctica desde un Torino (lo que les extrañó porque gran parte del plantel superior se encontraba de gira). Horas más tarde, al regresar a su casa, Hernán fue secuestrado por los hombres del Torino. Su familia pensó que había salido, pero al día siguiente su cuerpo apareció acribillado con 21 balazos en el arroyo El Pescado. Algunos de quienes lo homenajearon años siguientes, también fueron desaparecidos.

Jorge Moura reflejó también ese cruce entre deporte, militancia y vida cultural. Nacido en 1949, creció junto a sus hermanos Julio, Marcelo y Federico —quienes años más tarde serían integrantes de la banda Virus—. Había jugado en el club en la década del 60 y era recordado como un apertura creativo y “revolucionario” dentro de la cancha. 

El 8 de marzo de 1977, en plena dictadura, un grupo de tareas lo secuestró por formar parte del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y del ERP —donde adoptó el nombre de “Sargento Manuel”— y fue llevado al centro clandestino La Cacha. Allí, según testimonios de sobrevivientes, cantaba para sus compañeros y los alentaba a hacer lo mismo, en un intento de sostener algo de humanidad. Posteriormente fue trasladado a Campo de Mayo, donde se perdió su rastro.

“Una vez en 1973 o 1974 le pregunté al Flaco: Si no estuvieras militando, ¿qué te gustaría hacer? Y él me respondió: ‘Formar una banda de rock con mis hermanos’. Pasados los años y todo lo que sucedió, aquello me parece clarividente. Muchas veces me imaginé al Flaco tocando algo en Virus, con sus hermanos”, dice Perla Diez refiriéndose a Jorge Moura —su compañera de militancia, pareja y madre de sus dos hijos—

Estas historias se repitieron en el club y representan la experiencia de una generación de rugbiers que cruzó los límites tradicionales del deporte; jugadores que combinaban estudio, militancia y vida social fueron perseguidos, secuestrados y desaparecidos, evidenciando que el terrorismo de Estado no distinguió sectores ni identidades y alcanzó también a quienes habían hecho del rugby un espacio de pertenencia y construcción colectiva. En ese sentido, el caso de La Plata Rugby Club no solo expone la brutalidad represiva, sino que rompe con los estereotipos de un deporte ajeno a lo social, mostrando a un club profundamente atravesado por su tiempo histórico.

Con el retorno de la democracia, la institución inició un proceso de construcción de memoria: en 2006 instaló una placa en homenaje a sus jugadores desaparecidos y, desde entonces, sostiene esa historia a través de publicaciones, homenajes y testimonios que circulan entre generaciones. Hoy, esa memoria forma parte de su identidad. A medio siglo del golpe, el rugby todavía atraviesa su propio proceso de memoria, verdad y justicia, por lo que historias como la de La Plata Rugby Club permiten recordar lo ocurrido pero también interpelar al presente sobre lo que se dijo, lo que se calló y lo que queda por reconstruir.

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