sábado, junio 22, 2024

Un Mundial con olor a dinero y sangre

Por Matías Cavallero

Como siempre sucede en estos casos, el colectivo se prepara. Hinchas y jugadores se ponen a punto para volver a soñar, pero aún faltará un largo trecho para siquiera poner un pie en el estrafalario destino al que emigrará el deseo de coronarse mundialmente. Si todo sale bien en las instancias previas, Qatar se rendirá a los pies de uno de los mejores jugadores de la historia, que de darse la lógica, buscará con 35 años su última (y su única) posibilidad de levantar la Copa. Aquella que Diego supo admirar y sostener entre sus manos tras la gesta en México ’86.

Sin embargo, Lionel Messi no podrá formar parte del primer paso en la clasificación al Mundial 2022: aún debe cumplir su sanción correspondiente al encuentro ante Chile por la Copa América del año pasado, por lo que la presentación del seleccionado argentino ante su público en el Monumental, cuando enfrente el 26 de marzo a Ecuador, será sin su emblema. Leo recién podría retornar ante Bolivia en La Paz, cinco días después. Para la organización que nuclea el fútbol sudamericano, la presencia del delantero en las eliminatorias acarrea un recuerdo vívido de lo ocurrido en Brasil hace tan solo ocho meses. Tras la derrota de Argentina por 2-0 ante los anfitriones por las semifinales de la copa continental, la polémica se instaló por dos claros penales no cobrados a favor de la Selección. Messi, aturdido por los graves errores arbitrales, había decidido hablar en zona mixta: “Ojalá la Conmebol haga algo, aunque no creo que haga nada porque Brasil maneja todo. No tenemos que ser parte de esta corrupción”. Pues bien, aquellas acusaciones del astro rosarino, que le habían valido en primera instancia una suspensión de tres meses en todos los partidos con la Albiceleste, resonaron en todo el ambiente del fútbol, podrido de raíz. Y el último torneo que el crack del Barcelona podría disputar con la celeste y blanca está repleto de sospechas aún peores que las que revistieron a la competición que, según Leo, estaba “armada para Brasil”.

El 2 de diciembre de 2010, el Comité Ejecutivo de la FIFA se reunió en Zúrich para elegir al país que funcionaría como sede para la Copa del Mundo de 2022. Con Joseph Blatter como mandamás de la entidad que conduce el deporte rey, la decisión de los dirigentes de escoger a Qatar por encima de países más preparados para albergar una competición de alto calibre, como Estados Unidos, Corea del Sur, Japón y Australia sorprendió a propios y a extraños. Las condiciones climáticas, la infraestructura que debía desarrollarse con velocidad y el poco espíritu futbolero que irradiaba la nación asiática hacían pensar que la alternativa no proliferaría. De todos modos, un actor fundamental y cada vez más familiar volvió a ser clave: los petrodólares. Esta fuente de energía (y de recursos) inyectó de billetes un estado que se jacta de ser rico. Hizo falta poco tiempo para que comenzaran a surgir las dudas y las propuestas de los jeques a altos dirigentes de la federación con sede en Suiza, con la participación de intermediarios de renombre. La burbuja perfecta que se había creado explotó con el FIFA Gate y las acusaciones sobre lavado de dinero, corrupción y sobornos.

Entre otras cuestiones, las primeras alarmas sonaron cuando el periódico inglés The Times descubrió que a las negociaciones de FIFA con Al Jazeera, principal cadena de televisión árabe que cuenta con retransmisiones en occidente, por los derechos de transmisión por el Mundial, se le añadió un bono de 100 millones de dólares que se liquidaría en el caso de que Qatar fuese electo como anfitrión del mismo. La casualidad (o no tanto) da cuenta de que el dueño de Al Jazeera es el emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, que también aseguró el pago de otros 480 millones unos años después, durante las investigaciones por este caso. En el proceso judicial, varios de los presidentes de las federaciones sudamericanas que acabarían tras las rejas, como es el caso de Luis Bedoya, de Colombia, aseguraron que tuvieron contactos con empresarios qataríes que les ofrecieron apoyarlos por medio del voto a cambio de altas sumas de dinero, que rondaban el millón de dólares. En las operaciones también participaban negociadores argentinos, como Mariano Jinkis, CEO de una compañía que también se dedicaba a la reventa de derechos televisivos.

Hasta los altos mandos de los países participaban del entramado de corrupción y tráfico de influencias: Nicolás Sarkozy, ex presidente francés, le pidió días antes de las elecciones a Michel Platini, quien dirigía los destinos de la UEFA (Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol), que le diera su voto al país del Golfo. En cuanto a las relaciones diplomáticas, los jeques le otorgan a Francia gran parte de la energía que los galos consumen. Tal y como cuenta Ezequiel Fernández Moores en su nota “Qatar 2022, el Mundial infinito”, gran parte del poder económico del Paris Saint-Germain, principal equipo de Francia, está dado por el empresario qatarí Nasser Al-Khelaifi, dueño del club y poseedor de una de las diez riquezas más grandes del mundo. Mientras tanto, el hijo del ganador del Balón de Oro en tres ocasiones controlaba el Fondo Soberano de Inversión, que inflaba las arcas del PSG. Todo aquello (que correspondía a un severo caso de Fair Play Financiero, como el que quitó al Manchester City de las próximas dos ediciones de la Champions) correspondía ser controlado por su padre, que hizo oídos sordos a las consecuencias legales. Otro de los involucrados es alguien a quien Messi conoce muy bien: Sandro Rosell, presidente del Barcelona entre 2010 y 2014, está también en el ojo de la tormenta. De buena relación con el emir, organizó en su primer año al frente del club catalán una reunión entre Al-Thani y Ricardo Texeira, encargado de conducir los destinos de la Federación Brasileña (CFB). Tiempo después, verían la luz correos en los que Rosell agradece la “transferencia” del príncipe árabe, y pronto, Qatar Foundation patrocinaría la camiseta blaugrana. Por blanqueo de capitales dentro del Barça, el catalán estuvo preso casi dos años, mientras en las oficinas del Camp Nou lo reemplazó Josep María Bartomeu. Nada es al azar cuando se trata de negocios.

La FIFA, en el afán de mostrarse transparente bajo el mando de Gianni Infantino, pidió a Michael García, un jurista estadounidense, que investigara el entramado de corrupción que rodeó a la elección de la sede. Aquello quedó en la nada y García se vio obligado a renunciar luego de la filtración de su informe y de su pelea interna con el presidente del Comité de Ética de la federación, a quien acusó de “imparcial”. A nadie sorprendió que en medio de aquellas investigaciones, Qatar Airways se convirtiese en nuevo socio de la entidad.

A la problemática del clima, Qatar encontró una transitoria solución: el torneo se jugará entre noviembre y diciembre, meses en los que el calor se apacigua un poco. Pero es que también el ministro de finanzas del país confirmó que, desde el año 2017 hasta el partido inaugural de la Copa, invertirían 200.000 millones de euros, que están siendo dedicados a la construcción de estadios nuevos en tiempo récord, sistemas de refrigeración dentro de las canchas para mantenerlas a temperaturas más bajas, refacción y armado de nuevas autopistas, aeropuertos y otras cuestiones de infraestructura. La utilización del dinero es tan banal que hasta decidieron crear una ciudad de cero, llamada Lusail, en donde se jugará el primer encuentro y la gran final.

Pero es que ni siquiera se cumplen con las mínimas condiciones humanas para los trabajadores que forman parte de la realización de cada uno de los estadios. Según advierte Amnistía Internacional, el 90% de los obreros son mano de obra barata, migrantes que han decidido irse de sus países de origen para cobrar la mitad o menos de lo que, en un principio, ofrecían sus empleadores. Eso teniendo en cuenta la veracidad de lo pactado en última instancia: el retraso del pago (que ya de por sí es mísero) es muy común. La mayoría de ellos vive en condiciones de hacinamiento y con falta de higiene, y las leyes laborales de Qatar no les permiten a los trabajadores salir del país. Ocurre que únicamente pueden hacerlo con un permiso de sus jefes, que nunca es otorgado. Las condiciones bajo las que trabajan son pésimas y suelen ser amenazados con el objetivo de que trabajen de manera forzosa. En base a los datos que recolectó una organización sin fines de lucro británica, PlayFair Qatar, alrededor de 7000 empleados fallecerán hasta el comienzo de la competición que tiene un espíritu amateur y alegre, pero que cada vez más fomenta el negocio y engorda las billeteras de los dirigentes que dicen amar el deporte.

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