sábado, abril 13, 2024

Del amor al odio y del odio al amor

Por Santiago Carrodeguas

Diego Maradona sintió, quizás por primera vez, lo que era ser insultado por un estadio entero. La hinchada de River, enterada de que prefería ir a Boca, dirigió su odio hacia la madre del traidor. Aquel 7 de febrero de 1981, en un partido por la Copa de Oro en el estadio Minella de Mar del Plata, la relación entre los Millonarios y Maradona se fracturó completamente.

Nunca quedó claro por qué rechazó a River. En su autobiografía, Yo soy el Diego de la gente, aseguró que el pedido de su padre para que fuera a Boca y el destrato antes mencionado hicieron que tomara esa decisión. No obstante, en una entrevista que había dado cuando su destino era una incógnita, se contradecía: “Aragón Cabrera (presidente de River) me ofreció ganar lo mismo que (Ubaldo) Fillol y (Daniel) Passarella. No tendría problema con lo que cobren ellos si me dan lo que pido. Tenía la ilusión de ir a River, vino Aragón Cabrera y me la derrumbó”.

El hostigamiento, como era de esperarse, continuó en todos los clásicos en el Monumental. En el segundo, no se estaba destacando en el primer tiempo y una canción se impuso sobre los habituales “Dale Boca” y “Soy de River”: “Y ya lo ve, y ya lo ve, es Maradona que lo mira por tv”. En la jugada siguiente, se filtró entre tres rivales que lo derribaron, y de tiro libre, ajustició a Fillol con un zurdazo alto al palo derecho. Nunca fue aconsejable provocarlo, como bien sabía su compañero Hugo Gatti, que lo había llamado “Gordito” antes de un Argentinos- Boca por el campeonato Nacional de 1980 y recibió cuatro goles como respuesta. En 1982 se marchó al Barcelona tras haberle marcado cinco goles en cuatro partidos al eterno rival y con el Metropolitano 1981 bajo el brazo.

En la década que permaneció en el extranjero, la imagen de Maradona en el fútbol argentino pasó por muchas etapas. De la crítica despiadada por su desempeño en el Mundial de España 1982 a la deificación luego de ganar la Copa del Mundo en México 1986. En su última participación, Estados Unidos 1994, un doping por efedrina impidió que se tomara revancha por la final perdida en Italia 1990, a la que había llegado con infiltraciones en su tobillo izquierdo. “Me cortaron las piernas. Creo que me sacaron del fútbol definitivamente. Tengo el alma destrozada”, le contaba al borde de las lágrimas a Adrián Paenza, al mismo tiempo que el seleccionado argentino cantaba el himno ante Bulgaria por el último partido de la fase de grupos.

Como Lázaro, se levantó cuando lo daban por muerto. La vuelta a Boca, en 1995, lo hizo un ídolo más cercano y terrenal para el club de la Ribera. También reavivó las diferencias con River, inevitables después de que decidiera teñirse una franja rubia en su pelo negro. Los agravios más comunes eran los de drogadicto o gordo, aunque también estaban los que se metían con su mujer e hijas.

Dos años después, Maradona se retiró en el Monumental. Un joven de San Fernando, Juan Román Riquelme, lo reemplazó en el entretiempo. Eso no le impidió burlarse tras la victoria por 2 a 1 con una frase que es recordada hasta la actualidad: “River fue River. Jugó un gran primer tiempo y en el segundo tiempo se le cayó la bombacha”.

Al mismo tiempo, un niño crecía en Nápoles. Le gustaba el River de Ramón Díaz y se haría hincha del club en su adolescencia. Era Diego Maradona Jr, en ese entonces todavía no reconocido por El Diez, que viajó a la Argentina en 2008 para probarse en el equipo de sus amores: “De verdad que me gustaría jugar en este club, es un sueño”, le confesaba a Clarín el 7 de octubre. Aunque no quedó, abrió el camino para la reconciliación de los Maradona con River.

Hernán López Muñoz, sobrino nieto del Pelusa, debutó bajo las órdenes de Gallardo 11 años después del intento de Diego Jr. Zurdo, como su tío, convirtió en su estreno luego de una mala salida del arquero de Tigre. “Mi carrera la quiero hacer yo, y que sea Hernán López, no el sobrino de Maradona”, aclaró en una nota para ESPN. Aunque recién está empezando su carrera en el fútbol profesional, López Muñoz ya logró algo que solo ocurría cuando jugaba Argentina: ver a la hinchada Millonaria gritando un gol de Maradona.

 

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