Lola Fariña Villaverde
“Para sacarme los puntos estos hijos de puta me van a tener que matar”, dijo Diego Armando Maradona en la previa de lo que sería su último partido oficial como futbolista profesional. Todavía no lo sabía. Frente a River, en el Monumental, el Diez volvería a ser protagonista de una tarde que quedaría en la historia.
Boca salió del túnel con Maradona como capitán y un afiche entre las manos: “No se olviden de Cabezas”. Habían pasado exactamente nueve meses desde el asesinato del reportero gráfico José Luis Cabezas, ocurrido el 25 de enero de 1997 en Pinamar. Fiel a su estilo, Diego aprovechó uno de los escenarios más importantes del fútbol argentino para levantar el reclamo de justicia ante los 60.000 espectadores que coparon el estadio.
Había un saludo (o un no saludo), que los hinchas estaban esperando: atravesados por una relación en cortocircuito, la mano de Ramón Díaz, entrenador del Millonario en ese entonces, se estrechó a la de Pelusa de una manera fría, distante y casi sin cruzar miradas antes del comienzo del partido.
El primer golpe llegó sobre el cierre de la etapa inicial. A los 40 minutos, Sergio Berti puso en ventaja al equipo local. En el descanso, Maradona y el entrenador Héctor “Bambino” Veira acordaron que no saldría a jugar el segundo tiempo. Una molestia muscular lo dejaría en el banco. Su lugar lo ocuparía un joven de 19 años: Juan Román Riquelme. El cambio, que en aquel momento parecía una decisión futbolística más, con el tiempo tomaría otro significado: Román por Diego. Dos dueños de la camiseta número diez y una imagen que quedaría asociada al traspaso del legado Xeneize.

El segundo tiempo no dio demasiado tiempo para acomodarse y desayunó a los dos minutos el empate de Julio César Toresani. Bajo una lluvia torrencial, Hernán Díaz salió expulsado por doble amarilla y Boca encontró el envión que necesitaba para ir en busca de la victoria. Apareció Martín Palermo. Un cabezazo del delantero dio vuelta el marcador y puso el 2-1 para el equipo del Bambino Veira.
Desde el banco, Diego ya no podía hacer demasiado. El partido avanzaba hacia su desenlace y Boca sostenía la ventaja. Hasta que Horacio Elizondo hizo sonar el silbato y terminó. El Monumental fue testigo de la victoria visitante y Maradona, que había seguido los últimos minutos desde afuera, volvió a pisar el césped para sumarse al festejo de sus compañeros, a su último festejo con ellos.
La espera se transformó en desahogo. Los abrazos, los saltos y los cantos se mezclaron en una celebración que parecía no tener final. Diego también tuvo tiempo para acercarse a una de las plateas y dedicarles un gesto a los hinchas de River. Había ganado en el Monumental y quería que todos lo supieran.

Pasaron casi veinte minutos entre cánticos y abrazos interminables. Mientras los jugadores de Boca prolongaban el festejo, la atención se trasladó al vestuario visitante. Allí, Maradona encontró las palabras para resumir lo que había ocurrido en la cancha. Con la picardía que lo caracterizaba, lanzó una de esas frases que sobreviven al resultado y al paso del tiempo: “Boca jugó a lo Boca y River jugó a lo River. Ellos hicieron un gran primer tiempo, pero en el segundo se les cayó la bombacha”.





