Con Inglaterra como enemigo común: el lazo argentino-irlandés que volvió a emerger en un Mundial

Por Valentino Franco

La presente Copa del Mundo fue otra prueba irrefutable del estrecho lazo que el deporte sostiene con las cuestiones políticas, que merodean fuera de la cancha pero no muy lejos de la línea de cal. Desde la elección de la sede, los protocolos y algunos partidos, todo se ve interpelado por la historia. La semifinal entre Argentina e Inglaterra no fue la excepción, y el agente histórico no sólo explica los condimentos que hubieron detrás de ese partido -la Guerra de Malvinas-, sino también la razón por la cual un país perteneciente al otro lado del Atlántico alentó con fiereza a la Albiceleste a razón del rival que tuvo en frente. Hablamos de la República de Irlanda.

Al igual que el día de Rattín y el banderín en Londres, el de Maradona y sus goles en México, el de los penales en Saint Etienne y el de la victoria 2-1 en Atlanta, una inmensa fracción de la República de Irlanda se tiñó de celeste y blanco en sintonía con una hermandad entre ambos países que data desde hace siglos. La historia de cómo el desprecio por la ocupación de Gran Bretaña y las batallas independentistas forjaron una unión cultural que hoy vemos en el deporte y en el pasado de las dos naciones.

Nada de señorito inglés para Irlanda 

Irlanda tiene razones de sobra para simpatizar con cualquier bando que le haga frente a Inglaterra sea cual sea el ambiente del que se trate. Cuando pensamos en el resentimiento que a un argentino le provoca la bandera inglesa cabe pensar en el que un irlandés puede sentir; durante más de 800 años, Irlanda fue colonizada e intervenida por Inglaterra, cuatro veces más tiempo del que los españoles estuvieron en América. 

La historia se remonta al siglo XII, cuando la sociedad irlandesa estaba conformada por una suerte de mestizaje entre los Celtas y los Vikingos. No había un poder unificado, sino varios reinos que batallaban constantemente entre sí. En 1166 el Rey Mac Murchada de Leinster fue expulsado de su reino, a lo cual acudió al Rey Enrique II de Inglaterra en busca de ayuda. El mandamás inglés desembarcó tropas en Irlanda, lo que le permitió a Mac Murchada recuperar su trono. Sin embargo, los ingleses jamás abandonaron el lugar y a partir de ahí se inició un largo proceso de ocupación que terminaría con la totalidad de la isla bajo poder de la Corona. 

Incluso hoy, más de 100 años después de la independencia de Irlanda, el Reino Unido sigue ocupando casi el 20% del espacio allí: mediante una estratégica implantación de población -denominada Plantación de Úlster-, Inglaterra confiscó durante el siglo XVII tierras en el norte y situó allí a colonos de religión protestante -la mayoría de Irlanda era católica- que le serían leales a la Corona. A la hora de la independencia, el norte se mantuvo reacio a desprenderse de los ingleses, razón por la que hoy vemos en el mapa dos países diferentes dentro de una misma isla. El verso de una población implantada y sin arraigo a la sociedad a la que debería pertenecer, ¿suena familiar a la hora de hablar de las Islas Malvinas? 

En la Independencia de 1816 y en las canchas del ascenso

Pero, de hecho, hablar de la Argentina como un país soberano sería una incógnita si no fuese por un irlandés. William Brown fue un militar formado en la Marina Británica que llegó a Buenos Aires en 1810 durante los movimientos independentistas producto de la Revolución de Mayo. Se integró a la rebelión criolla que le hizo frente a los realistas y dirigió diversas batallas navales que terminaron con la toma de la Isla Martín García y el fin de la amenaza española en el Río de La Plata. Brown -o Guillermo, como fue rebautizado- es considerado el padre de la Armada Argentina y uno de los próceres bisagra en la historia de nuestro país, que como tantos otros, le dio nombre e identidad a varios clubes de fútbol: Club Almirante Brown (Isidro Casanova, Buenos Aires), Club Atlético Brown (Adrogué, Buenos Aires), Club Social y Atlético Guillermo Brown (Puerto Madryn, Chubut) y tres homónimos de Club Atlético Almirante Brown (uno de Arrecifes, Buenos Aires; de Malagueño, Córdoba; y de Lules, Tucumán).

Sin desviarse del deporte, la comunidad irlandesa trajo desde sus tierras dos deportes que están en vías de desarrollo y popularización en Argentina: el hurling, una mezcla entre el hockey y el rugby, y el fútbol gaélico, que fusiona el fútbol, rugby y handball. Ambas disciplinas son las más practicadas en Irlanda, y llegaron al Río de la Plata de la mano de los inmigrantes que arribaron durante la Gran Hambruna Irlandesa de la década de 1840. Este suceso esparció grandes masas de irlandeses por todo el mundo, y las oportunidades de trabajo y tierras que ofrecían las zonas rurales del país motivaron el asentamiento de muchos de ellos en este lado del continente. No por nada la quinta diáspora más grande de los de la isla -y la más grande en un país no angloparlante- está en la Argentina.

Apoyo recíproco ante la ocupación imperialista

Más allá del deporte, la inmigración o las personalidades, otro de los grandes lazos que fortaleció la unión entre Argentina e Irlanda fue el apoyo mútuo a la hora de enfrentarse a Inglaterra. Entre 1919 y 1922, durante la guerra por la independencia, el emergente Ejército Republicano Irlandés (IRA) halló en Buenos Aires un país aliado que financió y visibilizó la causa por la soberanía y unificación de la isla, mientras que para la Guerra de Malvinas, fue el propio IRA que respaldó la lucha argentina y el repudio hacia el gobierno de Margaret Thatcher mediante pinturas que se vieron por todo Dublín, tales como “Britain, hands off Malvinas, hands off Ireland” (Gran Bretaña, fuera de Malvinas y de Irlanda).

Por más raro que parezca, algo tan simple como la mera convicción de proteger lo propio y plantarle cara a la denigrante máquina imperialista fue motivo suficiente para trazar un puente inquebrantable entre dos naciones separadas por miles de kilómetros. En Dublín, Cork, Limerick, Galway y Waterford habrá siempre una población que se alegrará con los triunfos argentinos, y ni hablar si los mismos son ante los de camiseta blanca, que de nobles o puros tienen poco.

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