El partido que convivió con la Guerra de Malvinas

Por Santiago Gonzalez, Candelaria Oxenford y Franco Montero

Argentina volvió a vencer a Inglaterra tras el mítico partido en 1986. Ambos encuentros serán recordados eternamente por el valor deportivo, pero aún más por el significado social y nacional que el pueblo argentino irradia más nunca en estas fechas por la Guerra de Malvinas. En el comienzo de la guerra, aquel 2 de abril de 1982 en el que los soldados argentinos llegaban a las Islas Malvinas para recuperarlas y defender lo que nos pertenece, sucedió algo único, tanto en suelo argentino como inglés. Ese mismo día, en Salta, se iba a disputar el único partido de fútbol en todo el territorio de ambos países. Los jugadores de los dos equipos pisaron el césped del estadio con la euforia de conseguir los dos puntos, mientras que nuestros soldados dejaron sus huellas por primera vez en casi 150 años en el suelo blando y húmedo de esas Islas, con la ambición de que la bandera argentina se vuelva a mezclar con el cielo malvinense.

Este abril del 82 es diferente. Será testigo de dos batallas. Una que definirá la soberanía de una porción de tierra tan anhelada por los argentinos. Otra que decidirá el ganador de los dos puntos entre los dos peores equipos de la zona C del Nacional 82. En esta impartirá justicia el árbitro Pablo Feola, poniendo sobre la mesa sus conocimientos para que no haya polémicas. Él será el encargado de dar la orden del inicio y del final. Mientras que del otro lado del mundo, Leopoldo Fortunato Galtieri le dará la orden a un Ejército argentino plagado de jóvenes de que tomen el control de las Islas como última esperanza para sostener una dictadura ya debilitada, pero lo único que logrará será manchar la bandera argentina con sangre que aún sigue fresca.

Ese viernes veía como unos destellos de frío caían en Argentina. A 12 días de haber comenzado el otoño, los árboles comenzaban a oscurecer sus hojas para luego despedirlas hacia el suelo, tiñiéndolo de marrón oscuro. Las actividades en el país transcurrían con normalidad. El fútbol seguía con su programa habitual. A meses de empezar la defensa del título mundial en España, el Torneo Nacional era la principal atracción para los futboleros. Ese día se jugaría un solo partido: Central Norte de Salta recibía a Mariano Moreno de Junín en el estadio de Gimnasia y Tiro. Dos equipos que comparten la zona C y que buscan revertir los golpes sufridos en la fecha anterior: los salteños fueron derrotados 4 a 0 por Estudiantes, mientras que los juninenses perdieron 4 a 1 con Huracán. Pero, a miles de kilómetros, comenzaba lo que sería el último capítulo de la dictadura que acechaba al país.

Portada de El Tribuno, diario salteño, del 2 de abril de 1982.

Un hombre canoso, alto y con el pecho de su uniforme repleto de insignias militares caminaba convencido de que todavía podía cambiar el destino de un país. Se apellidaba Galtieri y, como un director técnico que apuesta su último cambio cuando el partido ya se le escapa, armó un equipo de casi mil hombres para dar el último manotazo ahogado de recuperar las Islas Malvinas, ocupadas por los ingleses desde 1833.  Pero Galtieri no se dio cuenta de un detalle: eligió a los jugadores de la sub 20 argentina para enfrentar al Manchester United. El afán de recuperar el apoyo del pueblo argentino le cegó sus ojos frente a la realidad, y la inexperiencia de los soldados argentinos se llevaría muchas vidas por delante. No por su culpa, sino por el hombre que los mandó a luchar desde una oficina.

Son las 21.30 en El Gigante del Norte y los equipos se preparan para salir a la cancha. Los entrenadores ya decidieron a sus guerreros para un partido que prometía mucho espectáculo. Roberto Gonzalo paró a Vijande; Marinoff, Palacios, Papandrea y Castillo; Rubiola, Benítez y Belderrama; Hairala, Sanabria y Prycodko para Los Cuervos, mientras que Héctor Silva formó a Pérez; Ferrari, Córdoba, Di Giglio y Vega; Rosetti, Pereira, Núñez y Mendoza; Raspo, Oliver y Del Poppolo para los visitantes, que no habían conseguido ningún punto en el torneo. Antes de comenzar el partido, sonó el himno en el estadio, algo que no era costumbre en ese momento (tampoco lo es ahora) en un juego por el campeonato local. “Fue raro, pero emocionante”, así lo describieron los protagonistas. Calcado a lo que fue en el sur. Luego de más de 12 horas de operaciones militares, sonaron las estrofas de la canción que representa al pueblo argentino y a su territorio. Y esa porción arrebatada que volvía a unirse.

Pero volvamos unas horas atrás, a las 11:20 de la mañana de aquel 2 de abril. El plantel del equipo juninense llegaba al aeropuerto de Salta y tras su arribo comenzaba su breve estadía en el Hotel Huaico a la espera del comienzo protocolar del partido con el traslado al estadio y demás situaciones típicas de un plantel. En paralelo, a casi 3.062 kilómetros de distancia se comunicaba la noticia de que “el operativo había concluido con éxito”. El Operativo Rosario para recuperar las Malvinas ya terminó su primera etapa y no hubo ningún tipo de vuelta atrás. Aún faltaba un último paso, quizás fuera de los registros militares. El presidente Leopoldo Galtieri, al mediodía, salió desde su balcón en Casa Rosada y se dirigió a la población para anunciar que comenzaron con la recuperación de las Islas Malvinas.

Esa mañana en Salta se encontró como noticia que el plantel de Mariano Moreno había pisado sus tierras, y en el país se enteraron que las tropas argentinas ya estaban en suelo malvinense. Con total control del puerto de la ciudad que los británicos llaman Stanley, de la Isla Soledad, y las tropas del cuartel de los Royal Marines y el gobernador de las Islas Malvinas, Rex Hunt, rendidos ante las tropas argentinas.

Retrocedamos otro puñado de horas más, incluso volvamos al primero de abril. A las 11 de la noche, se dio la primera gran orden de toda la guerra y la que daba comienzo a la Operación Rosario. El comandante de la Flota Naval, Gualter Allara, dio la orden de iniciar las tareas de aproximación a las islas. Y para las 11:30, en el comienzo de la que iba a ser una larga y ardua madrugada, llegaron a Puerto Enriqueta los comandos anfibios, una tropa de aproximadamente 60 hombres que fueron prácticamente los primeros en llegar a las Islas. Si le sumamos 24 horas al reloj de este dueto, quizás también aproximadamente 60 hombres entre ambas delegaciones, estaban por finalizar su partido, el único partido que se disputó si sumamos todas las ligas profesionales de Argentina e Inglaterra.

“De Malvinas en ese tiempo parecía que todo estaba muy lejos, nunca pensé en ese momento que iba a haber una guerra. No recuerdo mucho más”. Nadie lo pensaba realmente. Jorge José “El Chino” Benitez, mediocampista titular de Central Norte esa noche, cuenta que se sentían lejos, y claro que lo estaban. El país se sentía un poco lejos de la guerra, no porque no le importara, sino porque apareció casi de sorpresa, sin mucha preparación para las fuerzas armadas ni para la Argentina como pueblo.

El encuentro estaba pactado para el domingo 4 de abril, pero por algún motivo olvidado por la historia, se pasó para ese viernes histórico. Histórico para el país. El partido no tuvo nada de histórico. En la previa se anticipaba como ese típico partido entre dos equipos que no tienen nada que perder y que por eso dan un buen espectáculo, pero no fue así. Sumado a que parecía tener un favorito: Central Norte. No tanto por mérito propio ya que ganó sólo tres de ocho, sino por Mariano Moreno, que había perdido los ocho partidos que se habían disputado hasta el momento.

Así comenzaba la crónica de El Tribuno, histórico diario salteño que reflejaba claramente el descontento con el equipo local: “Y ahora podemos justificar porque los directivos aceptaron jugar el viernes porque para pasar vergüenza daba lo mismo anoche que el domingo, claro que con esto permiten que el aficionado ocupe el fin de semana para irse de picnic”. Con este fragmento es difícil saber si se está criticando una derrota o un triunfo. Pero fue lo segundo. Central Norte venció uno a cero a Mariano Moreno de Junín en un partido que lo trascendental se lo da su contexto, y lo olvidado que quedó entre tantas historias, fallecidos y recuerdos de la guerra.

Sección deportiva de El Tribuno del 3 de abril de 1982

Las casi 3 mil personas que acudieron al estadio de Gimnasia y Tiro, moderno para esa época, o simplemente algo mejor que el de Mariano Moreno que no hacía de local en el suyo por su mal estado, vieron el gol que convirtió Jorge Airala a los 33 del primer tiempo de cabeza tras un centro de Juan Carlos Prycodko. Y no pasó mucho más como la crónica del Tribuno hace creer. Los de Junín estuvieron cerca de empatar en varias ocasiones y llevarse su primer punto pero eso solo quedó en intentos. Además, a los 24 del primer tiempo fue expulsado Vega por juego brusco. Pero no la misma brusquedad que se manejaba del otro lado del país.

Con la guerra comenzando a tres mil kilómetros de distancia, los hinchas del cuervo salteño no se guardaron nada y silbaron a su equipo a pesar de la victoria. Alguien que se habría sumado a esas casi tres mil personas hubiera sido Patricio Guanca, salteño de la ciudad de Cerrillos, de 24 años. Casi seguro que no llegó a enterarse del cabezazo de Airala ya que estaba en algo más importante. Fue parte de la Operación Georgias, operativo por el que las fuerzas argentinas tomaron las Islas Georgias del Sur el 3 de abril. El cabo primero falleció a bordo del ARA Guerrico tras un ataque de las fuerzas británicas. Sus restos fueron recibidos en su ciudad como lo que es, un héroe de Malvinas.

Portada de El Tribuno del 3 de abril de 1982.

Siguiendo las palabras de “El Chino” Benítez, y teniendo en cuenta el desarrollo del partido, quizás por eso aquella noche quedó perdida en los archivos. Porque la historia recuerda las guerras y olvida estos partidos. Mientras en las Islas Malvinas comenzaba un conflicto que marcaría para siempre a la Argentina, en Salta tres mil personas discutían un resultado, silbaban a su equipo y volvían a sus casas felices por el gol de cabeza de Airala. Ninguno de los presentes todavía podía imaginar la magnitud de lo que estaba ocurriendo a más de tres mil kilómetros de distancia.

Y, sin embargo, ahí reside la paradoja. Mientras la historia grande se escribe con fechas, nombres y batallas, la vida cotidiana sigue su curso entre pequeñas preocupaciones, alegrías y frustraciones. El fútbol no detuvo la guerra, ni la guerra detuvo al fútbol. Durante noventa minutos convivieron dos Argentinas: una que comenzaba a escribir una de sus páginas más dolorosas y otra que, aferrada a la rutina, encontró refugio en una cancha. Porque, al final, la importancia de las cosas no la define la historia, sino las personas que las viven.

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