Por Matías Recchioni, Franco Loreto y Merlina Lichtenstein
La Copa Mundial de la FIFA 2026 tiene nuevamente a la Argentina como finalista. Los dirigidos por Lionel Scaloni, sin embargo, enfrentan para algunos el resurgimiento de una campaña “antiargentina” que se exacerbó a través de las redes sociales por diferentes motivos, escapando –una vez más– a lo futbolístico. Pero esta no fue la primera vez que la selección sufre un ataque de este tipo durante un Mundial.
En 1978, Buenos Aires transitaba el frío invierno que acontece en los meses de junio en el hemisferio sur, ese mismo clima que se vive hoy con la Copa del Mundo nuevamente en agenda. En el barrio porteño de Nuñez,entre casas bajas y comercios, se alza un estadio de fútbol con las tribunas rojas y blancas, pero ese día, 2 de junio de 1978, tenían otro color. Miles de personas copaban el gigante de ese coqueto barrio, y estaban vestidas de celeste y blanco mientras cantaban al unísono: “Ar-gen-tina, Ar-gen-tina”. El Mundial, ese año se hacía presente y Argentina era el anfitrión. Personas de todos los lugares del mundo aterrizaron en el país sudamericano. Por Buenos Aires, Rosario, Córdoba, y otras ciudades, había franceses, alemanes y hasta tunecinos. A pesar de todo ese ruido en el país, volviendo al barrio porteño, fuera del recinto futbolístico, las calles mantenían un silencio atroz. La más violenta de las dictaduras tenía dos años de vida.
El Mundial de fútbol, en ese sentido, era la excusa perfecta para mostrarle al mundo que Argentina no vivía bajo la represión, la censura y las desapariciones de personas. Para poder hacerlo era necesario tener un cómplice, el perfecto era Burson-Marsteller, una de las agencias de relaciones públicas más grandes y famosas del mundo para ese entonces. La empresa estadounidense –en un documento de 155 páginas– convenció al gobierno argentino, comandado por Jorge Rafael Videla, de que era su aliado perfecto para ayudar a sobrellevar la “Campaña Antiargentina”, que se había instalado por quienes buscaban denunciar lo que pasaba en el país anfitrión del Mundial. En los primeros meses del año mundialista se redujeron los casos de desapariciones, que eran moneda corriente para ese entonces, entre once y dieciocho personas por mes, cuando anteriormente habían sido más de 80 en ese mismo período de tiempo.
A ocho mil cuatrocientos kilómetros del evento que se celebraba en Buenos Aires, en un escritorio de madera del Salón Oval de los presidentes de Estados Unidos se sentaba, desde hace un año, un hombre con canas, de traje y con una sonrisa de incomodidad: Jimmy Carter. Ese año, el país norteamericano se encontraba en una dura guerra sin armas ante un enemigo invisible, que no combatía con soldados, sino líderes políticos asociados a su máximo exponente, Rusia. Carter y sus allegados no querían que este enemigo se expandiera por los países sudamericanos. El apoyo a las distintas dictaduras que sucedían en América Latina permitió que los ideales soviéticos se mantuvieran a raya. Pero detrás de esto se escondía otra verdad.
Las puertas de la Embajada de los Estados Unidos se abrían y cerraban en 1978, mientras Buenos Aires vivía uno de los momentos más oscuros de su historia. El país norteamericano no estaba conforme con las acciones de Videla al mando de Argentina, por lo que a través de una red de informantes, distribuida en los distintos sectores del poder argentino, intercambia información clasificada en cables, documentos de su confidencialidad que intercambian los servicios de inteligencia y los gobiernos. Estos fueron revelados por el gobierno noteamericano en 2002, por un proyecto conjunto entre Abuelas de Plaza de Mayo, el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales) y Memoria Abierta, con el nombre de “Desclasificados”.
Raúl Hector Castro era el hombre designado para comandar esta tarea de espionaje, que implicaba traer y llevar información al margen de los canales oficiales. Los cables con destinatario a Washington revelaban que algunos de estos informantes laboraban en el Ministerio de Relaciones Exteriores, otros mantenían vínculos con las Fuerzas Armadas y unos pocos hasta accedían a la intimidad del Gobierno, por medio de vínculos familiares. Todos estos lugares eran los que alimentaban el flujo de información continuo: cifras de desaparecidos, conversaciones entre funcionarios, intercambios de cartas entre Videla y Carter, pedidos particulares de ciudadanos norteamericanos por desaparecidos puntuales e incluso evaluaciones sobre oficiales militares y el comportamiento de quienes desobedecían órdenes.

El 1 de junio de 1978, el Monumental estaba listo para la fiesta inaugural del Mundial. Mientras las tribunas celebraban el comienzo del torneo, el periodista alemán Thomas Reimer, enviado por la cadena ARD para cubrir el debut de su seleccionado, tomó el micrófono desde una de las cabinas de transmisión. El periodista eligió contar otra postal de la Argentina que había encontrado durante su estadía. “No he visto correr sangre por las calles. Hemos leído en un diario una lista de 2.500 desaparecidos. Hemos visto a las Madres de Plaza de Mayo reclamar por sus hijos. Hemos visto solicitantes que le piden al jefe de Estado saber dónde están sus familiares. Hemos visto informaciones sobre personas detenidas por hombres armados que descendían de vehículos sin identificación”, relató al aire, mientras se preparaba para el primer cotejo del torneo. Sus palabras no quedaron encerradas en aquella sala de transmisión. La repercusión llegó hasta la embajada de Alemania, que reaccionó de inmediato. El cuerpo diplomático envió un comunicado a las autoridades argentinas para despegarse de las declaraciones del reportero. El documento circuló rápidamente y terminó publicado, de manera íntegra, por el diario La Nación. Sin embargo, los documentos desclasificados por Estados Unidos no registraron ese episodio. Entre los cientos de cables intercambiados durante aquellos días no aparece ninguna referencia a las declaraciones de Reimer, ni a la respuesta de la diplomacia alemana. Este fue el primer indicio de lo que tanto odiaba la Junta, y que quería erradicar con mensajes como: “Los argentinos somos derechos y humanos”.

Uno de los máximos agitadores de la campaña que el gobierno de Videla buscaba deshacer con Burson-Marsteller era Francia, y Estados Unidos lo sabía.
El sexto día del mes de junio Argentina debía afrontar su segundo partido en la Copa del Mundo ante el país europeo, cuyas caras largas eran notorias en la previa del encuentro. Días antes en las tediosas oficinas de Videla y compañía llega una carta con el símbolo de un Gallo sobre un rectángulo con tres letras: “F.F.F”. En ella el ente máximo del deporte en el país europeo quería información, pero no información sobre seguridad ni nada relacionado al partido. Quería saber el paradero de los 22 ciudadanos franceses desaparecidos en la Argentina. Además, 2.337 periodistas franceses se sumaron a los reclamos. Reclamos que, según la carta, eran para evitar las protestas durante los partidos. Esta carta no se hizo pública nunca, Estados Unidos se enteró de su existencia por un hombre que nunca dio a conocer su nombre. Lo que sí se sabe es que a partir de ese momento el gobierno se negó a consultar información de desaparecidos con doble nacionalidad.

Durante la transmisión, antes del inicio del encuentro, por Canal 13 la imagen fue interrumpida. Sonó la marcha peronista y, enseguida, la voz de Mario Firmenich, líder de Montoneros, irrumpió en la pantalla. La interferencia duró pocos instantes, pero sirvió para que Estados Unidos notificase el suceso. Luego del discurso volvió la transmisión. Argentina ganó 2 a 1 y aseguró la clasificación a la siguiente ronda. Los festejos eclipsaron el episodio, aunque no para todos: al día siguiente, diarios como el Buenos Aires Herald y La Nación dedicaron breves recuadros a contar lo ocurrido.

El domingo 2 de julio de 1978, las veredas del centro de Buenos Aires amanecieron cubiertas por una alfombra gris de papel picado sucio y pisoteado. Era el rastro apagado que había dejado, exactamente una semana antes, la consagración de la Selección Argentina en la cancha de River. El invierno soplaba con saña sobre la avenida San Martín. Allí, donde la Junta Militar pretendía congelar el tiempo bajo el festejo, la realidad se movía en voz baja: pequeños grupos de hombres de civil deambulaban con las manos hundidas en los bolsillos de sus sobretodos, metiéndose apurados en las financieras para intentar colocar fajos de billetes en una plaza asfixiada por la devaluación y las altas tasas de interés. El 30 de junio, en pleno estruendo de los goles oficiales, había vencido el congelamiento de las leyes de alquileres. De un día para otro, un millón de inquilinos argentinos pasaron de gritar campeones a revisar los bolsillos ante la amenaza directa del desalojo. Ajeno al desamparo de las veredas, el Almirante Emilio Massera, integrante de la Junta Militar se asomó por un ventanal oficial hacia la calle. Abajo, los cronistas estiraron los brazos desesperados, calzando los pesados grabadores de cinta y los micrófonos hacia el balcón. Massera sonrió con esa suficiencia felina que lo caracterizaba, se acomodó la solapa de su uniforme blanco impecable y soltó ante las cámaras lo que el Buenos Aires Herald calificaría en su edición de esa mañana como “verdades caseras”. Frente al frío de los movileros, el marino advirtió con cinismo que el carnaval del fútbol se había terminado y que ahora tocaba pagar el impacto económico.
Mientras Massera actuaba su comedia de compadrito en la vereda, los lectores del Herald desayunaban con las páginas centrales exponiendo el verdadero partido que la dictadura jugaba a puertas cerradas. El diario detalla el debate sobre si el dictador Jorge Rafael Videla convocaría a un plebiscito político para medir su popularidad frente a las denuncias de Amnistía Internacional. Pero el verdadero golpe estaba en la columna económica, bajo un título que hacía crujir los dientes en la Casa Rosada: “Derechos humanos y préstamos bancarios para Argentina”. El artículo revelaba que la administración de Jimmy Carter le estaba aplicando un torniquete silencioso al régimen, manteniendo bajo estricta revisión cada crédito solicitado por el país en los bancos multilaterales de desarrollo. Con las cuentas en rojo y la amenaza de un freno económico total, la soberbia de la Junta se quebraba puertas adentro. Los emisarios militares, desesperados por divisas en plenos festejos de la Copa del Mundo, habían iniciado gestiones comerciales secretas, arrastrándose a ofrecer un canje humillante: acelerar la liberación de prisioneros políticos a cambio de destrabar los fondos internacionales que necesitaban para sobrevivir.
Ese trueque de detenidos-desaparecidos por dólares cobraba forma física a pocas cuadras de los kioscos de diarios, tras las persianas americanas y los ventanales blindados de la Embajada de los Estados Unidos. Allí, lejos de las luces del Mundial, los funcionarios de la diplomacia norteamericana operaban con la frialdad de los carniceros. En los despachos confidenciales, entre el humo denso de los cigarrillos y el sonido rítmico y metálico del tecleo, los analistas yanquis medían el impacto del apriete de Washington en hojas de papel membretado y copias al carbónico. El cable secreto del miércoles 21 de junio dejaba registro de que el bloqueo financiero funcionaba como un engranaje de precisión. El informe, transmitido de forma confidencial al Departamento de Estado, no celebraba una rendición definitiva, sino que desnudaba el repliegue calculado de los represores locales, obligados por la diplomacia de Carter a moderar temporalmente su conducta represiva durante los días de la Copa para cuidar los fondos internacionales. El frío inventario de la embajada confirmaba este retroceso táctico de la Junta Militar: el analista tecleaba que, desde el 21 de mayo, el régimen se había visto forzado a conceder 56 liberaciones de prisioneros políticos bajo el control del Poder Ejecutivo Nacional y 11 autorizaciones urgentes hacia el exilio. En las oficinas silenciosas del ojo del águila no había lugar para la ingenuidad ni la épica deportiva; el reporte final advertía que los objetivos de fondo del régimen seguían intactos y que, bajo la mirada vigilante de Washington, cada preso político liberado tenía el valor exacto de un balance bancario.
La tensión de esa doble realidad —la farsa pública frente al chantaje financiero— se trasladaba en simultáneo a miles de kilómetros de Buenos Aires, en el salón de la Asamblea General de la OEA en Washington. Frente al estrado y ante las delegaciones extranjeras, el Canciller de la Junta, Almirante Oscar Montes, se acomodó los anteojos, impostó su voz de mando militar y, amparado en la pantalla de prensa que todavía ofrecía la Copa del Mundo, declaró ante los micrófonos internacionales que en la Argentina no se violaban los derechos humanos. Con un cinismo absoluto, Montes llegó al colmo de invitar audazmente a la Comisión Interamericana (CIDH) a realizar una inspección en el país, convencido de que la fachada del Mundial taparía las fosas.

Mientras el Canciller ensayaba su actuación en los atriles de Washington, el resto de la Junta saboreaba la impunidad de la pantalla mundialista puertas adentro. En los salones de la Quinta de Olivos, Jorge Rafael Videla se desplazaba entre copas de champagne y mozos de guante blanco, estirando la mano militar para estrechar la de los futbolistas que acababan de consagrarse campeones del mundo. Con una sonrisa rígida bajo el bigote, el dictador posaba ante los flashes de los fotógrafos oficiales mientras colgaba distinciones doradas en los pechos de los jugadores, buscando fundir el bronce de las medallas con el prestigio de su propio régimen. Al mismo tiempo, en Europa, la cúpula naval se exhibía sin fisuras ante las cámaras internacionales: el Almirante Emilio Massera se mostraba relajado y de civil asistiendo a las tribunas del torneo de tenis de Wimbledon en las afueras de Londres, tras coronar una gira oficial por Bucarest donde se había reunido con el dictador rumano Nicolae Ceaușescu. Sin embargo, detrás del bronce de los agasajos en Olivos y las postales sofisticadas del tenis británico, el archivo secreto de la diplomacia norteamericana ya había dejado asentado el verdadero balance de la temporada: bajo la mirada vigilante del águila, cada sonrisa oficial se pagaba con el frío recuento de los prisioneros liberados.
Más de un año después de la consagración de la selección de Cesar Luis Menotti, el 6 de septiembre de 1979, integrantes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) llegaron a Buenos Aires para investigar las múltiples denuncias por torturas y desapariciones en todo el país.
La “campaña antiargentina” que el terrorismo de Estado instaló para desviar la opinión pública ante las reinteradas violaciones a los derechos humanos no pudo sostenerse más. En 1980, el informe final de la CIDH apuntó directamente a la cúpula militar de entonces como responsable de crímenes de lesa humanidad.
Hoy, 48 años después de su primer campeonato, Argentina enfrentará el desafío de disputar una nueva final, ahora, en el país de Donald Trump. Sin embargo, el contexto político no varió: el gobierno de Javier Milei se mantiene alineado en su totalidad con la Casa Blanca, mientras desde Estados Unidos, se incentiva la persecución a países con ĺideres de izquierda, como Venezuela y Cuba. La historia, como siempre, se repite.





