Por Renzo Torregiani
La épica del fútbol sufre de una amnesia injusta que reduce años de una carrera de regularidad a un solo hecho puntual: la cuestionada definición de Rodrigo Palacio en Brasil 2014, el doble error de Loris Karius en la Champions League 2018, la atajada de Dibu Martinez a Kolo Muani en Qatar 2022 o los dos goles de Maradona a los ingleses en México 86. Miguel Rugilo, arquero de Vélez y Tigre, se convirtió, el 9 de mayo de 1951, en un claro ejemplo de ello.
Pese a haber atajado en 246 ocasiones con la camiseta del Fortín y solo cuatro con la Albiceleste, a Rugilo se lo recordará por su mítica actuación frente a Inglaterra, que le valió ganarse su nuevo apodó: el León de Wembley.

Nunca se sabrá con certeza por qué se dio el partido: hay quienes dicen que Argentina quería demostrar que seguía siendo mejor que los europeos, pese a no haber participado de Brasil 1950; otros dirán que Juan Domingo Perón se enteró de que Inglaterra estaba invicta en aquel estadio y se le ocurrió organizar un amistoso en Londres. Lo cierto es que fue Ramón Antonio Cereijo, el ministro de Hacienda de la Nación, quien organizó la breve gira de la Selección Argentina por Reino Unido, que incluiría los enfrentamientos ante Inglaterra e Irlanda.
Por otra parte, Rugilo ya era uno de los que estaba de vuelta. A sus 32 años y tras su breve paso por el León de México, el arquero velezano hizo su debut en la Selección mayor el 25 de marzo de 1950 en el empate 2 a 2 ante Paraguay por la Copa Chevallier Boutell. Sin embargo, la historia le tenía reservado un lugar en sus páginas doradas.
Rugilo llegaba a este partido como suplente de Gabriel “Cholo” Ogando, de Estudiantes, pero el Pincha decidió no cederlo. Tiempo después, en una entrevista con la revista Goles de la Época, Ogando declaró que no haber jugado en Londres le había generado el dolor más grande que sintió en su carrera. Sin embargo, las ausencias de peso habían sido las de José Manuel Moreno y Alfredo Di Stéfano, que se habían exiliado luego de la huelga del 48.
Aquella mañana de mayo, la capital inglesa amaneció lluviosa, a la espera de un espectáculo que ofrecía un hecho inédito: Argentina e Inglaterra se enfrentarían por primera vez en la historia. Un día antes, se habían agotado las 60 mil entradas que la federación inglesa había dispuesto para el cotejo; el público esperaba expectante ver un enfrentamiento que luego se convertiría en una rivalidad histórica.

El árbitro galés Benjamin Mervyn Griffiths dio el silbatazo inicial y, antes de los 20 minutos del primer tiempo, Argentina se puso en ventaja: Labruna recibió un pase de Pescia, la tocó para Loustau, que gambeteó al arquero y le tiró el centro a la cabeza del “Atómico” Boyé, que la impactó de manera soberbia y dejó sin chances al arquero inglés Bert Williams.
El delirio y la algarabía duraron poco porque los ingleses tomaron el control de las acciones y Argentina se limitó a defender con los dientes apretados para sostener el resultado, con un Rugilo que de a poco se fue transformando en un muro infranqueable. “Atajó Rugilo, una vez más”, decía el relator argentino Luis Elías Sojit desde Wembley. Los sudamericanos estaban poco habituados al estilo de juego de los ingleses, que se basaba en la gestión de los espacios.

El segundo tiempo fue un calvario. “Otra vez Rugilo, otra vez Rugilo. Heróico el arquero. Argentina mantiene la diferencia y el caballero Rugilo es un león en Wembley”, relató Sojit. Durante más de media hora, sus brazos no tuvieron descanso. Volaba, se revolcaba, manoteaba. A partir de ahí, cada intervención de Rugilo sumaba un capítulo más a la leyenda del “León de Wembley”.
Finalmente, Stan Mortense consiguió empatar cuando faltaban poco más de diez minutos para el final y, a los 86, todo se derrumbó y llegó el knock out cuando Jackie Milburn puso el 2 a 1 final, que debería haber sido anulado por posición adelantada de Tom Finney, que obstaculizó al arquero argentino. De esta manera, se mantuvo el invicto británico en Londres, pero todas las miradas se las había llevado Rugilo, el del apodo eterno.
“Durante todo el encuentro me ovacionaban después de cada atajada, pero la del final fue tremenda. Ya nos íbamos de la cancha y la gente gritaba a lo loco. Como no sé inglés no entendía nada. El que me avivó fue Chichilo Sola, masajista de Vélez y de la Selección, que me paró y me dijo: ‘Saludá, saludá, que esa ovación es para vos’. Creí que se venía abajo Wembley”, declaró Rugilo un tiempo después.

La Selección Argentina cerró su gira con la victoria 1 a 0 ante Irlanda en Dublín con un golazo de Labruna, en lo que fue el último partido de Rugilo con el buzo argentino. Este viaje dejó un saldo positivo en el análisis interno: Argentina mantuvo el prestigio que tenía su fútbol en el panorama internacional y sirvió para que los ingleses se enterasen de que la Albiceleste tenía un arquero fenomenal.
En la llegada al país, una multitud se agolpó en las terrazas del Aeropuerto de Ezeiza para recibir a la delegación nacional y brindarle un merecido reconocimiento tras la digna actuación realizada. Rugilo acaparó todos los elogios y fue el más requerido por la prensa. Durante mucho tiempo, aquella presentación argentina en Londres fue el gran hito del equipo nacional y la carta de presentación ante el mundo.

En 1953, Rugilo sufrió una grave lesión en los ligamentos de su tobillo y Vélez lo dejó libre. La figura del partido contra Inglaterra se marchó a Tigre, donde estuvo dos años, luego pasó a O’Higgins de Chile y terminó su carrera en Palmeiras en 1957. Tras su retiro, puso una fábrica de sándwiches y falleció de un paro cardiaco en 1993, a los 74 años.
Aquel 9 de mayo de 1951 le sirvió para tapar 20 años de carrera con un apodo que cruzó el océano. Rugilo: el León de Wembley.




