Thomas Tuchel, el perfeccionista que nunca deja de pensar en fútbol

Por Lisandro Torres Pagani

Hay técnicos que dirigen partidos. Thomas Tuchel parece dirigir hasta el último movimiento de un entrenamiento, el perfil del cuerpo al recibir un pase o el momento exacto para presionar. En el banco de suplentes rara vez permanece quieto: camina de un lado a otro con las manos en los bolsillos o cruzadas sobre el pecho, observa cada detalle con la mirada fija y, cuando algo no sale como lo imaginó, su rostro cambia de inmediato. Gesticula con intensidad y da indicaciones sin descanso. Para él, un error pequeño puede tener la misma importancia que un gol.

Alto, delgado y de aspecto serio, suele vestir ropa deportiva negra o azul oscuro durante los entrenamientos y trajes sobrios en los partidos importantes. Habla con calma frente a los micrófonos, elige cuidadosamente cada palabra y transmite la sensación de que analiza todo antes de responder. Sin embargo, esa serenidad desaparece durante los encuentros: vive cada jugada como si fuera decisiva y no oculta su frustración cuando un futbolista no ejecuta una indicación tal como la había pensado. Los que trabajaron con él, lo describen como un entrenador obsesionado con los detalles y capaz de corregir hasta con qué pie debe controlarse un balón.

Su personalidad genera admiración y desgaste al mismo tiempo. Pierre-Emerick Aubameyang, a quien dirigió en Borussia Dortmund, contó que Tuchel era capaz de detener un entrenamiento para corregir un simple control orientado. Christian Heidel, exdirector deportivo del Mainz, recuerda que incluso inspeccionaba el estado del césped antes de los partidos porque creía que cualquier detalle podría influir en el rendimiento del equipo. 

Pero esa obsesión también tiene un costo. A lo largo de su carrera protagonizó conflictos con dirigentes y futbolistas. En Bayern Múnich y París Saint-Germain se habló de relaciones tensas dentro del vestuario, mientras que en distintos clubes fue considerado un entrenador brillante desde lo táctico, aunque difícil de llevar por su carácter exigente y su necesidad de controlar todos los aspectos del trabajo. La prensa británica llegó a definirlo como un perfeccionista, disciplinario y adicto al trabajo, siempre al borde de perder la paciencia cuando las cosas no salen como esperaba. 

El actual director técnico de la Selección de Inglaterra, Se destaca por imponer un fuerte espíritu colectivo que lo ha llevado a chocar con grandes estrellas en el PSG y el Bayern Múnich, y actualmente tuvo un fuerte cruce con una de las figuras de la Selección Inglesa, Jude Bellingham. “No estoy contento con el rendimiento”, dijo el seleccionador. “Quizá él no sabe lo que es jugar en ese tipo de condiciones contra Haaland, Ødegaard, Nusa y Sørloth. No es un equipo fácil de vencer. Creo que hemos intentado crear un ambiente positivo y deberíamos seguir así de cara a las semifinales”, le devolvió el futbolista.

Su forma de entender el juego tiene raíces profundas. Nació en Krumbach, una pequeña ciudad del sur de Alemania, lejos de los grandes centros futbolísticos europeos. Una lesión en la rodilla terminó prematuramente su carrera como jugador cuando apenas tenía 24 años. En lugar de abandonar el fútbol, pasó de trabajar como barman en los años 90 a convertirse en director técnico. Aquella frustración terminó moldeando a lo que se convirtió hoy: alguien convencido de que el estudio, la preparación y el análisis pueden compensar cualquier limitación. 

Fuera del campo es muy distinto. Él mismo reconoce que espera que lo recuerden como una persona generosa, divertida, testaruda y muy mala para responder mensajes o llamadas. Una prueba de esto es que protagonizó un emotivo gesto al organizar una colecta para comprarle una casa a la mujer que había trabajado durante años como empleada doméstica de su familia en París. Otra cosa que admite es que el fútbol ocupa prácticamente toda su vida: “Puedo respirarlo y vivirlo todos los días sin aburrirme”. 

Sus métodos despiertan opiniones opuestas. Algunos jugadores destacan la confianza que transmite y la cercanía que genera con quienes aceptan sus exigencias. Otros recuerdan una convivencia agotadora por su nivel de perfeccionismo. Él mismo ha reconocido que, con los años, intenta ser menos terco y más flexible, aunque sabe que esa intensidad forma parte de su identidad. 

Hoy, como seleccionador de Inglaterra, mantiene la misma esencia que lo convirtió en uno de los entrenadores más respetados de Europa. No busca caer bien ni ser el protagonista. Su obsesión es otra: encontrar la manera perfecta de jugar un deporte que, para él, nunca deja de estudiarse.

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