Por Gabriel Milian Scuri
“Bienvenidos a Italia”, era una de las tantas pancartas que se abrían en las tribunas del
norte de aquel país para recibir al Napoli. En la década del 80’, con los Gli Azzurri en pleno
auge tras la llegada de Diego Maradona, el odio se acrecentó. Quizá, el miedo por el arribo
del diez se camufló en un desprecio que viene desde los comienzos. Desde la concepción
de Italia como se la conoce hoy.
El norte siempre dispuso de riqueza y prosperidad. En cambio, el sur arrastró la
marginación y el golpe de una injusticia social. En 1861, con la unificación de Italia, regiones como Nápoles sufrieron el aumento de impuestos y con ello llegó el sacudón económico. La migración no tardó en ser un factor que convirtió a la ciudad en un suburbio con anhelos de construir una dignidad. Misma que, poco más de 120 años después, un tal Maradona les entregaría a base de goles y gambetas.
“Quiero convertirme en el ídolo de los pibes pobres de Nápoles, que son como era yo
cuando vivía en Buenos Aires”, confesó Diego a los hinchas en su presentación a los
napolitanos. El Pelusa llegaba a un club con una identidad muy signada por el barrio, por la
pasión. La historia de Napoli era pobre en títulos. No habían levantado ningún Scudetto,
hasta que en 1987, el diez los llevó a la gloria por primera vez.
Jugar contra equipos como la Juventus, que representan a Turín, al norte del país y a la alta sociedad, presentaba la oportunidad de mostrarle a la burguesía que Nápoles existía. Que en el sur había mucho que valía la pena conocer. Desde las tribunas locales, los cantos
racistas se volcaban en el verde césped con un odio irrazonable: “Sentí qué olor, se
escapan hasta los perros. Están llegando los napolitanos, los coléricos, que con el jabón
nunca se lavaron. Napoli mierda.”
La cancha funciona como un recinto preparado para defenestrar. Una rivalidad construída
en el tiempo por una historia basada en segregación según el dinero que posea uno o el
otro.
Al igual que tantas otras veces, Diego se puso al hombro las luchas de las minorías y le hizo frente al poderoso: “Vamos a poner al sur de pie. Nos tienen que tratar como somos. Les vamos a ganar y vamos a salir campeones.”
En 1985, tras una pincelada maradoniana en un tiro libre, el oriundo de Villa Fiorito tradujo
en posible lo imposible. Con la mirada expectante de Michel Platini, el diez la colgó de un
ángulo para ganarle a la Juventus luego de 12 años.
Transcurrieron los enfrentamientos y el odio siguió allí. La prueba reciente de aquello fue el
traspaso de Gonzalo Higuain desde Napoli a Juventus. Desde canciones con insultos para
el argentino, hasta camisetas con su nombre tornadas un fuego inapagable.
Cada año se vuelven a cruzar y cada año la fuerte rivalidad brota por el asfalto italiano. Ya
sea el sureño o el norteño. No será distinto hoy, 1 de noviembre de 2026, cuando la Vecchia Signora reciba a los dirigidos por Massimiliano Allegri.
Hoy ya no es el pobre contra el rico. Diego ha cumplido su promesa y Napoli le hace frente
a quien sea, con la bandera del sur y su manto celeste.





