El superclásico de la vergüenza

Por Juana Enrico

“Boca, mi buen amigo, esta campaña volveremo’ a estar contigo”, el cántico se eleva al unísono desde las tribunas de una Bombonera colmada, donde el azul y el oro flamean entre bengalas y globos que tiñen el aire de los colores de una pasión inagotable. Abajo, sobre el césped, los jugadores xeneizes saltan al campo de juego con una misión: revertir el resultado adverso de la ida por los octavos de final de la Copa Libertadores, cuando River se impuso por 1-0 en el Monumental. La historia todavía tiene noventa minutos por escribir, y el pueblo boquense parece dispuesto a empujar a su equipo hacia la remontada.

Los visitantes también pisan el campo de juego, recibidos por una lluvia de silbidos que baja desde las tribunas. Desde las plateas caen plumas sobre las camisetas rojas y blancas, mientras la Bombonera se sacude al compás de miles de cuerpos que entonan “El que no salta, se fue a la B”. La cargada no deja lugar para el olvido: el descenso de River sigue ahí, convertido en una herida que la hinchada xeneize se encarga de mantener abierta.

Rodolfo Arruabarrena camina erguido hacia el banco de suplentes, mientras que, a sus espaldas y a lo lejos, se distingue una bandera blanca colgada de la tribuna N.º 12, con una frase tan breve como amenazante: “Si nos cagan otra vez, de la Boca no se Ba nadie”. El lienzo constituye una advertencia explícita de los barrabravas, disconformes con el arbitraje de Germán Delfino en el partido de ida.

Al leer en vivo la frase del trapo, Mariano Closs advierte durante la transmisión de Fox Sports: “De acuerdo a lo que suceda con el transcurso del partido, la cuestión puede ser brava, puede que el partido no termine. Ojalá que no se dé, pero de esto se hablaba”.

La cámara se detiene en Leonardo Ponzio, que se persigna, mientras Closs recuerda que ese día uno de los dos equipos se despedirá de la copa. Por un instante, el gesto del mediocampista parece condensar la tensión que atraviesa la cancha. 

El árbitro Darío Herrera da inicio al superclásico oficial número 239, que desde los primeros segundos deja en claro que no será un partido tranquilo. Apenas cuarenta y cinco segundos después del pitazo inicial, Daniel Osvaldo le propina una dura patada a Carlos Sánchez y recibe la primera tarjeta amarilla de la noche. Luego, Herrera mostrará otras cinco en apenas cuarenta y cinco minutos: cuatro para jugadores de Boca (Fernando Gago, Pablo Pérez y Cristian Pavón) y una para River (Emanuel Mammana). 

 Con el marcador todavía en cero, el conjunto de Arruabarrena se retira al vestuario entre nervios y descontrol. Lo que al comienzo eran noventa minutos para torcer el destino de Boca en la Copa se reduce ahora a apenas cuarenta y cinco. El tiempo apremia, pero el equipo no encuentra respuestas: la sensación que dejó su único tiro al arco, es que podría jugar partidos enteros sin conseguir siquiera un gol. 

Pasados los quince minutos del entretiempo, la manga blanca, ubicada debajo de la popular norte, vuelve a desplegarse para recibir a los jugadores de la Banda. Pero las advertencias que habían sobrevolado la Bombonera desde antes del pitazo inicial ya no parecen una amenaza lejana. Estaban escritas en las banderas, habían resonado en los relatos televisivos y se respiraban en el ambiente: si Boca no conseguía la remontada dentro de la cancha, la violencia podía irrumpir desde las tribunas. Y así sucede. Un grupo perteneciente a una facción disidente de La 12 encuentra un hueco en la unión entre la manga y la tribuna, y arroja gas pimienta contra los jugadores visitantes.

Marcelo Gallardo, técnico del Millonario, intenta asistir a sus jugadores, visiblemente exaltado, y no oculta su indignación: “Es una vergüenza total”. Casi todo el plantel de River se refriega los ojos, intentando aliviar el ardor, mientras Fernando Cavenaghi reclama a los gritos: “Lo tienen que suspender, nos tenemos que ir a la mierda”. En las tribunas, la confusión es evidente. Muchos no terminan de entender qué está pasando sobre el césped, pero hay algo que parece claro: no están dispuestos a abandonar sus lugares y esperan que el partido se reanude.

“Me pareció ver a Ponzio caído en el piso”, relata Marcelo Benedetto, encargado de cubrir el campo de juego para el mismo canal. El número 23 de River había sido hasta ese momento una de las figuras del equipo, pero ahora es también uno de los más afectados por el gas pimienta. “Está llorando, no saben cómo tiene los ojos”, describe el periodista. Ponzio se toma la cabeza y camina en círculos, visiblemente afectado, mientras desde las tribunas sigue bajando el canto de los hinchas: “Es para vos, es para vos, gallina puta, la puta que te parió”. El insulto se repite mientras los jugadores intentan sobreponerse al ardor, en un contraste difícil de ignorar entre lo que ocurre en el campo y lo que todavía se escucha desde las tribunas.

  Herrera sostiene que todavía hay que esperar y que suspender el partido sería, por el momento, una decisión apresurada. “Estamos tranquilos, vamos a tomarnos el tiempo que sea necesario para que los jugadores se recuperen”, expresa con una calma que desentona por completo con lo que ocurre a su alrededor.

Entre los silbidos de los hinchas de Boca, ingresa al campo de juego Rodolfo D’Onofrio, presidente de River, que ya no soporta la impotencia de seguir lo que sucede desde el palco. “Así no jugamos”, exclama. Su intervención no cae bien en el cuerpo técnico xeneize, especialmente en Arruabarrena. Lo cierto es que, en medio de una situación que ya cuenta con árbitros, dirigentes y responsables de seguridad intentando encontrar una salida, la aparición del presidente millonario sobre el césped no hace más que sumar controversia.

En ese momento, desde lo más alto de la Bombonera desciende un dron que sostiene la figura de un fantasma con una “B”. Ya no queda cargada por hacer, ni peor momento para insistir con ella. Los silbidos nunca cesan, después de tanto tiempo, parecen haberse vuelto parte del ambiente, un ruido constante al que el oído termina por acostumbrarse. 

El partido se suspende. El árbitro, junto a Roger Bello, veedor oficial de la Conmebol, anuncia la decisión de dar por terminado un encuentro que, en definitiva, ya no podía continuar.

Este domingo primero de noviembre, la Bombonera vuelve a encenderse para albergar otra edición del clásico. El escenario es el mismo, pero sus protagonistas regresan desde lugares distintos. Es el reencuentro de Rodolfo Arruabarrena con el banco local en un superclásico en ese estadio, el primero desde aquella noche. Del otro lado de la línea de cal estará Leonardo Ponzio, cuya imagen, entonces como mediocampista, quedó ligada a una de las escenas más crudas de aquel partido. Esta vez, en cambio, volverá con el traje de director técnico del Millonario. 

Más de once años pasaron desde esa noche de terror. El fútbol siguió su marcha incesante y los superclásicos se multiplicaron. Sin embargo, hay encuentros que guardan una particularidad única, una caprichosa alineación de circunstancias que vuelve a unir historias que parecían haber quedado atrás.

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