Carta abierta a Diego Armando Maradona

Por Matías Huentelaf

El partido está chivo, Pelusa: tiranos un centro.

Diego, acá estamos, gambeteando la realidad en este suelo que te extraña. Desde tu paso a la eternidad, el país se transformó en un cambalache de los que duelen: Los jubilados siguen marchando los miércoles porque ya no les alcanza, pero acá nos plantamos, Diego, porque “hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados”.

La educación pública se desmorona a pedazos. Dos veces se votó una ley de financiamiento universitario y quedó ahí, mientras tanto, los docentes cobran miseria y se ven obligados a hacer malabares con otros laburos para que no falte un plato de comida en la mesa. En los márgenes, las villas siguen con la misma postergación de siempre, y los clubes de barrio agonizan, haciendo milagros para que los pibes sigan corriendo detrás de una pelota o refugiándose en el deporte.

El año pasado la UBA celebró un congreso en tu honor. Cientos de almas nos juntamos para mantener encendida tu llama, porque, tal como dice Valdano, sos el ausente más presente. El cierre fue pura emoción: apareció Dalma. Agradeció con el corazón en la mano, y las lágrimas de la gente caían con la misma fuerza que si te estuvieran abrazando a vos. Qué querés que te diga, Pelusa… te extrañan.

Por lo menos el fútbol nos dio un respiro. Argentina volvió a tocar el cielo en Qatar, bordándose otra estrella mundial, y nos regaló dos Copas América: una epopeya en el mismísimo Maracaná contra Brasil y otra en el país del norte, ese mismo suelo donde alguna vez te cortaron las piernas.

En el patio de tu casa, Román es el presidente de Boca; le ganó la pulseada a Macri en las urnas. Pero el traje de dirigente le pesa distinto: su gestión camina entre tormentas y, desde que asumió el sillón principal, el Xeneize no pudo gritar campeón. Aunque, a decir verdad, todo el fútbol argentino se volvió un bodrio indigerible. Con treinta equipos en Primera, el torneo es un desierto táctico, partidos aburridísimos donde ya nadie sabe bien a qué se juega. El año pasado, Di María pegó la vuelta a Rosario Central y —créase o no— le cocinaron un título de escritorio en las oficinas de la Liga Profesional; terminó festejando en una Traffic de regreso a Rosario. Una cosa increíble, Diego, de no creer, pero real.

Mientras tanto, el juicio por tu partida sigue siendo un manoseo infame. ¿Podés creer que las audiencias se suspendieron porque una productora pretendía filmar un documental? Otra vez la miseria humana intentando lucrar con tu sombra. Leopoldo Luque, Agustina Cosachov, Carlos Díaz, Ricardo Almirón, Mariano Perroni, Nancy Forlini y Pedro Di Spagna: esos son los nombres grabados en el banquillo de los acusados.

Mirá cómo vuela el tiempo, Pelusa… pensar que dentro de poco se cumplen cuarenta años de aquel partido eterno contra los ingleses, cuarenta años del día en que vengaste el orgullo de un pueblo con un puño rebelde y una corrida que todavía nos hace llorar. Dios sucio y pecador, el más humano de los dioses, como bien te definió Galeano. Hoy los argentinos extrañamos esa rebeldía tuya, ese pecho inflado plantándose de frente ante el poder. Hoy el panorama asusta: casi todos callan, nadie se anima a decir nada y parece que nos estamos olvidando de la lección más grande que nos dejaste, la de jamás agachar la cabeza frente a los poderosos. Ahora hacen lo que quieren con nosotros, Diego. Quieren convertir a nuestros clubes en empresas, quieren privatizar el último rincón de felicidad popular, nos quieren manchar la pelota… pero no van a poder.

Y como si fuera poco, Diego… Falleció el Indio. Se fue a hacer lo que quería. Se fue el último bastión del movimiento cultural más grande de la Argentina. Nos estamos quedando huérfanos, Pelusa, se fueron los únicos héroes en este lío. Pero nadie es capaz de matarte en mi alma, y menos a un pueblo que junto a ustedes fue feliz. 

El partido está chivo, Diego, tiranos un centro.

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