Por Celeste Benítez
“El escudo, que es lo que nos representa y nos define como equipo, está adelante y a la izquierda, donde está el corazón. El nombre de los jugadores está atrás y nunca van a estar por encima de un emblema”. Es el lema que Gustavo Alfaro lleva a todo equipo que entrena y que con el tiempo se volvió parte de su identidad; es un mantra que recita con convicción en cada declaración.
Alfaro es un hombre de metáforas y reflexiones, que en las entrevistas y conferencias de prensa le gusta citar a Borges, Menotti, Fangio, Bonavena, Fito Páez, Aristóteles, Einstein y Hemingway, entre otros. Es quien mantiene un perfil tranquilo dentro del campo de juego. “El mejor entrenador es aquel que encuentra la mejor estructura que contenga a los jugadores”, afirmó quien llevó a la Selección de Paraguay a un Mundial después de dieciséis años.
“Siento que mis raíces están en Rafaela. A veces el fútbol y la vida te empujan y te llevan a distintos lugares; el tema es que la esencia no te modifique”, expresó Lechuga, apodo que le puso su amigo de la infancia, Ricardo Borgoño, por los rulos que tenía de niño. Alfaro tuvo sus inicios en el deporte a los seis años, en el baby fútbol de Atlético de Rafaela. Allí se desempeñó como mediocampista, jugó 126 partidos y anotó seis goles. En 1992 llegó su momento de colgar los botines y agarró el silbato para dirigir a la Crema, el club que lo vio crecer.
Lechuga se considera un hombre tranquilo, memorioso y respetuoso, al que no le gustan los rótulos; por eso no está de acuerdo cuando en la jerga futbolera dicen que sus equipos son defensivos. Para él, la recuperación de la pelota es el primer gesto de solidaridad que hay en un equipo e intenta transmitir esa idea a sus jugadores.
Rafaela fue su primer paso como director técnico y luego dirigió a Quilmes, Belgrano, Olimpo, San Lorenzo, Arsenal de Sarandí, Rosario Central, Tigre, Gimnasia y Esgrima La Plata, Huracán y Boca. Su mayor logro en el ámbito nacional fue el ascenso del Aurinegro a la Primera División en 2002, tras ganar el campeonato de la Primera Nacional en 2001. Un suceso que Alfaro volvió a repetir, pero con el Cervecero, a quien clasificó a la Copa Sudamericana en 2004 y, un año después, a la Copa Libertadores. Esto marcó un punto de inflexión en su carrera como director técnico, que lo llevó a consagrarse campeón de la Primera División, la Supercopa y la Copa Argentina con el Viaducto. Aunque el premio mayor llegó con la obtención de la Sudamericana con el Arse en 2007.
Después de haber alcanzado tales logros, el rafaelino fue al fútbol internacional y estuvo al mando del Al Ahli de Arabia Saudita, por el breve lapso de un año, para luego pasar de los clubes a las selecciones nacionales. El primer seleccionado que tuvo bajo su mando fue el ecuatoriano, a quien llevó al Mundial de Qatar en 2022, pero no pudo avanzar de fase de grupos; lo mismo que le pasó dos años después con Costa Rica en la Copa América. Sin embargo, esto no lo detuvo y en 2024 se puso al mando de la Albirroja y la clasificó al Mundial de Estados Unidos 2026.
“Dirigir un Mundial es maravilloso, hay que trabajar mucho y dura poco. Ahí están los mejores y son las pruebas que te dan para ver dónde estás parado”, manifestó Alfaro de cara al torneo internacional de fútbol.
El hincha de Racing, más de una vez, dijo que el fútbol es esencialmente pasional y que él separa la pasión del trabajo, por lo que no suele gritar los goles. Aunque con Paraguay le pasó algo particular: le rompió el caparazón que decía tener y que no le permitía sentir lo mismo que los jugadores, la gente y un país que hoy se agita a través de una Selección nacional.
Con 63 años, el argentino disputará su segundo Mundial como director técnico. Su trayectoria de más de 30 años en el banco de suplentes lo llevó a dirigir a la Albirroja en su retorno a la Copa del Mundo, en la que deberá jugar contra Estados Unidos, Turquía y Australia.




