Por Luca Ferretti
Hay victorias que cambian una temporada. Otras cambian una carrera. Y algunas, muy pocas, cambian una vida entera.
La Selección Argentina llega al Mundial 2026 enfrentando un desafío distinto a todos los anteriores: ganar después de haber ganado. Defender algo que ya es suyo. Volver a caminar por un camino cuya cima ya conoce.
Durante décadas, el fútbol argentino vivió persiguiendo una imagen. La de 1986. La del Diego levantando la Copa del Mundo en México. La de un país que encontraba en una pelota una forma de explicarse a sí mismo. Después llegaron los años de las frustraciones, las finales perdidas, las generaciones que parecían destinadas a quedarse siempre a un paso.
Hasta que apareció Qatar.
En 2022, Argentina no solamente ganó un Mundial. Recuperó una ilusión colectiva. Cerró una herida histórica. Le dio a Lionel Messi aquello que el fútbol le debía. El 10 después del 10 levantó la Copa y millones de argentinos sintieron que una historia finalmente encontraba su final perfecto.
Pero la vida rara vez termina cuando uno alcanza la meta.
Ahí empieza otro desafío.
Porque si ganar es difícil. Mantenerse después de ganar es todavía más difícil.
Sucede en el deporte, en el trabajo, en los proyectos personales y en cualquier aspecto de la vida. Cuando uno lucha por algo durante años, imagina que la felicidad llegará al conseguirlo. Sin embargo, una vez alcanzado el objetivo aparece una pregunta incómoda. ¿Y ahora qué?
Argentina llega a este Mundial con esa pregunta sobre los hombros.
La presión ya no es la misma. Ya no existe la necesidad desesperada de romper una sequía. Ya no está la obligación de demostrar nada. El equipo de Lionel Scaloni se presenta como campeón del mundo, campeón de América y ganador de las Eliminatorias sudamericanas. Es una selección que aprendió a ganar y que convirtió la victoria en una costumbre.
Sin embargo, la historia demuestra que el fútbol no tiene memoria.
Las medallas brillan pero no juegan.
Las estrellas bordadas en la camiseta pesan pero no corren.
Cada Mundial vuelve a empezar desde cero.
Por eso la gran batalla de Argentina en 2026 será mental. Entender que el pasado glorioso puede ser una fuente de confianza, pero nunca una garantía de futuro.
Y en medio de esa búsqueda aparece Lionel Messi, quizás el mejor futbolista de la historia.
A los 38 años (cumplirá 39 durante la competencia), el capitán argentino disputará su sexta Copa del Mundo, algo reservado para los elegidos. Será su última función en el escenario más grande de todos.
Hay algo simbólico en que este último Mundial se juegue en Estados Unidos.
Porque fue justamente en Estados Unidos 1994 donde ocurrió uno de los episodios más dolorosos de la historia del fútbol argentino. Donde a Maradona le cortaron las piernas.
Aquella frase pronunciada por el propio Diego trascendió el deporte porque expresó algo mucho más profundo que una sanción. Representó la sensación de que le arrancaban al pueblo argentino la ilusión.
Treinta y dos años después, otro número diez llega al mismo territorio.
Pero la historia es completamente distinta.
Diego llegó a Estados Unidos peleando contra el tiempo.
Messi llega habiéndolo vencido.
Diego abandonó aquel Mundial entre lágrimas.
Messi aterriza en Norteamérica como campeón del mundo.
La tierra que alguna vez fue escenario de una despedida amarga puede transformarse ahora en el escenario de un último baile.
Ahí está el verdadero significado de este Mundial.
No necesariamente en levantar otra Copa.
Sino en demostrar que una generación extraordinaria todavía tiene hambre después de haber conquistado todo.
Porque ganar después de ganar no significa obtener siempre el mismo resultado.
Significa levantarse con la misma ambición que cuando todavía no se había conseguido nada.
Volver a intentarlo cuando el objetivo ya fue alcanzado.
Volver a soñar cuando el sueño ya se hizo realidad.
Argentina tiene equipo para competir con cualquiera. Tiene experiencia, jerarquía y una identidad consolidada. Pero también sabe que España, Francia, Brasil, Portugal y otras potencias buscarán destronarla.
Por eso este Mundial será una prueba sobre algo más grande que el fútbol.
Será una prueba sobre el deseo.
Sobre la capacidad humana de seguir avanzando después de lograrlo todo.
Sobre los huevos de exponerse nuevamente al fracaso cuando ya se conoce la gloria.
Quizás Argentina vuelva a ser campeona.
Quizás quede eliminada antes de lo esperado.
Nadie puede saberlo.
Pero hay algo que ya consiguió.
Transformó una generación marcada por las derrotas en una generación que entendió cómo ganar.
Y eso, en el deporte y en la vida, tiene un valor enorme.
Porque al final las victorias más difíciles no son las que se consiguen por primera vez.
Las victorias verdaderamente extraordinarias son aquellas que se persiguen cuando ya no hay nada que demostrar.
Eso es ganar después de ganar.
Y eso es exactamente lo que la Selección Argentina irá a buscar en el Mundial 2026.



