viernes, junio 5, 2026

Del Indio para Lionel

Por Dante Colotto

Luego de atravesar un bosque estrecho y oscuro, un niño enanito -de estatura más baja de lo común-, visualiza una casita de madera. La casita es muy pequeña, pero tiene un patio con dos arcos de aluminio enfrentados. Al niño se le dibuja una sonrisa, está familiarizado, perdió el miedo al bosque, se siente tranquilo porque ahora visualiza lo que claramente es una canchita de fútbol.

Por las ventanas entreabiertas de la casita oye un sonido ahogado, casi un zumbido en su oreja. “¿Música?”, deja escapar el pequeño. Es música, pero muy nítida, apenas un ruido a la distancia. A medida que se acerca, el niño clarifica su escucha, se rasca la cabeza y reaviva un recuerdo. Un domingo soleado de octubre al mediodía, él está en brazos de su padre, quien lleva puesta una remera musculosa negra con dos letras en color rojo y una corona encima de ellas. Bebe una copa de vino, prepara un asado y sigue al pie de la letra la canción que emerge de la radio: “Un vago de mil caravanas, a punto de quedar a pie”. El niño se da cuenta de que esa misma canción que su padre tarareaba con tanta pasión, era la que salía de la casita. Ahora sí que se sentía seguro, se había encontrado del otro lado del bosque.

Se acercó a la puerta alta de madera luego de subir tres rechinantes escalones que elevaban el hogar en un pequeño altar mágico. Tocó la puerta, una, dos, tres veces, pero nada. Nadie abría. Se seguía oyendo la misma música, pero el niño no entendía por qué nadie respondía a su llamado.

El miedo le volvió a recorrer el cuerpo, ese mismo miedo que lo atravesó durante todo el camino en el bosque. El camino había sido largo, hasta pensó en volverse, pero ahí estaba, en la puerta de la casita mágica, temblando de miedo pero con las agallas de estar ahí, esperando.

Nadie le abrió, pero él había llegado hasta ahí, no podía rendirse. Fue entonces cuando decidió abrir la puerta.

 

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 La casita solo tenía una mesa y cuatro hombres sentados, al niño le parecían conocidos, de algún lado le sonaban. Los veía y sentía una fuerza superior. En la esquina derecha, un angelical hombre flaco y alto, algo de barba y un suéter blanco que le llegaba hasta arriba del cuello, tenía una guitarra en sus manos. En la esquina izquierda, otro hombre de figura celestial, con pequeños rulos y ojos claros, también tenía una guitarra. Al frente de la mesa, uno que parecía futbolista, estaba vestido de tal, con la camiseta de la Selección Argentina, pelo oscuro enrulado, un short negro que tiene el número 10 y unos botines Puma negros y blancos, bajo su suela, una pelota de fútbol. Frente a él, el único de los cuatro que volteó para observar al niño. Un señor pelado con anteojos de sol, una remera amarilla, un jean y un bloc de notas en la mano.

Este último sale de la casita con el niño y atraviesan el bosque por el mismo camino que llegó la visita. Caminan el trayecto completo sin emitir ninguna palabra, el niño bajito solo observa y escucha sus pasos, el hombre danza por el aire como llevado por una fuerza mayor. Avanzan como las horas. Pasa el tiempo, ellos caminan.

Finalmente, llegan al otro lado del bosque y todo parece haber cambiado. El niño avanzó en el tiempo. Ahora es un hombre de treinta y pico de años, pelo castaño y algo de barba. Lleva consigo una sonrisa imborrable, como enternecida. Al hombre le toca despedirse, debe volver a su casita. Pero antes, pone su palma en la espalda del ahora hombre, lo mira a los ojos y le recita sus primeras palabras desde que lo vio en la puerta de la casita:

“Has sido un tesoro deportivo argentino. Dios y el Diablo te dieron una destreza inimaginable.

Te felicito, me has hecho pasar momentos muy divertidos y poder gozar a algunos amigos extranjeros también.

Bueno, te mando un abrazo, pasala bien, te merecés una buena vida.

Postdata: ¿Qué tal si ganas un campeonato del mundo más? Estás para eso viejo… estás para eso”.

Y ahí se va. Con la mirada perdida, el cuerpo flotando y un alma que se agranda al compás de su sombra, iluminado por los últimos rayos de sol que se filtran en el bosque.

 

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