Por Victoria Tourn
La carrera de Julian Nagelsmann va contra el reloj. Mientras la mayoría de los hombres de 38 años todavía están viendo cómo cerrar su etapa como futbolistas, él ya pasó por los clubes más grandes de Alemania y hoy tiene el trabajo con más presión de su país: dirigir la selección nacional.
Su historia no empezó con trofeos, sino con un gran golpe. A los 20 años, jugando para la reserva del Augsburgo, una grave lesión en la rodilla lo obligó a retirarse antes de debutar en Primera. En ese momento, el mundo se le vino abajo, pero fue Thomas Tuchel quien le dio una oportunidad para analizar rivales. Ahí nació el técnico que hoy conocemos, alguien que Jürgen Klopp resumió al decir que es un joven muy seguro de sí mismo.
No es el típico entrenador serio y aburrido. Con su metro noventa de estatura y pelo claro, Nagelsmann es quien llega a los entrenamientos en una Harley-Davidson o en skate, y quien en sus vacaciones prefiere hacer paracaidismo o esquí antes que quedarse descansando. Su pelo siempre despeinado refleja la intensidad con la que vive el fútbol.
A los 28 años, cuando asumió en el Hoffenheim, se convirtió en el técnico más joven de la historia de la Bundesliga. No le tuvo miedo a los jugadores que eran mayores que él. Los convenció usando la tecnología: instaló pantallas gigantes en el campo de entrenamiento para mostrarles los errores en el momento.
Pero esa seguridad extrema también le trajo problemas. En el Bayern Múnich, su estilo moderno, su forma informal de vestir y sus ganas de controlarlo todo chocaron con los líderes del vestuario. La forma en que lo echaron del Bayern fue difícil de creer: se enteró de que estaba despedido por las redes sociales mientras estaba de vacaciones esquiando en Austria. A eso se le sumó su divorcio tras 15 años de pareja. De repente, pasó a ser el centro de las noticias, no solo por lo deportivo, sino también por su vida privada.
En vez de esconderse, aceptó el desafío más grande de todos: tomar las riendas de una selección alemana que venía de tocar fondo tras quedar eliminada en la primera ronda de los últimos dos Mundiales.
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La apuesta de la Federación Alemana por “Baby Mourinho”, apodo que le puso Tim Wiese, es total. Aunque su contrato inicial era corto, los resultados y su forma de renovar el vestuario convencieron a todos, y ya extendió su vínculo hasta el Mundial 2026. Su sistema 4-2-3-1 busca que el equipo recupere agresividad y también darles lugar a los más jóvenes, como Lennart Karl. Su impacto fue rápido: logró triunfos clave contra potencias como Francia y Países Bajos, que le devolvieron la ilusión a la gente.
Liderar la selección es la gran revancha de Nagelsmann. Su filosofía es simple: el fútbol es un 30% táctica y un 70% psicología. Por eso se enfoca en la cabeza del jugador más que en cualquier esquema. La meta es que Alemania deje de vivir de los recuerdos y vuelva a dar miedo por su juego actual.
El Mundial 2026 es el objetivo final para demostrar que su juventud es un motor y no un problema. Ganar ese trofeo sería la cura definitiva: la forma de que, por fin, esa rodilla rota deje de doler.



