jueves, junio 4, 2026

No olvidar para vivir sin tenerle terror a vivir

Por Thiago Maison

1 de junio de 1978. Llegaba el acto de apertura del Mundial y el pueblo argentino estaba fascinado por un hecho inédito, como lo era ser sede de la cita máxima del fútbol. Una sociedad que hacía poco más de dos años había sufrido un nuevo golpe a sus derechos y su democracia, aunque aún no conocía en profundidad la ferocidad y la inhumanidad que atravesaban los sucesos que aborrecían su cotidianeidad.

Jorge Rafael Videla, el presidente de aquel gobierno de facto instaurado el 24 de marzo de 1976, dio comienzo a la Copa del Mundo con un discurso que delimitó sus intenciones de manera implícita. Para él, una supuesta verdad de cara al resto del mundo, mientras que para los argentinos era una cortina que los separaba indirectamente de lo que sucedía a sus espaldas.

Al darle inicio al certamen, tras una increíble ceremonia con, por ejemplo, desfiles y números gimnásticos, la voz del mandamás argentino hizo retumbar entre las tribunas del estadio Monumental que la paz, la unión y la convivencia de distintas ideologías eran su hipotética bandera, lo que le permitió ganarse el aplauso unánime. Todo eso, a menos de un lustro de haber derrocado a María Estela Martínez de Perón, quien gobernaba el país tras el fallecimiento de Juan Domingo, su esposo, y había creado la Comisión de Apoyo al Mundial ‘78.

La misma fue discontinuada por decisión de Videla, que impulsó la creación del Ente Autárquico Mundial ‘78, con Omar Actis a la cabeza. Sin embargo, a pesar de haber sido designado como jefe del proyecto, el general fue asesinado de manera extraña en un crimen que nunca tuvo su debida resolución, sumado a que aún hoy se mantiene viva la sospecha de que fue la consecuencia de una brutal interna en las fuerzas armadas. Tras este cuanto menos misterioso suceso, el contraalmirante Carlos Lacoste, mano derecha del jefe de la milicia Emilio Massera, quedó a cargo del rol vacante.

Todo funcionaba acorde a lo que los altos mandos de la nación pretendían. Un evento del más alto calibre deportivo estaba en sus manos. En Argentina todavía no habían descubierto la otra cara de la moneda, sino que lo que todos sabían era solamente la punta del iceberg. Y, por si fuera poco, en aquella apertura le demostraron al mundo, que conocía más de cómo se vulneraban los derechos de los argentinos que los propiamente nacidos en este suelo -por lo que Johan Cruyff y Paul Breitner, dos figuras de Holanda y Alemania respectivamente, decidieron no participar del Mundial-, que su sangre estaba congelada, por lo que no les movía ni un pelo disimular su cínico y cruel accionar.

“Esa paz dentro de cuyo marco el hombre puede realizarse plenamente como persona, con dignidad y en libertad, en el marco de esta confrontación deportiva caracterizada por su caballerosidad, en el marco de la amistad entre los hombres y los pueblos y bajo el signo de la paz, declaro oficialmente inaugurado este onceavo campeonato Mundial de Fútbol 78″, concluyó Videla. Jugó con la felicidad de un pueblo entero, que abrazó acaloradamente a ciudadanos de decenas de países sin saber que quien más necesitaba un abrazo era él.

Los ojos miraban perdidamente un campo de fútbol. Su verde césped, que tenía a Alemania y Polonia como protagonistas tras el acto de inicio. Aún con miles de personas allí y ninguna mirada hacia los exteriores ni las monstruosidades que ocurrían a diario, hubo un futbolista que acompañó a las Madres de Plaza de Mayo que realizaban su recorrido habitual de los jueves: Ronnie Hellström, arquero de Suecia.

Él mismo declaró que decidió ir con las mujeres que clamaban por la aparición de sus hijos ya que se lo había pedido su conciencia, un concepto que con el correr de los años ha aparecido en los argentinos, pero que en aquel entonces escaseaba sin dudas. Y era normal que así fuera, porque todo se ocultaba y eso provocaba que se prolongara una mentira que finalmente sí tuvo patas cortas como el resto.

Desde el comienzo del sexto mes de 1978 pasaron 24 días para que la Selección argentina se consagre campeona mundial en su tierra. Con una alegría inmensa y una sonrisa que se dibujaba en el rostro de alrededor de 27 millones de personas, los militares continuaban sus macabras tareas en las condiciones soñadas para cualquier despiadado. Prácticamente todo el país se había centrado en el delirio futbolístico mientras tantos compatriotas transitaban, incluso, sus últimos segundos de vida.

Afortunadamente, tras ese primer título del mundo, el pueblo argentino subió a un tren que únicamente vendía pasajes de ida. Incluía un cambio progresivo pero eterno. Lento, pero seguro. El rompecabezas que habían armado los altos mandos de la dictadura mágicamente dejaba de encajar. Los crímenes de lesa humanidad, las barbaridades y salvajadas que cometían, comenzaban a merodear a base de susurros entre los hogares. Con miedo y el máximo recaudo posible, pero siempre con el sueño de dejar de sufrir por incompetentes que llegaban para interrumpir los derechos ganados.

No era la primera vez que sucedía, sino que ya era moneda corriente. Argentina entendió que a la gente solo la ayuda la gente. Y cuando se menciona al país, se incluye a todos los ciudadanos que diariamente trabajan por llevar un plato de comida a su casa, o que simplemente luchan con la incertidumbre de conseguir un techo bajo el que dormir y no pasar frío.

No fue de la noche a la mañana. Prácticamente cinco años pasaron hasta la caída del gobierno militar. Aún así, el pueblo juró con gloria morir. Por eso, aquella desalmada serie de sucesos fue el motor de todo un país para salir adelante. Para comenzar a decir basta. Para vivir sin tenerle terror a vivir.

Tantos obstáculos. Miles de momentos complejos. Pero ninguno bastó para que la tormenta arrase con una sociedad entera. Argentina siempre curó sus heridas lentamente, con la memoria como estandarte y el olvido como posible condena a la repetición. Al gran pueblo argentino, salud.

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