sábado, mayo 30, 2026

Mientras exista la “10”

Por Juana Lusin Santafé y Morena Politi

Kempes, Maradona, Ortega, Riquelme, Messi. El “10” en Argentina no fue nunca solamente un número. Está en la camiseta original guardada como reliquia y en la trucha comprada en un local de barrio antes de un Mundial. Está en el pibe que duerme con esos colores puestos y en el abuelo que todavía recuerda de memoria un gol de hace cuarenta años. Está en las cábalas, en los abrazos desesperados, en la radio prendida bajito; en la fe absurda de creer que mientras exista alguien capaz de ponerse esa camiseta, siempre va a quedar una última alegría posible. Porque la “10” no vive solamente en una cancha: vive en el pueblo que convirtió al fútbol en identidad. Y si preguntan quiénes somos, “somos de Tierra Santa”.

Antes de la gambeta elegante y del lujo, estuvo la entrega. Mario Alberto Kempes, “El Matador”, el primer gran “10” que hizo sentir a un país entero campeón del mundo en 1978. Tenía el pelo largo, la camiseta embarrada y la ilusión de millones colgada en la espalda. Con él, la 10 empezó a convertirse en símbolo. En algo más grande que un número. Porque hay jugadores que ganan partidos, pero otros hacen que un pueblo entero vuelva a creer. Y Kempes fue el primero en hacer creer a todo un país.

Después, la pelota encontró a Diego Armando Maradona. O quizás fue Diego quien encontró la pelota antes que nadie. El pibe de Villa Fiorito que gambeteó la pobreza, las heridas y hasta la lógica misma con una pelota pegada al pie izquierdo. Y entre todos los momentos que le regaló al fútbol, hubo uno que quedó tatuado para siempre en la memoria argentina: México 1986. El partido contra Inglaterra, la corrida eterna, el relato inmortal. Y ese gol, que no fue solamente el mejor de la historia: fue una herida transformada en arte, una revancha hecha gambeta. Ahí, Maradona inmortalizó al fútbol argentino. Porque el “D10s” de los argentinos, hizo que la “10” dejara de pertenecer a los jugadores, para pasar a ser la representación de un país entero. Cuando llegó él nada volvió a ser igual. Porque no solamente usó la camiseta, la convirtió en eternidad. Hizo del fútbol una revancha para los que siempre se sintieron menos. Era barrio, desobediencia, magia y corazón al mismo tiempo.

Y cuando parecía imposible volver a encontrar a alguien capaz de cargar semejante historia sobre la espalda, apareció Ariel Ortega para hacer de las suyas. El “Burrito” jujeño que no intentó parecerse a nadie, entendió que la única manera de honrar esa camiseta era jugando a su manera. Entre 1998 y 2002, su gambeta le devolvió al fútbol argentino la inocencia del potrero, la rebeldía de encarar aunque hubiera cinco rivales adelante y una sensación de no saber qué podía pasar cuando agarraba la pelota. Ortega no necesitó levantar una Copa del Mundo para quedarse en el corazón de la gente. Le alcanzó con recordarle al pueblo nacional que el deporte también podía seguir siendo alegría y juego.

En medio de un fútbol cada vez más apurado, apareció Juan Román Riquelme, que jugaba como si el tiempo no existiera. Mientras el mundo iba rápido, él frenaba. Pensaba. Esperaba. Y en esa pausa encontraba espacios que nadie más veía. Con él, la “10” fue inteligencia, personalidad y elegancia. Era el jugador que escuchaba a la pelota cuando el resto solamente intentaba correr detrás de ella. Y en cada pase filtrado, en cada control perfecto, en cada silencio suyo dentro de la cancha, había algo profundamente argentino: la sensibilidad de entender el fútbol como arte. Román convirtió la pausa en emoción y el talento en identidad. No necesitaba velocidad para romper partidos ni gritar para hacerse notar. Le alcanzaba una pelota en los pies y levantar la mirada para hacer entender que el fútbol podía jugarse de otra manera.

Con toda esta historia detrás, ¿quién se imaginaría que todavía quedaba algo por contar? Ahí estaba el pueblo argentino, tercamente vivo, que nunca dejó de creer. Lionel Messi tuvo que aprender a jugar con el mundo mirándolo distinto, con un cuerpo más chico de lo que pedía el fútbol, con una altura que parecía una excusa para dudar de él, con críticas que lo perseguían como si cada paso suyo necesitara ser justificado. La número “10” volvió a encontrar sentido en alguien que parece que nunca tuvo permitido el error. Lo señalaron, lo compararon, lo exigieron como si llevara una deuda con un país entero. Y en medio de todo eso, también hubo un momento en el que hasta el corazón del que más lo criticaba se frenó: en 2016, cuando dijo que se iba. Cuando la Selección se quedaba sin su “10” y el fútbol argentino sintió por un instante que algo se rompía por dentro.

Pero, ¿y si ese no era realmente el final? El “Messías” volvió. Volvió como vuelven los que no pueden evitarlo, los que tienen algo adentro más fuerte que el orgullo y más profundo que el cansancio. Y en Qatar 2022, como si el universo entero hubiera decidido, por una vez, ponerse del lado correcto, levantó la copa más importante de su carrera. Por un instante, el fútbol pareció justo. No porque Messi le debiera algo a alguien, sino porque había algo profundamente necesario en ver otro “10” argentino ahí. Como si el deporte hubiera tardado demasiado en reconocer lo que cualquier pibe de barrio supo siempre: que ese señor bajito, de mirada tranquila y zurda mágica, era simplemente el mejor que había pisado una cancha.

Cinco nombres. Cinco maneras distintas de ponerse la misma camiseta. Y una sola cosa en común: el número “10” que atraviesa generaciones enteras. Porque hay camisetas que se usan, y otras que se sienten en la piel como si fueran la patria misma. Y mientras haya un pibe en algún potrero de este país mirando el cielo después de un gol y sin saber muy bien por qué se le llenan los ojos de lágrimas, la “10” va a seguir viva. Esperando al próximo. Al que todavía no conocemos. Al que ya está aprendiendo a dominar una pelota sin imaginar siquiera el peso hermoso que algún día va a cargar.

La historia no terminó. Alguien, en algún rincón de Argentina, ya está escribiendo el capítulo siguiente.

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