Por Lola Fariña Villaverde
Entre banderas, aplausos y papelitos en el Estadio Monumental por el inicio de un nuevo Mundial, un grupo de mujeres realizaba una de sus rondas alrededor de la Plaza de Mayo, como todos los jueves desde abril de 1977, en reclamo por la desaparición de sus hijos. Sin embargo, ese 1 de junio fue distinto: a la misma hora en que comenzaba el primer partido del torneo, los periodistas neerlandeses Jan van der Putten y Frits Jelle Barend se dirigieron a la plaza para registrar lo que ocurría allí. Van der Putten acercó un micrófono a las madres y logró que, por primera vez, sus denuncias fueran transmitidas por televisión hacia Europa.
Dos semanas antes del inicio del Mundial, la presencia regular de las madres en Plaza de Mayo, se había convertido en uno de los contratiempos más serios para los planes de la Junta Militar. Con la mirada del mundo puesta en Argentina, la plaza –centro político, histórico y turístico del país– adquiría un valor clave en la disputa por la imagen internacional. Aquello que la dictadura intentaba ocultar, encontraba allí una evidencia difícil de ignorar: con su sola presencia, las madres exponían públicamente el reclamo por la desaparición de sus hijos.

La censura imperante que dominaba la prensa impedía que gran parte de la sociedad conociera lo que realmente sucedía en el país. El Mundial aparecía como una oportunidad para mostrar una Argentina ordenada y prolija, por lo que los medios destacaban los aspectos vinculados a la organización del torneo: la transmisión televisiva a color o el tiempo récord en el que se habían construído los estadios. El evento funcionaba como propaganda hacia el interior y exterior del país, ya que este era muy cuestionado por las violaciones a los derechos humanos. Al mismo tiempo, los medios evitaban críticas a la Selección y reproducían el discurso oficial: se estaba “ganando la guerra contra la subversión” y la economía mostraba signos de recuperación.
Las desapariciones, detenciones clandestinas, presos políticos y las denuncias de familiares no tenían lugar en los medios de comunicación (a excepción del Buenos Aires Herald). A pesar de ello, esa información comenzó a circular fuera del país a través de los exiliados en Europa. Entre quienes difundieron esos testimonios estuvieron Van der Putten y Barend. Van der Putten se encontraba como corresponsal en Argentina desde 1973, tras el golpe de Estado en Chile, y había seguido desde sus inicios la historia de las Madres. Barend llegó como periodista de un semanario deportivo para cubrir el Mundial. Ambos fueron a la plaza ese día y ayudaron a que los crímenes de la dictadura cívico-militar argentina comenzaran a conocerse en el exterior.
Con una sola pregunta del periodista neerlandés, las madres encontraron un canal para expresarse luego de haber sido negadas por el gobierno. Mientras la mayoría de los medios transmitían la ceremonia de inauguración del Mundial, la televisión holandesa registró por primera vez aquellas rondas que las mujeres de pañuelo blanco realizaban alrededor de la Pirámide de Mayo. Mientras el estadio celebraba el comienzo del torneo, en la plaza empezaba a hacerse visible otra historia de la Argentina.



