Por Juan Osorio
Un operativo militar confundió una dirección y desató una noche de terror para una familia de Isla Maciel. La historia de Enrique Roberto Domínguez expone el funcionamiento cruel y caótico del Estado en tiempos de dictadura.
La noche del 18 de abril de 1976 parecía comenzar como cualquier otra en Isla Maciel. Era el cumpleaños número 28 de Enrique Roberto Domínguez, pero estaba en cama con gripe. En la cocina se encontraban su esposa, Rosa de Lourdes Ruiz; sus tres hijos, los mellizos y Daniel; su cuñado, José, y su amigo del puerto, apodado “Veneno”. No podían celebrar por su estado de salud, pero aun así habían ido a visitarlo.
De pronto, alrededor de las ocho de la noche, el primer piso de la casa quedó completamente rodeado por policías militares. Parecía que salían incluso desde el techo, todos armados con fusiles. En un instante, aunque para las víctimas fue una eternidad, irrumpieron en la vivienda y secuestraron a Enrique, a Veneno y a José.
Dos policías, uno calvo y otro con un ojo de vidrio, los metieron tapados, apretados, encimados, como piezas de Tetris, en un Valiant 2, hasta el punto de entumecerles el cuerpo por la falta de espacio. Cuando llegaron al destino y todavía sin poder ver, sintieron que el auto descendía como si bajara a un pozo. Al detenerse, los empujaron hacia el interior de lo que parecía ser un viejo comercio.
Dentro del lugar, en una especie de subsuelo, escucharon gritos, llantos, lamentos de hombres y mujeres, y un olor extraño, similar al hueso quemado, impregnaba el ambiente. Era, para ellos, la antesala de un verdadero infierno.
Cada dos minutos, contados con el reloj de Veneno, alguien venía a golpearlos y amenazarlos con enviarlos al sótano si no hablaban. Ellos, confundidos, seguían sin entender por qué los habían secuestrado.
En un momento los separaron. A Enrique lo llevaron ante el jefe del sector: un militar joven, alto, rubio y de porte firme, al que todos llamaban “Capitán”. Ambos se sentaron y mantuvieron una breve conversación: “Bueno, nos equivocamos. Así que, como calavera que no chilla, se van”, dictaminó el jefe.
A Enrique, con la sangre hirviendo y el estómago revuelto por la impotencia, no le cayó nada bien la forma en que el militar se dirigió a él después de la noche de terror que les habían hecho pasar. Al girar la cabeza alcanzó a ver, solo por un instante, a su cuñado caminando por el pasillo completamente empapado y con el mismo olor a hueso quemado que había percibido al llegar.
El Capitán, molesto por su reclamo, se levantó de golpe, cerró la puerta con violencia y le dijo a Enrique: “Mira, si vos te querés ir, te llevamos. Pero si queres gritar como todos los que tengo ahí abajo, te dejo gritando”. Enrique decidió quedarse en silencio y ceder. Le preguntó en qué se equivocaron para que los lleven y quién los había delatado. El militar le respondió: “no te puedo decir quién, pero nos dieron Mitre 370 y vos estás en el 71. Se equivocaron de número”.
Luego de esa conversación, reunieron nuevamente a los tres secuestrados y comenzó el viaje de regreso. A mitad de camino, el auto se quedó sin nafta y terminó tirado en un costado de la calle. Todos tuvieron que bajarse y empujarlo hasta la estación de servicio más cercana. Ninguno de los policías tenía dinero encima, por lo que Veneno les dio 50 pesos para llenar el tanque. A pesar de la ayuda de los tres hombres raptados, los militares seguían siendo hostiles con ellos y los volvieron a tapar antes de retomar el viaje.
Cuando finalmente llegaron a su hogar, las puertas estaban cerradas con llave. Los policías, impacientes, comenzaron a apurarlos con sus armas. Rosa, la esposa de Enrique, ya no estaba ahí: había escapado con sus hijos a la casa de su madre. Pasadas unas horas, la familia logró reencontrarse sana y salva.
Sin embargo, con el correr de los días, ocurrió exactamente lo que ellos habían padecido: los militares volvieron al barrio y repitieron el mismo operativo, pero esta vez en la dirección de enfrente, la que había sido denunciada desde un principio. Nadie supo qué fue de esa familia. Quizás, como tantos otros secuestrados, fueron tragados por el infierno.



