Por Matías Huentelaf y Valentina Gómez Focht
Entre 1976 y 1983, en la etapa más oscura de la historia argentina, 30.000 personas fueron desaparecidas por la dictadura cívico-militar en Argentina. Fueron historias arrancadas de sus casas, de sus familias, de sus sueños. 220 de ellos eran deportistas federados o chicos y chicas que soñaban con serlo algún día. Tenían botines embarrados, camisetas transpiradas, cronómetros en la mano e ilusiones intactas que el gobierno de facto les arrebató. Todo esto a través de un plan sistemático de secuestros, torturas y asesinatos que logró que muchos de ellos nunca más volvieran. Nunca más abrazarán a sus compañeros. Nunca más pisaron una cancha.
Entre esos 220 deportistas había 152 jugadores de rugby (17 de La Plata Rugby Club), 19 futbolistas, 13 ajedrecistas, 10 nadadores, 5 basquetbolistas, 4 voleibolistas, 3 boxeadores, 2 ciclistas y también atletas, hockistas, andinistas, gimnastas, jugadores de tenis, ping pong, waterpolo, yachting y tenis criollo

Muchos militaban en el Partido Comunista Marxista Leninista, la Juventud Peronista o la Unión de Estudiantes Secundarios. Eran estudiantes universitarios, trabajadores, adolescentes. Como Alicia Alfonsín.
Ella tenía 16 años cuando fue secuestrada el 23 de noviembre de 1977. Jugaba al básquet en el Club Colegiales. Estaba embarazada de cinco meses. Su hijo Juan, nació en cautiverio y fue apropiado por Luis Falco miembro de la Policía Federal y su esposa. Ese bebé creció sin saber quién era, sin saber quién había sido su madre. Recién el 26 de enero de 2004 recuperó su identidad: era Juan Cabandié.
En 2011, su apropiador recibió 18 años de prisión por apropiación de menores y supresión de identidad.
Adriana Inés Acosta tenía 22 años. Jugadora de hockey del Club Lomas, había integrado la preselección argentina para el Mundial de Cannes de 1974. En 1978 fue secuestrada y llevada al centro clandestino “El Banco”, en Ezeiza. Nunca más se supo de ella. Se cree que fue víctima de los “vuelos de la muerte”, arrojada al Río de la Plata. En 2009, la cancha de hockey sintético del CeNARD fue nombrada “Adriana Acosta” porque el nombre es su memoria y nombrar es resistir al olvido.

Miguel Sánchez era atleta, poeta y militante. Lo secuestraron el 8 de enero de 1978 en la puerta de su casa, en Berazategui. Nunca volvió. Sus compañeros contaron que estuvo detenido en un centro clandestino llamado “El Condorito”. Pero su memoria sigue corriendo. Cada año, la “Carrera de Miguel” recorre calles en Buenos Aires, Tucumán, Berazategui, Bariloche y hasta en Roma, donde nació como homenaje en el año 2000. Miguel no pudo cruzar más metas, pero hoy miles corren por él.

También fue desaparecido Rodolfo Walsh, ajedrecista, socio de Estudiantes de La Plata, periodista y escritor. Frente a la censura creó la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA) y denunció lo que estaba pasando cuando casi nadie podía hacerlo. El 24 de marzo de 1977 difundió su “Carta Abierta a la Dictadura Militar”, donde expuso la represión, las torturas, las desapariciones y el verdadero plan económico detrás del terror. Un día después fue emboscado, herido de bala y secuestrado. Lo llevaron a la ESMA. Desde entonces, su cuerpo permanece desaparecido.
El deporte no estuvo al margen del terrorismo de Estado. No hubo “guerra”. No hubo “excesos”. Hubo un plan sistemático de persecución y exterminio. Y cuando aparece el negacionismo, lo que intenta es borrar estas historias, minimizar el horror, volver a desaparecerlos en la memoria colectiva.
Recordar a esos 220 deportistas desaparecidos es defender algo mucho más grande que un resultado o una medalla. Es defender la memoria frente al olvido, la verdad frente a la mentira, la justicia frente a la impunidad porque cada cancha, cada pista, cada club de barrio guarda una ausencia.
Y porque en Argentina hay una frase que no es consigna vacía, sino promesa colectiva:
NUNCA MÁS.



