sábado, marzo 21, 2026

Ayrton Senna: en búsqueda de la perfección

Por Gabriel Milian Scuri

Años sesenta. Una familia que consiguió su bienestar a base de sudor y trabajo, al igual que muchas otras, en un país repleto de gobiernos desastrosos y una sociedad desigual. Ayrton era el hermano del medio entre tres en el hogar de los Senna Da Silva. Viviane, la más grande, y Leonardo, el más chico. Su padre, Milton, fue dueño de una empresa metalúrgica y fanático del automovilismo. Pero, sobre todas las cosas, un padre. Un esposo. Que se sentía sumamente responsable del pasado, presente y futuro de quienes vivían bajo su techo. Todo eso repercutió en sus hijos y sus expectativas sobre ellos.

Beco, como llamaban los más cercanos a Ayrton, vivió entre una madre que dejaba todo por sus hijos y un padre que buscaba el control y la excelencia. El piloto que sería tricampeón mundial de Fórmula 1 creció bajo un lema: “Si vas a hacer algo, hacelo bien”. Cada palabra de aquella frase se le incrustó en la sangre a Senna. Exprimirse hasta la última gota era la única opción. No importaba si le sacaba treinta vueltas o dos al segundo. Siempre se podía ir por más. En la mente del chico oriundo de São Paulo, cada curva debía ser mejor que la anterior. Si había un récord, entonces existía la chance de romperlo. Una y otra vez. Como un bucle. Hasta que la remera no tenga ni una arruga. Eso llevó a Ayrton a vivir en el monoplaza. Por y para su carrera. Desde que manejaba los karts en Brasil hasta en el McLaren MP4/4.

Aquel estado de flow en el que entró en el Gran Premio de Mónaco 1988 fue algo más allá de su determinación y obsesión por ser el mejor. Fue su alma. Estaba donde debía. A bordo de donde debía. Su cuerpo sobrevolaba el principado, el auto iba solo. Hasta que despertó y se estrelló.

Ayrton convivió, durante sus 34 años, en el límite de la perfección y la catástrofe. Del retiro de la actividad después de ganar la Fórmula Ford británica a dejar toda su vida en Brasil, entre ella a su esposa, para adentrarse en la categoría reina. Frenar una milésima después que el resto para llegar primero. No dormir para descifrar el coche o estudiar cada uno de los trazos de los distintos circuitos. Los sabía de memoria. Todos y cada uno de ellos.

Senna fue miles de cosas: solidario, revolucionario, auténtico, corajudo, una persona con consciencia social. Pero antes de todo eso era piloto. Era su esencia. La competencia ponía su sangre en el punto justo de ebullición. Despertaba todas y cada una de sus hormonas.

Dentro del auto siempre sintió que estaba cerca de lograr lo que todos esperaban de él. Ser el mejor. Por eso siempre iba en busca de más. Cada fin de semana se convertía, para su vida, en una exhaustiva aventura de descubrir lo que habría más allá del mejor tiempo de vuelta o la pole position o la cantidad de títulos que podrían ganarse. Beco sabía que no existía magia para todo lo que él deseaba. Para todo lo que se le había impuesto. Si quería ser el mejor tenía que pensar y vivir como tal. 

Para un deporte como la Fórmula 1, con la privacidad y exclusividad que siempre llevó, Ayrton se mostró como cualquiera de todos los soñadores de su barrio. Un chico con inseguridades y presiones, sensible y pensante. Determinante y resiliente. Se encargó de predicar que todos luchen por sus sueños y que para eso solo existía una receta: “A todos ustedes les digo que, sea quien usted sea, esté en un altísimo o más bajo nivel social, tenga siempre mucha fuerza y determinación, y haga todo con mucho amor y fe en Dios. Que un día alcanzará su objetivo y tendrá éxito”.

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