Por Santiago Peñoñori
La camiseta titular de la Asociación Atlética Ponte Preta es blanca con una franja diagonal negra. Branca e preta. Los orígenes del segundo club de fútbol más longevo de Brasil son blancos y negros. Sin marginaciones.
El 11 de agosto de 1872 se inauguró en la localidad de Campinas la Estación Central construida por la Compañía Paulista de Ferrocarriles, que buscaba extender la línea ferroviaria de San Pablo hacia el interior del Estado. Al igual que como sucedió en Argentina, el desarrollo de este medio de transporte decantó en la creación de barrios y de clubes. Para unir la ciudad fue necesario hacer un puente y para que los gases del tren no erosionaran la construcción, se la cubrió con alquitrán. El puente se tiñó de negro y el barrio que nació alrededor se apropió del nombre: Ponte Preta.

Es difícil imaginar una barriada feliz en esos años, ya que Brasil aún no le había puesto fin a la esclavitud (fue el último país americano en hacerlo) y era uno de los países que más esclavos había importado en el mundo. En 1888, la Ley Áurea decretó la abolición, pero el país no trabajó en políticas de inclusión e hizo que la inserción de los oprimidos fuera lenta y resistida.
Nueve años más tarde, alumnos de una escuela del barrio Ponte Preta comenzaron a jugar al fútbol en un descampado y dieron el puntapié para que tres años después se fundase la Asociación Atlética Ponte Preta. ¿Qué día? El 11 de agosto, en homenaje a la inauguración de la Estación Central.
Entre los jóvenes pioneros estaba Miguel do Carmo. Un partícipe fundamental en la creación del club, señalado como el primer futbolista negro del país. Puesto en contexto, este hecho tiene una gran fuerza, ya que la lucha contra el racismo aún hoy se mantiene a más de 130 años de la abolición. El club, anfitrión de toda actividad que la población negra organizaba como consecuencia de los vetos que sufría por parte de los blancos, llegó a presentar documentación a FIFA para pedir un reconocimiento internacional por considerarse la primera democracia racial del fútbol brasileño y un ejemplo de lucha contra la discriminación.

Ponte Preta se convirtió para sus hinchas en un club popular de resistencia y tuvo que hacer de lo que la sociedad consideraba como sus defectos, sus principales símbolos. “Ahí viene la macacada”, decían los torcedores de los clubes que recibían la visita de los camiones que trasladaban a los hinchas del club blanquinegro a inicios de los 40. Lejos de ofenderlos, les cedieron un elemento identitario que al día de hoy se mantiene. Las mascotas del club son “La Macaca” y “El Gorila” y sus hinchas cantan cada fin de semana que “los macacos han vuelto”.
El club de Campinas tiene una historia muy rica y no por sus títulos, ya que no ha cosechado ninguno de relevancia en el fútbol brasileño. Estuvo cerca en 2013 cuando perdió la final de la Copa Sudamericana contra Lanús, en lo que fue su primera participación en un certamen internacional. La medalla que sí puede colgarse habla una vez más del amor de su comunidad, la que se encargó de construir el estadio Moises Lucarelli. Con capacidad para 18.000 personas, El Majestuoso fue inaugurado en 1948 gracias al trabajo de hinchas, jugadores y dirigentes, que a través de donaciones y aportando su mano de obra lo pudieron cimentar en poco más de un año.

Entre los hechos más destacados, El Majestuoso fue considerado Patrimonio Cultural de la Ciudad y fue testigo de la incondicionalidad de Donana, una hincha negra que acompañó al club desde 1938 hasta su muerte. Una cristiana devota distinguida como la primera socia colaboradora de la Torcida Jovem da Ponte Preta, que cada fin de semana rezaba y custodiaba la capilla que tiene el estadio en su interior y que con orgullo se hacía llamar Macaca.




