viernes, abril 19, 2024

El Tata de Ranchos: humilde y tenaz, la historia de José Luis Brown

Por Manuel Giles

Gracias Tata por volver,
con los tuyos, con tu gloria,
por llevarnos en la memoria,
por hacerme el mundo ver.

Tal vez no lo puedas creer,
pero he viajado contigo,
con tus padres, tus amigos,
con los que te quieren bien,
no creas que es uno ni cien,
son miles, yo soy testigo

Raúl D’Addona – Fragmento de “Poema para el Tata”

José Luis Brown visitó a lo largo de su vida lugares en los que jamás hubiese imaginado estar y vivió experiencias que no vislumbró ni en sueños. Desde Brest en Francia hasta Murcia en España, luego de jugar ocho años entre 1975 y 1983 en el Estudiantes de Carlos Salvador Bilardo y pasando por Atlético Nacional de Medellín en 1984, su carrera alcanzó su punto cúlmine en la final del Mundial de México 1986, en la que abrió el marcador y levantó la Copa, que debe ser lo más parecido a tocar el cielo. Pero a pesar de recorrer el mundo, su corazón siempre se quedó en Ranchos, el lugar que lo vio nacer, un pueblo del partido de General Paz, provincia de Buenos Aires, a 120 kilómetros de la Capital.

El Tata, apodo que se ganó desde chico por sus primeros balbuceos al hablar y por el que lo conocieron en su vida, no llegó al mundo solo. El 10 de noviembre de 1956 también nació Miguel Ángel, su hermano mellizo, con quien compartiría toda su infancia en la casa de sus padres ubicada en la esquina de Hipólito Yrigoyen y Moreno.

Sus comienzos en el fútbol – Año: 1970 – Fotógrafo: Juan Carlos Bona (Tete). Fuente: Museo de la Memoria Histórica de Ranchos.

Miguel Ángel no escapa a los eufemismos: para él, la familia no era “humilde”, sino que era pobre. Su padre, Ricardo, salía todas las mañanas con un caballo y un carro a recorrer las calles para encontrar algo que sirviese para el hogar; su madre, Clotilde, llegó a trabajar en cuatro hogares al mismo tiempo como empleada doméstica. Miguel Ángel y el Tata asistieron desde los seis años a la Casa del Niño Virgencita del Pilar, una institución dedicada al cuidado y asistencia infantil que los acogió hasta que cumplieron los doce. Allí se bañaban y desayunaban por la mañana para luego ser llevados al colegio. Al regresar, almorzaban y hacían los deberes del día, para más tarde merendar y volver a sus casas. Ese lugar fue muy importante para José Luis, quien incluso regresó varias veces con familiares y amigos cuando ya era un futbolista consagrado para mostrarles dónde había pasado sus primeros años.

Durante su niñez, el Tata formó amistades que mantuvo durante toda su vida: Pedro Martínez, Patricio Puig, Sebastián Torrisi, Alberto Ahmer, Jorge Pesqueira. Con ellos compartió sus primeros pasos en el fútbol en el Club del Fortín, cuyo nombre surgió porque el predio estaba ubicado frente a la réplica del Fuerte construido en 1781 bajo el Virreinato de Vértiz, y que en la actualidad es una de las principales atracciones de Ranchos. Hoy el club ya no existe y en su lugar hay casas y pequeños comercios, pero supo tener hasta cinco categorías entrenando al mismo tiempo bajo las órdenes del Palomo Tobio, abuelo de Fernando Tobio, actual defensor de Huracán. A principios de la década del ‘70, varias delegaciones de divisiones inferiores de Estudiantes de La Plata viajaron allí para realizar jornadas en las que se disputaban encuentros y se compartían almuerzos con las familias. En uno de esos tantos viajes, el interés cayó sobre el joven Tata, al que le ofrecieron una prueba para entrar en la séptima del Pincharrata.

José Luis Brown y Patricio Puig en Estudiantes y Banfield – Gentileza familia Puig.

“El problema con el Tata es que siempre comentaban que era un burro porque no era habilidoso o no gambetaba”, recuerda Patricio Puig, uno de sus amigos que también jugó en las inferiores de Estudiantes. Al tiempo, Pato cambió el rumbo y llegó a Banfield, en donde le tocó medirse contra José Luis cuando ambos ya jugaban en la tercera de sus respectivos clubes. Si bien el juego con la pelota en los pies no era el fuerte del Tata, sus cualidades físicas, su lectura del juego y, por sobre todo, su tenacidad y disciplina hacían que se destacara sobre el resto. Incluso, en el segundo Estudiantes-Banfield que disputaron en contra, convirtió un gol de cabeza. “Quién diría que años después hizo lo mismo en la final de un Mundial”, acota Pato con una sonrisa.

Sin embargo, los primeros pasos de Brown en Estudiantes no fueron fáciles. Al mismo tiempo que viajaba a dedo desde Ranchos hasta La Plata tres veces por semana (la Ruta 29, que conecta Ranchos con Brandsen, en ese entonces era de tierra), debía trabajar en la imprenta del Semanario La Palabra (que ya no existe) en su pueblo natal y llegar a su hogar con las manos cubiertas en tinta y hediondas por los químicos que manejaba.

José Luis Brown habla al pueblo de Ranchos desde el balcón de la Municipalidad – Año: 1986 – Fotógrafo: Juan Carlos Bona (Tete).

Pero lo que no tuvo en lo material, el Tata lo compensó con su esfuerzo y determinación. “Siempre estuvo decidido a ser jugador de fútbol”, cuenta su hermano Miguel Ángel. Nunca faltó a un entrenamiento: ni el largo viaje ni las inclemencias del tiempo fueron excusas para que dejara de perseguir su sueño. Incluso recibió la ayuda de José Castro (dirigente del Club del Fortín) y Ofelia “Lula” Cappiello (madre de Jorge Pesqueira, uno de sus amigos íntimos), figuras muy importantes durante su infancia, quienes le daban dinero para que pudiera pagar algún pasaje de vuelta a Ranchos. Ya adolescente y establecido en las inferiores de Estudiantes, su conducta se mantuvo intachable. Mientras sus amigos salían de fiesta los sábados, el Tata se iba a dormir religiosamente a las once de la noche para salir temprano al día siguiente rumbo a La Plata.

José Luis Brown y Ofelia “Lula” Cappiello en la fiesta en su homenaje en el Centro de Educación Física – Archivo familia Pesqueira.

Era difícil imaginar un destino distinto para alguien que se había aferrado a un objetivo. “Él decía que si no triunfaba en el fútbol iba a volver a Ranchos para trabajar de peón de albañil”, rememora Sebastián Torrisi, otro de sus amigos. Mientras el resto de su grupo dejaba de lado los sueños de niño para abocarse al estudio, José Luis nunca perdió el foco en lo que quería hacer. Su estricta dieta consistía en un desayuno y una merienda de un licuado de banana con dos huevos duros y gracias a ella desarrolló un estado físico privilegiado. Ya jugador de Primera, se quedaba una hora después de los entrenamientos practicando para mejorar y perfeccionarse cada vez más, lo que le valió la confianza de Bilardo.

Año: 1986 – Fotógrafo: no identificado.

José Luis Brown supo estar en la cima al ganar con la Selección el Mundial en México 1986, pero nunca olvidó dónde tenía sus raíces. Víctor Hugo Morales coronó el relato de su gol frente a Alemania en la final con “el que viene del pueblo con el nombre más humilde de toda Argentina, el que viene de Ranchos”. No es casualidad que esa virtud la compartieran tanto el pueblo como el defensor con el N° 5 de ese equipo.

Después del Mundial regresó a Ranchos y allí lo recibió su gente para celebrar el triunfo. Encima de un camión de bomberos llegó hasta la Municipalidad mientras la multitud coreaba su nombre y mostraba pancartas con la leyenda “Ranchos te saluda, gran Tata”. “El hijo del pueblo”, como lo describe su hermano, asistió luego a una gran celebración en la que se tomó todo el tiempo del mundo para saludar a sus amigos y conciudadanos, firmar autógrafos y sacarse fotos con todo aquel que se acercase a felicitarlo.

Miguel Ángel lo recuerda con orgullo: “Nunca sufrió de vedetismo, nunca perdió la esencia de persona simple y sencilla de pueblo”. Su carrera continuó en el Stade Brest francés y posteriormente en Murcia, España. Al regresar, siguió compitiendo en el más alto nivel hasta su retiro en Racing a los 35 años. Es parte de un grupo selecto de jugadores que, además de ganar el Mundial, tuvo el lujo de convertir un gol en el partido final. Pero a pesar de todo, el corazón del Tata nunca se fue de Ranchos. Allí volvió siempre que pudo para visitar a sus afectos, aunque tan sólo pasara un día. Las fiestas eran una ocasión sagrada para reunirse con su familia y con sus amistades.

El Tata falleció el 12 de agosto de 2019 a los 62 años. En sus últimas épocas regresó a su pueblo y vivió ahí un tiempo, hasta que los primeros episodios de Alzheimer lo obligaron a irse nuevamente a La Plata. En su corta estadía se lo podía ver paseando con su perro por las calles como un vecino más, saludando a todo aquel que se cruzase y conversando animadamente con sus conocidos.

Al recorrer las calles de Ranchos, el único reconocimiento que se puede encontrar hacia el Tata es el nombre del Estadio Municipal, que en una de sus entradas exhibe una gigantografía del futbolista besando la Copa del Mundo, acompañado por los nombres de los demás jugadores campeones. Ni siquiera un mural frente al Museo Histórico en el que se lo veía sentado junto a Bilardo cebándole un mate (una leyenda ya instalada en el imaginario popular) y que había sido pintado durante el Mundial 1986 logró sobrevivir al paso del tiempo.

Sin embargo, su figura vive inmortalizada en la memoria de los habitantes de Ranchos, en las anécdotas de sus familiares y amigos, en los recuerdos de aquellos que siempre lo vieron volver al lugar que tanto amó y del que tan orgulloso estaba. Y ese reconocimiento perdura a pesar de todo. El cariño que le tienen se refleja en un poema escrito por Raúl D’Addona, que cierra con un “Firmado: Ranchos, tu pueblo”.

A finales de 1975, al poco tiempo de debutar en la Primera de Estudiantes, el Tata dio una entrevista para un diario platense junto con Patricio Hernández, uno de sus compañeros de pensión que se convirtió en un gran amigo. Cuando fue consultado acerca de dónde era, José Luis Brown respondió con el pecho lleno de orgullo: “De Ranchos. Ponelo bien grande”.

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