lunes, julio 22, 2024

Michael Jordan: el último líder salvaje

Por Nayla Suco

Es el documental deportivo The Last Dance el que no solo reúne las piezas del rompecabezas para reproducir y adentrar en la vida de Michael Jordan, sino que también retrata la última temporada de la dinastía de Chicago Bulls mediante un contenido magistral que nada deja escapar, todo está ahí. 

En sus 15 temporadas como jugador activo fue seis veces campeón y obtuvo el título del jugador más valioso cinco años. Los 63 puntos que anotó en el segundo partido de la primera ronda de los Playoffs contra los Boston Celtics en 1986. Aquella canasta mítica que convirtió faltando tres segundos para el cierre del juego, y con la que eliminó a los Cleveland Caveliers y humilló a su marca Craig Ehlo en los Playoffs de 1989. Su liderazgo estadístico, promediando casi 31 puntos por partido durante la temporada 95-96, en la que los Bulls consiguieron el titulo y batieron el récord de más victorias en una temporada ganando 72 encuentros.

Estos logros deportivos, entre tantos otros, hacen que Michael Jordan encarnice la imagen de aquel tipo que todo lo puede, hasta aquello que creíamos que no, y con extremada e indiscutible solidez sea caratulado cómo el mejor jugador de básquet de todos los tiempos. Pero no revelan nada nuevo.

Se puede escuchar a gente decir que el deportista debe triunfar, o fracasar, generalmente por medio de su destreza deportiva, y que aquello que le ocurre fuera del campo de juego debe quedar allí, a un lado, sin entrometerse. Michael Jordan no sólo tenía una pelota en sus manos, sino que en ella depositaba aspectos tanto positivos como negativos que resultarían ser propulsores de ese estímulo que lo caracteriza: ganar. Y eran el factor determinante para que aquel hombre con el 23 en su espalda, carente de docilidad y suavidad, saliera y se adueñara del triunfo.

Bastaba encontrar ese motivo, que hiciera aparición el reactor para que Michael destruyera totalmente al rival, que sin importar cuánta resistencia ofreciera quedaba mancillado pero con una insondable admiración hacía el culpable de su derrota. 

El saber transformar la frustración, alterar la adversidad, comprenderla y simpatizar con ella fueron los rasgos que diferenciaron a Black Jesus de los demás deportistas y lo posicionaron en la cumbre más alta. Utilizó el enojo como trampolín y tomó de manera personal hasta el gesto más mínimo del encuentro para alimentar su voracidad y machacar el aro contrario.

Pero no fue solo esta cualidad la que lo hizo un deportista peculiar y distintivo. Jordan comprendió que sus compañeros no podían igualar su talento y su capacidad de juego porque en este aspecto era inalcanzable, pero sí podían competir como él. Y se encargó de que así fuera. Lideró al equipo de manera despótica y excusándose en su superioridad presionó al resto, los denigró y torturó psicológicamente para que buscaran la perfección inculcándoles la autoexigencia. Una metodología tirana, que en estos tiempos hubiese sido más que cuestionada. Pero qué importa, no es ahora, fue durante la época del astro del básquet, y funcionó, tanto que no solo se le acepta si no que se admira a este líder salvaje, que incluso puede haber sido el último con ese estilo de liderazgo.

Supo visualizar las necesidades del equipo y dejar de lado el enojo que le provocaba no  tener siempre la posesión de la pelota a pesar de ser el mejor jugador. Resultaba imprescindible, en ciertas ocasiones, hacerse a un lado y otorgarle el tiro a otro, siempre y cuando el resultado final fuese el mismo: ganar. Ganar ganar y ganar. Michael Jordan era insustituible, pero poco servía su presencia si no lo acompañaban las habilidades de los demás monstruos, como el robo del balón de Scottie Pippen o los magníficos rebotes de Dennis Rodman.

La unión hace la fuerza, y este fue el emblema que construyó la esencia de los Chicago Bulls, un equipo humano atravesado por la vida misma, en el que todos sus integrantes supieron posicionarse en las zapatillas del otro, una y otra vez, fuera y dentro de la cancha, cuantas veces fuese necesario. 

Michael Jordan se hallaba fuera del campo gravitatorio, fue el elegido por los cielos y por la tierra. Perfeccionó como nadie el deporte de la pelota naranja y se convirtió en un icono global y el estandarte de una nueva era. Y como si fuera poco, logró que el lunes pasara de ser el día más odiado de la semana al más esperado a lo largo de un mes.

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