sábado, junio 22, 2024

River Plate como un lugar de pertenencia

Por Alejo Casado y Bruno Barbagallo

Cuando bajó del cochecito, abrazó a dos de las tres personas que esperaban en la puerta del bar Pardo, ubicado sobre la Avenida Congreso al 3000. Mientras tanto, su chofer, que saludó a los presentes con un apretón de mano, abrió la puerta de la cervecería y aguardó que los cinco entrasen para cerrarla. Andrés Burgo no tiene pelos en la cabeza ni en la lengua, aunque reconoce que él y sus colegas se autocensuran en cada artículo publicado. Tuvo que agacharse para ingresar al negocio y estacionó el carrito de bebé al lado de la mesa. Félix, su primer y -hasta el momento- único descendiente, lo acompaña. Remarca que la precarización del periodismo lo deja con pocos momentos libres y, a causa de eso, aprovecha cualquier ocasión para pasar tiempo con su hijo, circunstancia que no pudo vivir junto a su padre y que desea remendar ahora que está en sus zapatos.

El pasado 14 de agosto se cumplieron cuarenta y cuatro años del regreso a la gloria por parte de River Plate. El equipo dirigido en ese entonces por Ángel Labruna rompió una racha de dieciocho años sin ganar título alguno, tanto a nivel nacional como internacional, luego de vencer a Argentinos Juniors por 1 a 0 en la 37ª fecha del Torneo Metropolitano. Seis días después de la vuelta olímpica nació Burgo, fruto de una relación entre un ingeniero geofísico y una fanática del cantante español Julio Iglesias que trabajaba en un estudio contable.

“Creo que se querían divorciar ellos, pero no se animaban”, rememora y se sincera, mientras muerde incesantemente la tapa celeste de una botella de agua. En medio de una pregunta se gira y mira a su hijo. Le consulta qué quiere, señalando y moviendo el celular. Félix no le responde: mantiene sus manos ocupadas con distintos muñecos. Burgo sonríe y le da un beso en su cabellera rubia. Los estándares sociales hegemónicos durante su infancia no hubieran permitido que recibiera, sea en público o en privado, una demostración de afecto similar por parte de su padre, al que recuerda y cataloga como un tutor. Con su madre el vínculo lo reduce a la vida misma y lo califica como bueno, aunque, si debe elegir, pone como punto de conexión a la comida.

Ante la falta de abrazos y palabras de cariño por parte de la figura paterna, apareció River en su pubertad. “Necesitaba un lugar de pertenencia”, reconoce el columnista del diario español El País. Instaló su segunda casa en El Monumental, y si bien señala que en sus primeros años como hincha pensaba que la euforia y las emociones que le producía el conjunto de Núñez serían pasajeras, en la actualidad es consciente de la importancia que tuvo, tiene y tendrá cada minuto de un partido de cualquier campeonato o copa. A su vez, remarca la dualidad que representa asociarse sentimentalmente con una entidad deportiva: “Es todo y nada al mismo tiempo”. Asegura que la salud y la familia están por encima de todo. Un simple resfrío de Félix le gana por goleada a River.

En la casa donde vivió su niñez había una biblioteca. A pesar de que ninguno de sus padres leía, los oficios de su tutor, que se dedicaba a buscar petróleo en Tartagal y era profesor de matemática, hacían que estuviera adornada con obras que explicaban cómo estudiar el centro de la tierra y resolver ecuaciones. “No, ¿sos loco vos?”, responde ante la consulta de si leyó alguno de ellos. La lectura en su persona no surgió a base de cuentos ni porque deseara escapar de la realidad con ficciones. Para huir de su contemporaneidad tenía a River. Él leía la prensa gráfica, como la revista El Gráfico, para enterarse de lo que pasaba alrededor de Núñez, costumbre que afloró otra pasión: el periodismo. El único Márquez presente en su vocabulario era Macaya; Gabriel García aún era un desconocido.

Por obligación, se sumergió en la vida literaria en el colegio, donde tuvo que estudiar obras que considera “embolantes”. A partir de los veinte años comenzó a leer por decisión propia. Su primera lectura fue un texto de la saga Elige tu propia aventura, una serie de libros escritos por Edward Packard, Raymond Montgomery Jr y Joe Stretch, entre otros, y narrados en segunda persona, que le brindan a los lectores la posibilidad de seleccionar opciones que modifican el desarrollo de la historia.

Félix grita. Anuncia que un tractor está por atropellar a unas personas. Burgo acomoda su cabeza hacia la izquierda para observar la futura escena del crimen a escala juguete arriba de la mesa y se suma al aviso de su hijo: “¡Hay que correr!”. Retoma su rol de entrevistado y recalca la pluralidad de temas que desea mantener a la hora de leer: primero, uno de deportes, después de literatura, seguido de geografía, biografías y, por último, de espiritualidad. “Para salir un poco de lo mundano”, subraya. Aunque no es un orden sistemático, lleva leídos quince libros este año. La mayoría los termina en los colectivos porque sus curros, como bautiza a sus trabajos, no le dejan tiempo.

A su labor como padre se le suman otras tareas que, por la situación económica del país y de la propia profesión, se ve casi obligado a realizar. Trabaja a distancia para La Gaceta de Tucumán, para la que cubre los partidos de Atlético Tucumán cuando juega en Buenos Aires. Es parte de Era Por Abajo, un ciclo radial junto a Alejandro Wall y Ezequiel Fernández Moores, que se emite los viernes de 20 a 22 hs. Hace una salida por semana en #Bonadeo, el programa de Gonzalo que emite el canal TyC. Todos ellos, sumados a su empleo en El País. “Si me ofrecieran otro trabajo por dos pesos, lo pensaría”, admite, a pesar de su atareado día a día, reflejando la situación actual del periodismo. Sin embargo, agradece tener la oportunidad de ejercer como comunicador: “Soy un privilegiado. Estoy rodeado de amigos que no tienen esas posibilidades”.

Escribe sobre fútbol, pero no lo consume. La televisión no forma parte de su rutina. No es asiduo a ver veintidós hombres corriendo y forcejeando detrás de una pelota, salvo cuando once de ellos representan y defienden el escudo de River. Ignora las estrategias de los esquemas plasmados por los técnicos, dice que no sabe de tácticas y escapa de redactar sobre sistemas y formaciones. “No quiero hablar de lo que no sé”, agrega, aunque advierte que tiene colegas que no se adhieren a la misma ética: “Te hacen creer que saben todo. No me interesa escucharlos”. En sus artículos recorre lo que pasa dentro y fuera del césped en partidos particulares, como en su crónica para el diario madrileño acerca del partido de ida por las semifinales de la Copa Libertadores 2019 entre River y Boca, disputado el primero de octubre. En el primer párrafo cuenta que, seis horas antes de que se abrieran las puertas del estadio para que los hinchas entrasen, simpatizantes del club de La Ribera habían dejado una remera de su equipo con velas alrededor para llamar a la buena suerte.

Mientras miles de lectores ingresan a la página del diario para leer la crónica y generan ganancias económicas para El País, Burgo se avergüenza de la forma en que la redactó. “Es la nada. Estaba escribiéndola en medio del partido, sin ver bien”, admite, entre las exclamaciones de Félix mientras juega con los muñecos. Quizás no habría dicho lo mismo hace diez años, cuando aún escribía para Crítica -de Jorge Lanata- y todavía no había asistido al curso de escritura de Leila Guerriero, hecho que marca como desencadenante de la autocrítica que se hace cada vez que escribe: “A partir de ese seminario me volví muy puntilloso. Está bueno, pero a veces lo sufrís”.

A la mitad de un vaso de cerveza -aunque confesó que le gusta más el vino-, el cronista se da cuenta de que el único en la mesa que no tiene para beber es Félix. “Andá a pedirle agua a la chica rubia, ¿dale?”, lo anima. En otro momento, él mismo habría llamado a la mesera para encargarle una botella. Sin embargo, cuenta que la fonoaudióloga de su hijo les recomendó a él y su esposa, con quien se casó en 2014, que lo alienten a comunicarse con otras personas para mejorar su modulación.

Paradójicamente, al pensar en un futuro lejano, Burgo preferiría que su nene de tres años no se dedique a ser comunicador: “Va a ser muy difícil que consiga trabajo de eso”. Posa su mirada en Félix, quien tiene su celular en las manos, y explica que el estado actual de los medios y el avance de la tecnología generan la precarización del “buen” periodismo. Opina que hoy cualquiera es periodista o fotógrafo con el teléfono. No obstante, rescata que el lado positivo es que la gente se entera de más acontecimientos. “Todo mata y todo cura. Hasta el fútbol”, sentencia.

Desde sus primeras lecturas de El Gráfico hasta la publicación de su quinto libro, La final de nuestras vidas, el periodismo y River fueron los alicientes de Burgo, tanto en lo personal como en lo laboral. Hace dos años y nueve meses, un trimestre después del nacimiento de su primogénito, empezó a escribir y desarrollar su sexta obra, que ya fue entregada a los correctores de la editorial Planeta. De lunes a lunes su despertador sonaba a las seis de la mañana para “poner el culo en la silla”. Entiende a la escritura como un esfuerzo constante. Por primera vez en su carrera literaria, el eje no girará en torno a lo periodístico, aunque sí tendrá relación con el club de sus amores. “Es un libro más de escritor”, cuenta para justificar el tiempo que se tomó en hacerlo. Hablará de él, de su padre y de Félix, su nuevo incentivo y a quien, segundos después, le pregunta si las papas con cheddar que le trajo la mesera están ricas. A pesar de que afirma autopercibirse como periodista y no como escritor, cambió momentáneamente la pesquisa periodística, el grabador y las entrevistas por la simple experiencia personal a través de un proceso que duró los tres años de vida de su hijo.

La puntillosidad que Burgo se aplica a la hora de escribir, también la manifiesta en su relación con Félix. Al igual que en los textos, intenta exigirse cada vez más a sí mismo para convertirse en el padre que él hubiera deseado tener en su infancia. Quiere estar presente y eliminar cualquier rasgo de similitud que pudiese compartir con la figura de un tutor. Afirma amar la literatura, pero está decidido a dejar de aceptar y proponer ideas para publicar por un tiempo porque los minutos, las horas y los días son lo único que, al perderse, no vuelven. “Sentándome en el piso, jugando con él“, explica cómo la pasaría si estuviera más frecuentemente a su lado. Nadie le enseñó a ser papá. Admite nunca haber leído sobre la paternidad y haber pensado, en base a su ignorancia, que sería fácil. Pero, por experiencia, conoce el sufrimiento que un niño puede padecer emocionalmente y cómo un club puede aliviar la falta de sentido de pertenencia. En su próximo libro intentará heredarle y dejarle a Félix su refugio: “Es una especia de manual para que sea hincha de River”, concluye.

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