domingo, marzo 3, 2024

Sueñe, Montenegro

Por Maximiliano Das

En un patio empedrado en 1636 en Madrid se estrenaba La vida es sueño, una obra del dramaturgo y poeta español Pedro Calderón de la Barca. Sobre un escenario de apenas cuatro por ocho metros y a merced del público amontonado y de quienes habían pagado por ver la función desde los balcones de las casas que lo rodeaban que hacían de palco, el protagonista, Segismundo, pronunciaba su monólogo para cerrar el segundo acto: ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

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El Río Morača que atraviesa Podgorica, la capital de Montenegro, le dio nombre al centro deportivo donde se eleva un estadio de básquet para seis mil personas. Allí, una fría noche de fines de febrero de 2019 se reunió poco menos del 1% de la población del país para ver a la Selección local enfrentarse a la de Letonia.

El objetivo era para ambos el mismo: clasificar por primera vez a una Copa del Mundo. Los bálticos necesitaban ganar por nueve o más puntos para obtener su plaza. Cualquier otro resultado le daba a quienes formaban parte de Yugoslavia su lugar en China.

El juego comenzó y fueron los de Europa Oriental quienes tomaron ventaja desde el principio con una racha de 10 a 0, que se quebró recién pasados los cinco minutos.

La Selección letona estuvo siempre al frente. Promediando el tercer cuarto obtuvo una máxima diferencia de 13 puntos que calló por unos minutos a la afición montenegrina que se había hecho escuchar durante todo el encuentro, pero los locales se recuperaron y achicaron el margen para estar de nuevo dentro de los ocho puntos de déficit que le daban la clasificación.

El cronómetro se extinguía, los gritos retumbaban en el estadio cerrado de del Centro Deportivo Morača. Cada conversión en el aro local era bien respondido en el opuesto. Los letones no se podían alejar.

Una sucesión de jugadas dejó a la visita seis puntos arriba y con la posesión del balón a sólo ocho segundos y medio del final. 80-74. La pelota cayó en manos de Dairis Bertans, aún en el campo propio. El escolta corrió bajo la marca de Derek Needham, un base estadounidense nacionalizado -por parte de su abuelo- montenegrino. Cruzó la mitad de la cancha y sin terminar de asentarse bien lanzó el triple lejano. Y, entonces, silencio. No más gritos, no más silbidos, no más abucheos. Todo acabó cuando el balón se escapó de sus manos a falta de 2,7 segundos para que suene la bocina.

2,6 segundos. Zvezdan Mitrovic, entrenador local, reclamó una falta ofensiva de Bertans sobre Needham. Acusaba al báltico de empujar al defensor para tomar distancia de su cuerpo y poder tirar con mayor libertad. 2,5 segundos. El árbitro principal dijo que el tiro era legal. Alzó su mano derecha y levantó tres de sus dedos. 2,4. Los empleados de la seguridad privada, vestidos de chalecos amarillos fluorescentes dejaron de controlar a la afición: la vista estaba en la pelota. 2,1. Bojan Dubljevic, figura del equipo balcánico que estaba preocupado por la rotación en la defensa antes del lanzamiento, ya se había dado vuelta en busca del rebote. El balón estaba en su punto más alto del recorrido. Bertans volvió a apoyar sus pies en el suelo. 1,8. Un aficionado montenegrino se tomaba la cabeza. Algunos de los compañeros balcánicos que estaban en la banca continuaban reclamando la infracción pero sin siquiera mirar al juez. 1,3 segundos. La pelota golpeó el tablero. Ni siquiera el aro.

El cronómetro siguió. Letonia agarró el rebote ofensivo pero no hizo a tiempo para devolver la pelota a algún tirador.

Cero segundos. Sonó la chicharra. Gritos. Las manos en alto de todo el estadio. Asistentes y suplentes montenegrinos saltaron los carteles de publicidad, los hinchas se abrazaron con quien sus brazos encontraban alrededor. Mitrovic se acercó al seleccionador letón y le ofreció la mano y una mueca que decía “bueno, otra vez será”. Dubljevic pateó la pelota que algún simpatizante mantendrá como recuerdo de ese día histórico. Se encendieron bengalas, se repartieron botellas de champán que agitaron y salpicaron entre ellos. Montenegro, un país pequeño, joven -se independizó de Serbia en 2006-, de poco más 600 mil habitantes, será partícipe del Mundial de China a partir del 1 de septiembre. Será, también, el de menor población en hacerlo.

Zhuangzi, un pensador del Siglo IV a.C. de la misma tierra que será anfitriona del certamen de baloncesto más importante, dijo: “Una vez soñé que era una mariposa. Ahora ya no sé si soy Zhuangzi que soñó que era una mariposa o si soy una mariposa que sueña que soy Zhuangzi”.

Los montenegrinos tampoco tienen del todo claro sin son montenegrinos o mariposas. Lo único seguro es que sueñan.

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