Inyecciones para el sobrepeso

Por Pedro Freire

Una forma de adelgazar que no convence a todos

Paula Fallotico comenzó un tratamiento hace más de un año y asegura estar conforme con los resultados. Su hija Chloe, en cambio, nunca estuvo de acuerdo con la decisión y todavía cuestiona que continúe con el tratamiento.

Para su hija, no había una razón que justificara que su mamá comenzara a inyectarse para bajar de peso. No existía un problema de salud que hiciera necesario recurrir a ese tratamiento. Simplemente, no estaba conforme con su cuerpo. Por eso, desde el principio, intentó convencerla de buscar otra alternativa.

“Siempre se lo cuestiono porque para mí no es la solución”, mencionó. Su postura se mantuvo incluso después de que Paula comenzara el tratamiento y los resultados empezaran a hacerse visibles. Para ella, antes de recurrir a las inyecciones había otras posibilidades, una mejor alimentación y una rutina de ejercicio.

La decisión de su mamá, sin embargo, tuvo otro punto de partida. A los 50 años y atravesando la menopausia, cuenta que tenía dificultades para bajar de peso y que además atravesaba un período de mucha ansiedad. En ese contexto decidió consultar a la médica de cabecera de la familia para saber si podía comenzar con el tratamiento.

No comenzó directamente. Primero se realizó los estudios que le indicó la médica y, una vez que tenía los resultados, recibió la autorización para empezar. Desde entonces pasó más de un año y, según cuenta Chloe, nunca dejó de hacerlo.

Durante ese tiempo, Paula utilizó siempre la dosis mínima, de 0,25 ml, y nunca necesitó aumentarla. También asegura que no tuvo efectos adversos, ni cuando comenzó ni durante el tiempo que lleva con el tratamiento. Al hablar de cómo se siente actualmente, su respuesta fue breve: “Hoy me siento muy bien”.

Chloe observa la situación desde otro lugar. No señala haber visto un efecto inesperado después de que comenzara a inyectarse, pero sí reconoce que el cambio físico fue muy evidente. “Me sigue dando un poco de impresión verla tan cambiada físicamente”, explica.

La diferencia no está solamente en la cantidad de peso que perdió, sino en cómo la ve actualmente. Según cuenta, Paula quedó “mucho más chiquita y como caída”. También considera que el resultado no estuvo acompañado por otros cambios que, para ella, eran importantes. Su mamá no incorporó una rutina constante de ejercicio ni modificó de manera significativa su alimentación.

Según Chloe, actualmente come menos cantidad, pero mantiene hábitos similares a los que tenía antes de comenzar. “No come más saludable, ni menos dulce. Sigue con sus mismos hábitos nada más que come en menor cantidad”, cuenta.

Ahí aparece una de las principales diferencias entre las dos miradas. Para Paula, el proceso tuvo dos objetivos. Cuando se le preguntó si buscaba solamente bajar de peso o también modificar sus hábitos de alimentación, respondió: “Los dos motivos”. Para su hija, en cambio, la pérdida de peso fue siempre lo principal.

La discusión sobre qué significa realmente el tratamiento también forma parte de la convivencia familiar. Chloe nunca estuvo de acuerdo con la decisión y reconoce que intentó varias veces convencerla de que no continuara. No fue solamente una preocupación del comienzo ya que todavía mantiene la misma postura.

“Siempre intenté y sigo intentando convencerla de que no se inyecte más”. Sin embargo, mencionó que no consiguió hacerla cambiar de opinión. La describe como una persona “muy terca” y considera que no suele aceptar los consejos de los demás.

Tampoco cree que la opinión de la familia haya tenido demasiado peso al momento de decidir. Para Chloe, Paula priorizó lo que pensaba sobre sí misma. De hecho, sostiene que hasta que su médica no le indique que debe frenar, va a seguir con el tratamiento.

La situación tampoco quedó limitada al ámbito familiar. Paula no tiene inconvenientes en contar que se inyecta y, según explica Chloe, muchas veces ni siquiera hace falta que ella saque el tema. El cambio físico es tan visible que otras personas terminan preguntándole. Cuando sucede, cuenta cómo comenzó el tratamiento y explica que siempre mantuvo la misma dosis.

Chloe no buscó informarse demasiado sobre este tipo de tratamientos. Su posición opuesta hizo que prefiriera no saber nada de información para no sobre pensar. “Si ella no entra en razón o si en un futuro le pasa algo, se va a tener que hacer cargo de las consecuencias de sus propias decisiones”.

A pesar de las diferencias, hay algo que ambas coinciden en reconocer: el tratamiento produjo un cambio visible. Pero la discusión aparece en otro lugar. Mientras Paula está conforme con el resultado y asegura sentirse bien, su hija considera que el cambio físico debería haber estado acompañado por otras modificaciones y continúa cuestionando que siga adelante.

Más de un año después de haber comenzado, la situación permanece abierta. Paula continúa con el tratamiento y sostiene que el resultado fue positivo para ella. Chloe, en cambio, mantiene la misma postura que tuvo desde el comienzo: cree que había otras alternativas y sigue intentando que lo abandone.

Dos personas de una misma familia observan el mismo proceso desde lugares completamente distintos. Para una, las inyecciones forman parte de una decisión personal con la que está conforme. Para la otra, representan una elección que nunca consideró necesaria y que todavía le genera preocupación. Entre ambas miradas queda expuesto cómo una decisión vinculada al propio cuerpo también puede transformar la manera en que una familia atraviesa el día a día.

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