Hiperconexión y soledad: el costo invisible del trabajo frente a las pantallas

Por Nacho Mazzo, Tomás Santilli y Nicolás Giulietti

La psicóloga social, creadora de contenido y community manager Fiorella Juliana Ramos reflexiona sobre la tiranía de las métricas, la inmediatez y la búsqueda de límites sanos en el entorno digital. 

En un ecosistema donde la economía de la atención exige presencia constante y la inmediatez dicta las reglas de convivencia, la gestión de contenidos digitales plantea complejos dilemas éticos y emocionales. Vivir conectados se ha vuelto la norma, pero ¿qué ocurre cuando el trabajo diario consiste precisamente en capturar el tiempo ajeno mientras se intenta resguardar el propio? A través de la mirada analítica de la Psicología Social, esta entrevista explora las tensiones internas de la profesión: la trampa de la hiperconexión, la tiranía de las métricas, el impacto del aislamiento tras la pantalla y la imperiosa necesidad de establecer límites sanos para que la tecnología no termine por dirigir la vida cotidiana. 

-¿En qué momentos sentís el choque entre “lo que recomendás a un paciente sobre pantallas” y “lo que te exige el algoritmo cómo CM”? 

-Primero haría una aclaración: mi formación es en Psicología Social, no clínica, así que no trabajo haciendo recomendaciones a pacientes. Mi mirada está más relacionada con los vínculos, los grupos y las dinámicas entre las personas, precisa. Dicho eso, sí noto una contradicción. Las redes te piden atención constante, publicar, generar interacción y lograr que la gente se quede mirando. Y sabemos que estar conectados todo el tiempo puede agotarnos. 

Al abordar la célebre frase “en casa de herrero, cuchillo de palo” y ser consultada sobre si se descubre cayendo en bucles de hiperconexión sabiendo el impacto que tienen, la entrevistada reconoce que le ocurre. Explica que a menudo entra a las redes para responder algo laboral y termina media hora después mirando cualquier cosa. Señala que en esos momentos advierte que no siempre utiliza la red por deseo consciente, concluyendo que a todos les pasa esa trampa de saber que deberían dejar el celular pero pensar que cinco minutos más no cambian nada. 

-¿Tu formación en psicología te sirve como escudo contra el tecnoestrés o el trabajo de CM termina sobrepasando la teoría? 

-Me sirve para registrar algunas cosas, pero no funciona como un escudo. Me ayuda a preguntarme qué me está pasando, por qué estoy tan pendiente o por qué algo me está generando ansiedad. Pero después soy una persona más; si estoy cansada y tengo el celular al lado, también caigo en la hiperconexión. Además, mi trabajo hoy no es 100% como CM. Tengo otras tareas y no paso todo el día gestionando redes, pero igual hay momentos en los que el trabajo digital se mezcla bastante con el resto de la jornada. 

Frente a la encrucijada de cuidar la salud mental propia y ajena mientras el trabajo requiere pasar horas frente a gestores de redes, la entrevistada sostiene que intenta separar el estar conectada de estar disponible. Comenta que existen momentos donde necesita usar la pantalla para trabajar, responder o revisar contenido, pero el problema surge cuando termina esa tarea y sigue pendiente de las

notificaciones o de la vida digital. Pese a admitir que no siempre lo maneja perfecto, enfatiza que procura poner un horario claro de desconexión. 

-¿De qué manera influye tu mirada clínica a la hora de diseñar estrategias de contenido o responder comentarios en una comunidad? 

-En mi experiencia, te puedo hablar de una mirada más humana y social. Cuando respondo un comentario trato de acordarme de que del otro lado hay una persona. Parece algo obvio, pero cuando ves muchas interacciones es fácil empezar a pensar solamente en usuarios o métricas. También me sirve observar cómo interactúa un grupo. Hay conversaciones en las que conviene intervenir y algunas que es mejor no seguir profundizando. 

Al analizar la diferencia real entre la comunidad digital que se construye en redes y la red de contención que requiere una persona, la Fiorella marca una clara distinción. Indica que una comunidad digital puede generar compañía, permitir compartir experiencias y hacer sentir que alguien entiende al otro, pero no reemplaza una red de contención auténtica. A su criterio, una red de contención implica otro nivel de vínculo, presencia y reciprocidad, concluyendo que las redes pueden acompañar, pero no deberían cargar con todo el sostén emocional. 

-¿Qué patrones de soledad, ansiedad o búsqueda de validación ves repetirse en las casillas de mensajes privados de las cuentas que administrás? 

-Muchas veces aparece la necesidad de ser escuchado. Me pasó que alguien escribiera por una consulta concreta y terminara comentando algo personal. Creo que las redes se volvieron un lugar bastante accesible para decir cosas que quizás cara a cara cuestan más. Igualmente, muchas veces una persona simplemente quiere hablar y sentirse escuchada. 

En relación con el motivo por el cual estar expuesta a miles de interacciones diarias en la gestión de comunidades suele profundizar el aislamiento en lugar de aliviarlo, la entrevistada sostiene que tener muchas interacciones no significa tener vínculos. Plantea que se puede pasar varias horas respondiendo mensajes, interactuar con otros y terminar el día con la sensación de no haber hablado realmente con nadie. Para ella, esto representa una contradicción muy clara de las redes: es posible tener una cuenta con miles de seguidores y sentirse sola igual. 

-¿Cuál considerás que es la trampa emocional más peligrosa del scroll infinito desde la psicología del comportamiento? 

-En mi opinión, el scroll infinito te lleva a la inmediatez, de ver todo y no ver nada al mismo tiempo. No sabés qué viene en el próximo video, entonces seguís y seguís. Y cuando te querés dar cuenta pasaron horas. Lo complicado es que muchas veces no decidís conscientemente seguir mirando. Simplemente continúas porque siempre aparece algo nuevo. 

Sobre cómo la exigencia de inmediatez digital altera la tolerancia a la frustración y a la soledad en el mundo presencial, la profesional observa que nos acostumbramos a que todo sea inmediato. Ejemplifica que mandamos un mensaje esperando respuesta rápida, buscamos información en segundos o acudimos a la pantalla al aburrirnos. Recalca que la vida real no funciona así, ya que requiere esperar, transitar silencios, afrontar conversaciones incómodas y convivir con momentos de no hacer nada sin culpa, indicando que cuesta atravesar esos instantes sin buscar distracciones. 

-¿Cómo ponés límites a la exigencia de disponibilidad 24/7 sin sentir que estás fallando como profesional de la comunicación?

-”Tratando de entender que estar disponible todo el tiempo no significa ser más profesional. Para mí, ser responsable es cumplir con lo acordado y responder dentro de los tiempos razonables. Además, como mi trabajo actualmente no es exclusivamente de CM, intento ordenar las tareas y no vivir pendiente del celular o la compu todo el día”. 

Al indagar si le tocó moderar o contener a una comunidad virtual en días en que se sentía profundamente sola o agotada, la profesional confirma que le ha sucedido. Considera que se trata de algo bastante común en cualquier trabajo que implique estar conectada a otras personas, asociándolo a la clásica tarea de atención al público. Señala que es posible tener un mal día y aún así responder con amabilidad y profesionalismo, aunque rescata que con el tiempo aprendió que cuando algo la sobrepasa, necesita hacer una pausa. 

-Al mirar tu Screen Time al final de la semana, ¿qué diagnóstico hacés como psicóloga y qué emoción experimentás como trabajadora? 

-No sé si haría un diagnóstico, jajaja. Lo primero que pienso es si todo ese tiempo fue realmente trabajo. Hay una parte que corresponde a tareas laborales, pero también hay momentos en los que entrás a mirar algo y terminás en cualquier otra cosa. Trato de tomarlo como información y no como una razón para sentir culpa. Me sirve para revisar cómo estoy usando el tiempo y qué podría ordenar mejor en mi rutina. 

Respecto a lo que provoca en la mente de un creador o CM el vaivén constante de métricas que alteran el valor de su trabajo en segundos, la especialista sostiene que puede ser desgastante estar pendiente de las tendencias. Explica que el público cambia todo el tiempo: se dedica tiempo a algo, se publica y se miran los números, y si no funciona como se esperaba, es fácil sentir que se falló. No obstante, remarca que con el tiempo entendió que una métrica es tan solo un dato y no debe condicionar el trabajo, aunque en el momento cueste separar ambas cosas. 

-Cuando apagás las pantallas al terminar la jornada, ¿cuánto tiempo le toma a tu cabeza bajarse de la sobreestimulación digital? 

-Depende del día. Hay días en los que cierro la computadora y puedo desconectar bastante rápido. Otros días sigo pensando en algo que tengo que hacer o en una respuesta que quedó pendiente. Creo que una de las partes más difíciles del trabajo digital es que la jornada puede terminar físicamente, pero la cabeza sigue ahí mucho más. 

En cuanto al uso o evitación de recursos como el FOMO para captar la atención de la audiencia, la entrevistada opina que generar urgencia o pertenencia puede funcionar, pero enfatiza que hay una diferencia entre informar y manipular al público. Manifiesta que prefiere que el interés aparezca porque el contenido es bueno o aporta algo útil, pensando con más frecuencia en dar una solución a lo que el público pide y no al revés, señalando que muchas consultas terminan convirtiéndose en contenido de venta para redes. 

-¿Notás que los usuarios usan las cuentas de marcas o creadores como un espacio de catarsis improvisado ante la falta de escucha en su vida cotidiana? 

-Sí, seguro. A veces una cuenta empieza hablando de un producto o de un tema y alguien termina contando algo completamente diferente. Muchos creadores de contenido saben marcar un límite sano con la vida privada y otros exponen absolutamente todo. Lo que hay que tener muy presente es que una cuenta puede escuchar o acompañar, pero no reemplaza una red de apoyo.

Al abordar cómo afecta la deshumanización de la pantalla al gestionar agresiones en comunidades digitales, la profesional remarca que influye muchísimo y se nota cada vez más. Explica que detrás de la pantalla es fácil olvidarse de que hay un ser humano. Destaca la relevancia de no tomarse todo personal y diferenciar entre un reclamo, una crítica y alguien enojado que lo convierte en agresión constante, concluyendo que no todo merece la misma respuesta y que responder a veces hace crecer el conflicto. 

-Si pudieras rediseñar el trabajo de un CM desde la salud mental, ¿qué pautas o reglas éticas impondrías de manera obligatoria? 

-Pondría horarios claros de trabajo y disponibilidad. También pausas reales durante el día y más razonables. No me parece sostenible que una persona tenga que estar pendiente de varias plataformas al mismo tiempo durante todo el día. Esa persona que gestiona una cuenta no tiene que resolver emocionalmente todo lo que llega a un inbox. 

Finalmente, sobre la advertencia o consejo que se da a sí misma cuando siente que la hiperconexión laboral la aleja de sus vínculos reales fuera de la pantalla, la entrevistada reflexiona sobre el equilibrio cotidiano. Manifiesta que se diría que sí tiene energía para responder a muchas personas en redes pero no para hablar con la gente que quiere al terminar el día, probablemente necesite frenar un poco. Concluye recordando que las redes son una herramienta y parte del trabajo, pero que el objetivo principal es usar la tecnología sin sentir que esta maneja su vida. 

Las plataformas digitales y las redes sociales continuarán siendo canales indispensables para la comunicación y el trabajo, pero su peso emocional depende de la capacidad individual y colectiva para marcar límites firmes. Recordar que del otro lado de la pantalla siempre hay un ser humano y comprender que la disponibilidad permanente no es sinónimo de profesionalismo constituyen premisas fundamentales para habitar el entorno virtual de forma sostenible. En última instancia, el desafío central estriba en aprender a utilizar la tecnología como una herramienta al servicio de los vínculos, garantizando que el verdadero encuentro con los demás mantenga siempre su lugar fuera de la pantalla.

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