Por Lucas Silva
Una charla con la psicóloga Natalia Machado Maciel para analizar cómo se construye la imagen corporal, qué papel juegan la comparación y las redes sociales —incluidas las imágenes modificadas por filtros e inteligencia artificial— y qué lugar ocupan hoy los tratamientos para bajar de peso. La especialista advierte sobre las expectativas depositadas en los cambios físicos y propone pensar una relación más saludable con el propio cuerpo.
—¿Qué entendemos desde la psicología por imagen corporal y qué relación tiene con la autoestima?
—Cuando hablamos de imagen corporal no hablamos solamente de cómo es objetivamente nuestro cuerpo o de cuánto pesamos. Hablamos de una construcción mucho más amplia: cómo percibimos nuestro cuerpo, qué pensamos sobre él, qué emociones nos genera y cómo creemos que es visto por los demás. En esa construcción intervienen nuestra historia, las experiencias que tuvimos, los vínculos y también el contexto social y cultural en el que vivimos.
La imagen corporal puede relacionarse con la autoestima, pero no son exactamente lo mismo. La autoestima tiene que ver con una valoración más global de nosotros mismos y puede incluir muchas dimensiones: cómo nos sentimos respecto de nuestras capacidades, nuestros vínculos, nuestros logros, nuestra personalidad y también nuestra apariencia.
Por eso una persona puede estar disconforme con una parte de su cuerpo y no necesariamente tener baja autoestima. Y también puede ocurrir lo contrario: que alguien tenga una apariencia que socialmente responde a determinados ideales y, sin embargo, tenga muchas inseguridades o una valoración negativa de sí mismo.
—¿Cuándo la preocupación por el aspecto físico deja de ser un interés o un cuidado habitual y empieza a generar sufrimiento?
—No creo que podamos establecerlo simplemente por cuánto desea una persona adelgazar, cambiar su cuerpo o mejorar algún aspecto de su apariencia. Querer verse de determinada manera no constituye por sí mismo un problema psicológico.
Lo que empezamos a observar es qué lugar ocupa esa preocupación en la vida de la persona. Si los pensamientos sobre el cuerpo son muy frecuentes, generan un malestar intenso, condicionan actividades cotidianas o empiezan a producir conductas rígidas o evitativas, ahí tenemos indicadores para prestar atención.
Por ejemplo, una persona puede empezar a evitar encuentros sociales porque no quiere que la vean, dejar de usar determinada ropa aunque le guste, controlar permanentemente su cuerpo en el espejo o en fotografías, compararse constantemente con otras personas o sentir que su peso determina si puede o no disfrutar de determinadas situaciones.
Entonces, más que preguntarnos solamente cuánto le preocupa su cuerpo, interesa observar cuánto sufrimiento produce esa preocupación y cuánto interfiere en su vida cotidiana.
—¿Por qué una persona puede sentirse insatisfecha con su cuerpo incluso cuando su peso se encuentra dentro de parámetros considerados saludables?
—Porque la imagen corporal no es una representación objetiva del peso. Podemos conocer un número en la balanza o saber que médicamente nuestro peso se encuentra dentro de determinados parámetros y aun así sentirnos disconformes.
Hay una distancia posible entre el cuerpo que tengo, el cuerpo que percibo y el cuerpo que considero deseable. Y ese ideal no se construye exclusivamente a partir de criterios de salud: intervienen los modelos estéticos de una época, las experiencias personales, los comentarios recibidos a lo largo de la vida y la comparación con otras personas.
Esto se observa también en la clínica. La insatisfacción corporal no aparece únicamente en personas con sobrepeso. Puede surgir en personas con pesos muy diferentes y muchas veces aparece vinculada a la sensación de no ser suficientemente atractivo, de que determinada ropa no queda como debería o de no responder al modelo corporal con el que la persona se compara.
—¿Qué papel tienen actualmente las redes sociales en la construcción de la imagen corporal?
—La comparación con otros no nació con las redes sociales. Nuestra identidad siempre se construyó también en relación con otras personas: observamos a los demás, nos identificamos, nos diferenciamos y tomamos referencias de nuestro entorno.
Lo que cambia con las redes es, entre otras cosas, la cantidad y el tipo de imágenes con las que nos comparamos. Antes nuestras referencias estaban mucho más limitadas a las personas que conocíamos, los medios de comunicación o determinadas figuras públicas. Hoy podemos estar expuestos durante horas a cientos de imágenes de personas que parecen tener determinados cuerpos, estilos de vida, relaciones o niveles de bienestar.
El problema es que muchas veces le damos a esas imágenes un estatuto de realidad que no necesariamente tienen. Vemos una selección: el mejor ángulo, determinado momento, una imagen retocada o filtrada. Y actualmente también podemos estar viendo imágenes generadas o modificadas mediante inteligencia artificial.
Entonces podemos terminar comparando nuestro cuerpo cotidiano, que vemos en todas sus circunstancias, con una representación cuidadosamente construida del cuerpo de otro.
—¿Qué cambia psicológicamente cuando la persona con la que nos comparamos en redes puede estar mostrando una imagen editada, filtrada o incluso generada con inteligencia artificial?
—Aparece una dificultad bastante particular: podemos aspirar a alcanzar algo que quizá ni siquiera existe.
Si yo tomo una imagen modificada como referencia real y pienso que debería verme de esa manera, la comparación ya comienza desde una desigualdad. Estoy comparando mi cuerpo real con una representación que pudo haber sido seleccionada, retocada o directamente generada.
Eso puede producir mucha frustración porque el objetivo puede volverse inalcanzable. Y creo que con la inteligencia artificial esto se vuelve todavía más interesante para pensar, porque progresivamente podemos perder referencias acerca de qué es real y qué no.
No significa que toda persona que use redes vaya a tener un problema con su imagen corporal. Pero sí creo que necesitamos desarrollar una mirada más crítica respecto de aquello que consumimos y recordar que ver una imagen no significa necesariamente estar viendo una realidad.
—Además de las redes sociales, ¿qué influencia pueden tener los comentarios de familiares, amigos o parejas sobre el cuerpo de una persona?
—Los comentarios del entorno pueden tener mucha influencia porque la imagen corporal se construye también dentro de nuestros vínculos. No es lo mismo un comentario aislado que haber crecido en un ambiente donde el cuerpo fue permanentemente observado, comparado o valorado. Además, una opinión proveniente de alguien significativo puede adquirir mucho más peso. Por eso es importante cuestionar la idea de que el cuerpo ajeno es necesariamente un tema sobre el cual tenemos que opinar, incluso cuando creemos estar haciendo un elogio.
—En tu experiencia clínica, ¿las personas suelen consultar específicamente por problemas relacionados con el peso o la imagen corporal?
—En mi experiencia, no necesariamente. Muchas veces la persona consulta por otra situación: dificultades en una relación, celos, inseguridades, ansiedad u otros conflictos, y a medida que empezamos a trabajar aparece también la insatisfacción con la propia imagen.
Puede aparecer, por ejemplo, la comparación con otra persona a la que percibe como más atractiva o más elegida, o la sensación de que no alcanza determinados estándares. Y esto, nuevamente, puede aparecer independientemente del peso que tenga la persona.
También he visto pacientes que identifican que determinadas redes o cuentas les generan malestar y deciden limitar su uso, dejar de seguir ciertos contenidos o incluso cerrar temporalmente alguna aplicación porque advierten que mirar permanentemente la vida o el cuerpo de otros aumenta la ansiedad o la sensación de insuficiencia.
—¿Qué relación puede haber entre el deseo de bajar de peso, la imagen corporal y la autoestima?
—Una persona puede querer bajar de peso por muchos motivos: por una indicación médica, para sentirse más cómoda, realizar determinadas actividades, porque no está conforme con su apariencia o por una combinación de razones. Desde la psicología interesa conocer qué significado tiene ese descenso para esa persona y qué espera que cambie. No es lo mismo pensar “quiero modificar algo de mi cuerpo” que “cuando tenga ese cuerpo finalmente voy a sentirme valioso, querido o feliz”.
—Actualmente tienen mucha visibilidad los tratamientos farmacológicos para bajar de peso. ¿Qué cambia desde el punto de vista psicológico cuando una persona inicia uno de estos tratamientos?
—Iniciar un tratamiento médico para bajar de peso no constituye en sí mismo un problema psicológico.
Desde la psicología pueden acompañarse, cuando sea necesario, las expectativas respecto del cambio corporal, la adaptación a esos cambios y la relación de la persona con su cuerpo. Modificar el cuerpo tampoco produce automáticamente un determinado cambio psicológico: puede mejorar la satisfacción corporal, pero otras dificultades emocionales, vinculares o personales no necesariamente desaparecen porque cambie el peso.
—¿Qué puede ocurrir cuando una persona deposita la expectativa de ser feliz en alcanzar determinado cuerpo?
—Creo que este es un fenómeno que excede ampliamente al cuerpo. Muchas veces colocamos el bienestar en el futuro: “cuando tenga esto voy a estar bien”, “cuando haga este viaje voy a ser feliz”, “cuando consiga determinada cosa mi vida va a cambiar”. Con el cuerpo puede ocurrir algo parecido: “cuando pese determinada cantidad” o “cuando me vea de determinada manera, entonces voy a estar bien”.
El problema aparece cuando cargamos a ese objetivo con la expectativa de resolver malestares que tienen otros orígenes.
La persona puede alcanzar el cambio físico que buscaba y efectivamente disfrutarlo, pero descubrir que algunos conflictos siguen estando ahí. Porque cambiar una característica corporal no necesariamente modifica nuestros vínculos, nuestras inseguridades, nuestra historia o todas las demás dimensiones de nuestra vida.
Por eso me parece importante que un objetivo pueda ser algo que queremos alcanzar, sin convertirlo en una condición indispensable para permitirnos vivir o sentirnos bien. Esa expectativa de “cuando yo sea de determinada manera voy a ser feliz” es algo que también aparece en el trabajo clínico.
—¿En qué situaciones puede ser útil acompañar psicológicamente un proceso de descenso de peso?
—No toda persona que quiera bajar de peso necesita hacer terapia por ese motivo. Puede ser útil cuando existe mucho sufrimiento asociado al cuerpo, cuando la valoración personal depende excesivamente del peso o la apariencia, cuando aparecen expectativas poco realistas sobre lo que va a cambiar al adelgazar o cuando determinadas conductas empiezan a interferir con la vida cotidiana.
El objetivo de la terapia no sería convencer a alguien de que no cambie su cuerpo, sino ayudarlo a comprender qué lugar ocupa ese cambio en su experiencia y acompañarlo para que su valoración personal no dependa exclusivamente de una característica física.
—En un contexto en el que constantemente aparecen nuevas formas de modificar o perfeccionar la apariencia, ¿qué herramientas pueden ayudar a construir una relación más saludable con el propio cuerpo?
—Una primera herramienta es cuestionar la idea de perfección y ampliar las dimensiones desde las cuales nos valoramos. Nuestro cuerpo forma parte de nuestra identidad, pero no la agota: también somos nuestros vínculos, capacidades, intereses, proyectos y experiencias.
Respecto de las redes, podemos observar qué consumimos y qué efecto tiene sobre nosotros. Si determinado contenido produce permanentemente comparación, ansiedad o sensación de insuficiencia, podemos modificar nuestra relación con él.
La idea no sería obligarnos a amar cada aspecto de nuestro cuerpo todo el tiempo. Eso también puede convertirse en una exigencia. Es más realista apuntar a una relación suficientemente saludable con el cuerpo: poder cuidarlo, modificar aquello que legítimamente queramos modificar y evitar que nuestra posibilidad de sentirnos valiosos o disfrutar de la vida dependa exclusivamente de cómo nos vemos.





