Por Victoria Fernández Manisera
El 31 de agosto de 2026 apareció en cada pantalla una carta. Una foto de un mensaje escrito de puño y letra que marcaba el principio del fin de una historia de la que todo un pueblo nunca se cansó y para la que siempre deseó capítulos eternos.
Había llegado el día de decir: “Adiós, capitán. Gracias por todo”.
Desde entonces, los titulares diarios comenzaron a recordar algo que, era sabido, pero era mejor omitir: la historia de Lionel Messi con la Selección Argentina tenía fecha de vencimiento.
Para muchos todavía parece increíble, incluso impensado, imaginar o adaptarse a una Selección sin Messi. Pensar en once camisetas celestes y blancas entrando a una cancha y que ninguna lleve su apellido.
Aquella carta cambió nuestra percepción del tiempo, o más bien, nos hizo caer en cuenta del miedo que nos da el paso del mismo.
Una carta que aún no sé si fue buena, no tan buena o quizás mala, pero que sí dejó muchas cosas para decir. Por eso escribo: Una última carta para el 10
Es impresionante, pensar que ver rodar una pelota, con once tipos que simplemente juegan al fútbol con ella, pueda convertirse en un acto cargado de miles de emociones.
Llorar de tristeza, de emoción, de alegría. Agarrarse de los pelos al ver a la redonda rozar el travesaño. Contener la respiración durante unos segundos que parecen eternos. Un grito de gol en el que toda esa tensión acumulada finalmente se libera. Abrazar a tus seres queridos, incluso a desconocidos, porque durante noventa minutos todos sienten lo mismo. Y después, el pitazo final. El fin de una cascada de emociones.
Todo toma otro color. Y mucho más cuando se vive en Argentina.
Muchos no entienden nuestra locura, pero nosotros sabemos que es la más hermosa. La pasión más real, tan auténtica que hasta parece molestarle al resto del mundo. Cantar aunque falte la voz. Es sacar una bandera por la ventana, ponerse una camiseta y sentir que esos colores representan mucho más que un equipo de fútbol
Y si hay alguien que supo entender, representar y llevar esa locura hasta lo más alto, fuiste vos.
Gracias por nunca rendirte. Por intentarlo una y otra vez cuando parecía que el destino insistía en darte la espalda. Por regresar cuando las críticas dolían, cuando algunos dudaban de tu amor por esta camiseta…cuando parecía que nada alcanzaba.
Gracias por regar tu magia en nuestro suelo. Por regalarnos tu juego, tus goles y esas corridas que tantas veces nos hicieron levantar de la silla.

Gracias, sobre todo, por esa estrella. Aquella de 2022 que quedará suspendida para siempre en nuestra historia. Esa que algún día tendremos que contarles a las próximas generaciones, como nuestros padres y abuelos nos hablaron de México 86’, de Diego Armando Maradona y de aquella capacidad inexplicable que tenía para enamorar futbolísticamente a todo un país.
Ese enamoramiento que también nos hiciste sentir vos. Una generación entera creció pronunciando tu nombre. Te gritó, te cantó, te grabó, te tatuó en su piel y te convirtió en parte de su propia historia. Muchos ni siquiera habíamos nacido cuando el Diego levantó la Copa del Mundo. Necesitábamos construir nuestros propios recuerdos. Y vos nos los regalaste.
Nos diste nuestra propia imagen eterna: Messi levantando la Copa del Mundo en Qatar, vestido de celeste y blanco y rodeado de compañeros que parecían representar a cada argentino que estaba orgulloso de vos en ese momento.
Desde chicos nos enseñaste lo que significan la fidelidad y el compromiso con nuestra patria, aunque quizás muchos nunca terminen de comprenderlo. Escuchaste a quienes decían que no sentías la camiseta. Te cansaste, te dolió y renunciaste. Pero pudo más el amor por estos colores, por tu gente, por tu país. Y elegiste volver.
Gracias por ser argentino. Por convertirte en el orgullo de millones. Por atravesar generaciones y fronteras. Por llevar el nombre de nuestro país a cada rincón del planeta. Por hacer brillar, aún más, el Sol de Mayo. Por bajarnos una estrella del cielo. Por hacernos sentir tanto.
Gracias por llegar hasta quienes ni siquiera consumen este deporte. Porque hay personas que quizás nunca miraron un partido completo, que no conocen una formación o que no podrían explicar una posición dentro de una cancha y, aun así, alguna vez se quedaron paralizadas frente a una pantalla observando lo que eras capaz de hacer con una pelota. Eso también explica tu grandeza.
Pero tenemos un problema…el tiempo pasa, y tenemos miedo de eso.
Vivimos como si las cosas que amamos fueran eternas. Nos acostumbramos a verlas, a disfrutarlas, a saber que estarán ahí la próxima vez. Hasta que un día aparece el final y revive ese temor que no está presente en nuestra vida cotidiana: entender que ningún momento puede repetirse para siempre.
Hoy toca decir adiós.
Quizás, llegado este momento, las lágrimas ya sean imposibles de contener. Pero estoy segura de que no todas nacen de la tristeza, sino por la felicidad de haber vivido, esos recuerdos que, con solo volver a ellos, todavía nos hacen sonreír. Porque despedirte no es solamente aceptar que algo termina; también es regresar, una vez más, a aquellos momentos en los que fuimos inmensamente felices con vos.
A los días de gloria. A las calles repletas. A los campeones del mundo. Al fervor de un país entero y a esa inexplicable capacidad del argentino de subirse a cualquier árbol, poste, semáforo, techo o superficie con tal de festejar. A aquel diciembre en el que fuimos felices.
Este final de ciclo hoy nos entristece, pero quizás duele justamente porque sabemos que lo vamos a atesorar para siempre en nuestra memoria.
Sería muy injusto pedirte que te quedes. Porque ya nos diste mucho más de lo que alguna vez podremos devolverte.
Nos diste alegrías, goles, títulos y recuerdos. Pero, principalmente, nos regalaste momentos compartidos. Nos permitiste abrazarnos. Nos hiciste creer. Durante un rato lograste que un país golpeado por tantas diferencias encontrara un motivo para mirar hacia el mismo lado.
Y por último, gracias por amar a tu patria. A esta patria que necesita a diario que la cuiden, que la quieran y que, de vez en cuando, la dejen respirar en paz. Gracias por haber sido esa curita.
Una pequeña pausa para tantas heridas. Noventa minutos en los que los problemas podían esperar porque jugaba Argentina. Porque jugaba Messi.
Hoy colgás la celeste y blanca y quedaste para siempre en la memoria colectiva de un país.
Algún día, cuando alguien pregunte quién fue Lionel Messi, habrá estadísticas, goles, récords, títulos y Balones de Oro para intentar responder. Pero quizás nada de eso alcance para explicar lo que significó:
Verlo con la 10 de la Selección Argentina.
Gritar sus goles.
Llorar sus derrotas.
Celebrar sus victorias.
Tener el privilegio de verlo campeón del mundo. Por siempre, gracias. Eternas gracias, capitán.





