Etiopía, una potencia que corre desde las alturas

Por Santino Canavese

Durante décadas, Etiopía se convirtió en una de las grandes potencias mundiales del atletismo de fondo. Sus corredores aparecen constantemente entre los protagonistas de las maratones y las pruebas de larga distancia. Pero su éxito no puede explicarse por una sola razón, detrás de cada atleta hay una combinación de tradición deportiva, entrenamiento en altura, exigencia y una enorme competencia interna.

Uno de los factores más mencionados es la geografía. Gran parte de los corredores etíopes entrenan a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar, en zonas cercanas a Addis Abeba. La menor disponibilidad de oxígeno obliga al organismo a adaptarse y es utilizada dentro de sus programas de preparación. World Athletics documentó durante años esta metodología y también el entrenamiento en terrenos irregulares, habituales en distintas regiones del país.

Pero la altura no explica todo. Etiopía también construyó una verdadera cultura del running. La historia comenzó a nivel internacional con Abebe Bikila, campeón olímpico de maratón en Roma 1960 y Tokio 1964. Su figura abrió el camino para generaciones posteriores y convirtió al atletismo de fondo en una parte importante de la identidad deportiva del país.

Además, los atletas suelen entrenar junto a otros corredores de élite. Esa competencia cotidiana genera un ambiente en el que cada entrenamiento puede convertirse en una carrera contra compañeros que también buscan llegar a los grandes escenarios internacionales. Algunos grupos de entrenamiento reúnen a decenas de atletas y trabajan en altura durante buena parte del año.

Yomif Kejelcha es uno de los ejemplos más recientes de esta tradición. El 23 de agosto de 2026, el atleta etíope llegó a Buenos Aires para disputar los 21K y terminó convirtiendo las calles porteñas en el escenario de un récord mundial.

Kejelcha recorrió los 21,097 kilómetros en 56 minutos y 51 segundos, con un promedio cercano a 2 minutos y 42 segundos por kilómetro. La marca superó el anterior récord mundial de 57:20, que pertenecía al ugandés Jacob Kiplimo. Además, Kejelcha comenzó a despegarse del grupo alrededor del kilómetro siete y completó gran parte de la carrera en soledad.

El récord tampoco fue producto del azar. El circuito porteño, prácticamente llano, las condiciones climáticas y la tecnología utilizada por el atleta fueron señalados como algunos de los factores que favorecieron la marca.

La edición de 2026 tuvo además más de 31.500 corredores y otro triunfo etíope: Fotyen Tesfay ganó la prueba femenina con 1 hora, 3 minutos y 56 segundos, estableciendo también una nueva plusmarca para la carrera.

Buenos Aires, entonces, no fue solamente el escenario de una carrera masiva. Fue el lugar donde una de las grandes tradiciones del atletismo mundial volvió a demostrar su vigencia.

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