Kurdistán: el pueblo sin Estado más grande del mundo que resiste con el fútbol

Por Valentino Franco

La Superliga turca fue novedad dentro del fútbol europeo por la envergadura de los apellidos que firmarán planilla a partir de esta temporada, tales como Salah, Lukaku, Vlahović o Trossard. Pero lejos de lo noticioso del poderío económico de los grandes, resalta la historia de un equipo que, por lo única de su naturaleza, hará destacar a la presente edición de un torneo que se juega desde 1959. Amedspor, puntero de la liga tras las primeras seis jornadas, es el primer conjunto de origen kurdo en llegar a la élite de Turquía. Representa a un pueblo milenario que posee bandera, idioma y cultura propia, pero no un territorio. Conocé, mediante un relato futbolero, la historia de Kurdistán: la nación -de población similar a la Argentina- que convirtieron en una minoría de cuatro países actuales y que hoy recibe una mano del deporte para mantener viva su identidad.

Antes de averiguar sobre el equipo que venció en la última fecha 3 a 2 a Besiktas, para mantener su liderato con 13 puntos en la SüperLig, primero hay que entender lo que representó su ascenso en mayo de este año para la comunidad kurda y para su ciudad. Diyarbakir es la capital no oficial del Kurdistán, la nación sin territorio soberano -grupo donde entran Cataluña, Tibet o Chechenia, entre otros ejemplos- más grande del mundo. Sólo en Turquía habitan 20 millones de kurdos. Y decimos sólo ya que el resto -sin contar la diáspora- se encuentra desperdigado por otros tres países: Siria, Irán e Iraq.

Cómo sería el Kurdistán hoy.

Pero, ¿por qué Kurdistán jamás logró tener un Estado propio? La respuesta se encuentra al final de la Primera Guerra Mundial: hay que imaginarse al Imperio Otomano como una piñata de cumpleaños que, al caer derrotado por el bando aliado, explotó. Todos comenzaron a pelearse para ver quién reunía más caramelos. Y con todos no sólo nos referimos a los kurdos, turcos, árabes, griegos y las decenas de pueblos que lo componían, sino también a las potencias vencedoras; al igual que un tiburón huele la sangre, franceses y británicos olieron billetes con el petróleo que yacía bajo Oriente Medio.

La cuestión fue que mediante el Tratado de Sevres de 1920 se acordó que a Kurdistán le correspondían tierras propias. La piedra en el zapato, sin embargo, fueron los turcos, que se consideraban los herederos del caído imperio y se negaron a dejar ir parte del territorio que creyeron suyo. Aquí ocurre la Guerra por la Independencia Turca, mediante la cual Turquía defendió los bordes que hoy posee ante griegos, armenios y los propios intereses de las potencias. ¿Y la causa kurda? Quedó fuera del radar. Así, el pueblo kurdo, pese a habitar Asia Menor desde hace 4000 años, quedó repartido tal cual el mapa que arriba mostramos. Sin un metro cuadrado de territorio.

Claro está, no fueron bienvenidos en ninguno de los países que les tocó integrar. Se los tildó de separatistas y su cultura fue reprimida. En Turquía, todo elemento asociado al Kurdistán se consideró una insurrección al nacionalismo, por lo que su bandera e idioma se prohibieron en un afán de turquizarlos y eliminar la identidad kurda. Esto desembocó en un conflicto armado entre el PKK -Partido de los Trabajadores del Kurdistán- y el gobierno turco, el cual sigue en vigencia y lleva más de 40.000 muertos tras su estallido en 1979.

Bajo este contexto se fundó en 1972, en Diyarbakir, el Melikahmet Turanspor. El club cambió sucesivamente de nombres hasta adoptar en 2014 la denominación de Amedspor. Esta fue una decisión vinculada a un hecho histórico: Amed era el nombre en idioma kurdo de Diyarbakir hasta antes de ser modificado como parte del plan de abolición de la cultura nacional.

El querer abrazar abiertamente una identidad perseguida, pese a generar un tenaz sentimiento de pertenencia, condenó al Amedspor a una realidad constante e inamovible; ser el blanco perfecto para los mensajes de odio y de discriminación, sin importar el año, la región o la competencia en la que se encuentre.

“Las mujeres liberarán al mundo”; la cultura kurda es una de las pocas facciones islamistas que cree en la igualdad de género.

En la segunda división turca, la hostilidad adquirió de tal manera su carácter indeclinable que hasta llegó a estructurar una feroz rivalidad entre dos equipos que nada tiene que ver con el mero deporte. Bursaspor, club asociado al ultranacionalismo turco, protagoniza ante los de Diyarbakir uno de los choques más llamativos y, por su propia naturaleza, tristes de toda Europa: el del equipo de los turcos conservadores ante el de los kurdos. No hay vasto historial de enfrentamientos ni cercanía zonal. Sólo una cultura que intenta aplastar a la otra, con una cancha de fútbol como excusa.

Y no es exageración. 6 de marzo de 2023. Una victoria 2 a 1 de Bursaspor ante Amedspor, resultado que fue una decoración apenas perceptible a lo que fue aquella jornada. La ciudad de Bursa se preparó para recibir a la visita de la peor manera. Volaron proyectiles, se entonaron cantos fascistas y se desplegaron, por todas las tribunas, trapos con personalidades y entidades ligadas a la ultraderecha turca. Entre ellas, la de Mahmut Yildirim, uno de los rostros más sádicos de la JITEM, la principal de las organizaciones clandestinas que secuestró, torturó y desapareció a miles de kurdos durante la década de 1990 en el marco de la guerra kurdo-turca.

Pero, como si fuera poco, también se vieron, muy próximas a las infames caras, imágenes de un modelo blanco del Renault Toros. ¿La razón? Era el auto predilecto para los oficiales a la hora de llevar a cabo sus crímenes. Y si todo se siente similar, es porque se puede trazar un paralelismo directo con la dictadura militar argentina: desapariciones forzadas, un ente que comete genocidio, un vehículo característico y, por supuesto, un grupo de madres que siguen exigiendo por la verdad. Las Madres del Sábado son una agrupación pacífica que ha extendido su reclamo de justicia por la masacre kurda en toda Turquía desde 1995. En cuanto a su origen, no hay que buscar demasiado; surgieron en inspiración al accionar de las Madres de Plaza de Mayo en nuestro país.

La hinchada de Bursaspor con imágenes del Renault Toros y el JITEM.

Lo que un día fue el sueño de un Kurdistán libre hoy yace muy a la lejanía, más como una utopía en la que ni el más optimista kurdo se atrevería a creer. Pero la resistencia sigue. Ya no por la independencia, sino por el dejar de tener que sobrevivir. Por poder hablar su lengua, por hacer flamear su bandera y por nombrar a su nación sin tener que susurrar. Porque hay pocas cosas peores que una cultura autóctona que se va, que se evapora y desaparece. Hoy Amedspor, pese a ser un simple club, acarreó el peso de una comunidad marginada y de una ciudad lastimada por la historia. Quizás su paso por la primera de Turquía sea efímero, pero su tarea, desde antes del debut, ya estaba lograda: darle a conocer al mundo que, allá bien lejos en la Mesopotamia, hay un pueblo que quiere vivir. Y, gracias al fútbol, tal vez pueda hacer notar su lucha por lograrlo.

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