Los poetas del juego todavía tienen algo que decir

Por Valentín Gerez

«Hay tres clases de futbolistas. Los que ven los espacios libres, los mismos que cualquier payaso ve desde la tribuna y los ves y te ponés contento y te sentís satisfecho cuando la pelota cae donde debe. Después, están los que de pronto hacen ver un espacio libre sin más, un espacio que vos mismo y quizá los otros podrían haber observado. Éstos te toman de sorpresa. Y luego están aquellos que crean un nuevo espacio donde no debería haber ningún espacio. Esos son los profetas. Los poetas del juego». Así escribía Osvaldo Soriano en Memorias del Míster Peregrino Fernández y otros relatos. Una definición que parece encontrar en Diego Maradona a uno de sus destinatarios más precisos. 

El sábado, en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, el Diez volvió a demostrar que su capacidad para crear espacios trascendía los límites de una cancha. Esta vez, el lugar estaba ocupado por banderas, bombos, camisetas y personas de distintas generaciones que se reunieron para mantener viva su historia.

El sol de octubre acompañaba el mediodía platense luego de varias lloviznas finas pero incesantes. En el auditorio Diego Armando Maradona, los bombos marcaban el ritmo de una jornada en la que las banderas flameaban entre las butacas. Algunas llevaban estampada su figura; otras, la palabra “D10S”. Las camisetas del Napoli y de la Selección Argentina, con el número 10 en la espalda, convivían con remeras de diseños originales que convertían cada rincón en una pequeña exposición dedicada al ídolo. Se trataba de la segunda edición del Congreso sobre Diego Maradona. Afuera y adentro, los estudiantes de la UNLP repartían hojas con el formato de aquella figurita del Mundial de 1982. El papel todavía conservaba el olor a tinta recién impregnada, como si una fábrica imaginaria no dejara de producir calcos del Diez. Una manera de acercarlo, una vez más, a quienes nunca tuvieron la posibilidad de verlo jugar.

Entre el público había chicos de no más de diez años que permanecían atentos a cada intervención. Sus miradas se dirigían al escenario mientras periodistas, protagonistas y estudiantes compartían recuerdos. No hacía falta haber vivido sus gambetas para emocionarse con su nombre. Bastaba con escuchar una historia, reconocer una camiseta o descubrir en los relatos de otros algo que también les pertenecía. Daniel Arcucci, Alejandro Apo, Fernando Signorini y Víctor Hugo Morales fueron algunos de los invitados que participaron de las charlas. Sus intervenciones despertaron aplausos y una atención especial. Los vínculos de Diego con La Plata, las experiencias compartidas y las anécdotas personales fueron construyendo un recorrido por distintas facetas de su vida. En cada relato aparecía algo más que el futbolista: también estaba el hombre que había dejado huellas en quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo.

Porque Maradona también puede entenderse como una expresión artística. No solamente por lo que hizo con una pelota, sino por su dimensión social, su manera de relacionarse con el mundo y su condición humana. Fue admirado, discutido, cuestionado y querido. Sus contradicciones también forman parte de esa historia. Quizás allí se encuentre una de las razones por las que tantas personas todavía se reconocen en él: Diego nunca fue una figura ajena a la realidad de quienes lo admiraban, siempre fue de carne y hueso.

Una de las intervenciones que concentró mayor atención fue la de una de sus hijas, Gianinna Maradona. Las cámaras se acercaron y el auditorio volvió a guardar silencio. No necesitó extenderse demasiado para transmitir cuánto sigue presente su padre en su vida. En sus palabras y en la emoción de quienes la escuchaban quedó expuesto que, detrás del personaje que millones conocen, existe una historia familiar que continúa atravesada por su ausencia. Hacia el cierre, levantó una bandera junto a otros protagonistas que pasaron por el escenario. La consigna era clara: «Justicia por Diego». Un reclamo vinculado a la investigación judicial sobre las circunstancias de su muerte y las responsabilidades de quienes estaban a cargo de su cuidado. Los aplausos acompañaron una bandera que resumía uno de los sentimientos que atravesaron el encuentro.

Hay una diferencia entre la actualidad y la inmediatez. Diego hoy no está físicamente entre nosotros, pero eso no significa que haya dejado de estar. Su figura permanece en los símbolos, en sus formas de ver la vida, en su carácter, en sus contradicciones y en todo aquello que despertó durante su recorrido. Está en las camisetas, banderas, historias que se transmiten de una generación a otra y en los ojos de quienes todavía se emocionan cuando escuchan su nombre.

Este sábado, en la Facultad de Periodismo de La Plata, no hizo falta que Diego estuviera presente para que todo girara alrededor de él. Los bombos siguieron sonando, las banderas continuaron flameando y los chicos continuaron escuchando. Los poetas del juego ya no necesitan una pelota para crear espacios. A Maradona todavía lo siguen encontrando.

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