Por Valentina Quinteros
Antes de ser campeón olímpico en Atenas 2004 y subcampeón mundial en Indianápolis 2002, Gabriel Fernández fue un chico de Burzaco que creció mirando a su padre jugar en el Club Lanús. Rúben Fernández, ex basquetbolista que llegó a vestir la camiseta de la selección argentina, entre los años 1977 y 1984, fue uno de los primeros referentes para su hijo dentro de la disciplina. En su casa, el básquet no era solamente un deporte: era parte de la familia.
“Por las conversaciones que hemos tenido, a él siempre le gustó muchísimo el básquet desde chico y lo apasionaba, al igual que al resto de mi familia”, cuenta Julia Fernández, su hija mayor. Para Gabriel, además, estaba la figura de su padre: “Mi abuelo Rubén también tuvo la oportunidad de estar en la Selección, así que seguramente mi papá lo veía como un ejemplo a seguir. Siempre me contó que lo aconsejaba mucho y que lo acompañaba a todos lados para verlo jugar”.

Gabriel, junto a su padre y hermana.
Gabriel debutó como basquetbolista profesional en 1995 en el Club Ferro Carril Oeste, con apenas 18 años. Luego, fue jugador de Boca Juniors, donde consiguió su primer título de la Liga Nacional en la temporada 1996/97, y en 2000/01 jugó en Estudiantes de Olavarría. Allí se convirtió en protagonista y logró, en un mismo año, la Liga Nacional de Básquet, Liga Sudamericana de Clubes y la Liga Panamericano de Clubes. Más tarde llegó el salto a Europa, con pasos por Saint Thomas Basquet Havre de Francia, Tau Cerámica de España, actualmente llamado Saski Baskonia, y el Pallacanestro Varese de Italia.
Pero su carrera empezó a crecer cuando vistió por primera vez la camiseta celeste y blanca: a los 20 años tuvo su debut con la Selección argentina en el Sudamericano de 1997, en Maracaibo. También ese mismo año disputó el Premundial de Montevideo, en el que Argentina logró la clasificación al Mundial de Grecia 1998. En ese momento, Gabriel Fernández todavía estaba construyendo su nombre dentro de aquella selección que empezaba a transformarse; encontró un lugar que terminaría siendo fundamental. No era el que se llevaba todos los aplausos ni tampoco concentraba el protagonismo ofensivo. Su tarea estaba en otro lado: defender, luchar por cada pelota y hacer el trabajo que el equipo necesitaba.
La Generación Dorada no se construyó sólo con las grandes figuras, sino que se fue formando detrás de los puntos, las asistencias y las jugadas que quedaron en la memoria. También estuvieron aquellos jugadores capaces de sostener el funcionamiento colectivo. Fernández fue uno de ellos; su forma de entender el juego estaba ligada al sacrificio y a aceptar el rol que le tocara.
“Él siempre me habla mucho de los roles dentro de un equipo, del orgullo que significa representar a la Selección, y de que, cuando te toca entrar a la cancha, tenés que darlo todo”, explica Julia, actual jugadora de básquet femenino de Boca Juniors. También agrega: “Mi papá siempre entendió muy bien cuál es su rol; sabía que no importaba si le tocaba jugar un minuto o veinte. Cuando entraba, tenía que hacerlo con la misma intensidad y jugar como si fuera el último partido”.
En 2002, la Selección Argentina llegó al Mundial de Indianápolis con un equipo que empezaba a demostrar que podía competir contra las potencias. El subcampeonato mundial fue una señal. Argentina había dejado de ser una selección que soñaba con estar entre las mejores para convertirse en una que podía enfrentarse a cualquiera. Dos años después llegó Atenas. En los Juegos Olímpicos de 2004, aquella generación alcanzó el punto más alto de su historia. Argentina dejó en el camino a Estados Unidos en semifinales y se quedó con la medalla de oro, tras vencer a Italia en la final. Fernández fue parte de ese grupo que cambió para siempre la historia del básquet argentino.

“Siempre que hablamos de esa época, creo que Indianápolis y Atenas aparecen como dos momentos muy relacionados”, cuenta Julia. Para ella, lo ocurrido en 2002 sirvió para que el equipo entendiera que podía ir por más: “Eso les dio todavía más confianza y hambre para lo que vino después”. La medalla de oro fue la confirmación de una idea que aquel grupo había construido: competir juntos, confiar en el compañero y entender que cada integrante tenía una función.
Después de Atenas, Gabriel continuó en la Selección hasta su despedida en el Mundial 2006 de Japón. En total disputó 86 partidos oficiales con la camiseta argentina. Doce años después, en agosto de 2018, decidió retirarse del básquet profesional jugando para San Martín de Burzaco, el club de sus amores. El fin de su carrera no significó alejarse del deporte: actualmente continúa vinculado al básquet como entrenador del equipo femenino de Boca, donde transmite a las nuevas generaciones parte de aquello que aprendió durante sus años como jugador.

Aquel chico que creció viendo jugar a su padre, terminó recorriendo su propio camino dentro del básquet. Del club de Burzaco a la Selección Argentina, de los primeros años como profesional a la medalla de oro en Atenas, Gabriel Fernández construyó una carrera marcada por el esfuerzo y, sobre todo, por entender que no todos los jugadores tienen que ocupar el mismo lugar para ser importantes. Gabriel es el ejemplo de que la gloria no le pertenece solo a los genios, sino que también a los que están dispuestos a dejar todo por su equipo como lo hizo él.





