Por Juana Enrico
Los clubes de barrio desempeñan un papel fundamental e incalculable en el entramado social de la comunidad argentina. Su importancia se vuelve aún más evidente en el caso de los niños, niñas y adolescentes, quienes encuentran en estos espacios no solo la posibilidad de acceder a la práctica deportiva, sino también un ámbito de pertenencia, acompañamiento y contención.
Si estas razones no fueran suficientes para comprender la necesidad de preservar y fortalecer las instituciones barriales, resulta igualmente imprescindible preguntarse dónde se encuentran aquellos pibes y pibas de sectores más vulnerables cuando las puertas del club permanecen cerradas. Solos. En la calle. Expuestos a los innumerables peligros que supone esa deriva.
En un presente signado por el auge del pluriempleo, se vuelve cada vez más habitual que la crianza transcurra sin papá y mamá en casa. No por falta de amor o de voluntad, sino porque la realidad de muchísimos argentinos impone jornadas laborales interminables para llevar un plato de comida a la mesa todas las noches o, sencillamente, para llegar a fin de mes.
En ese contexto, el club de barrio adquiere una dimensión que excede largamente la de un espacio destinado a jugar a la pelota: un día más de entrenamiento, muchas veces, es un día menos en la calle. Una idea que también aparece en las palabras de la diputada nacional Natalia Zaracho, integrante del Frente Patria Grande y del bloque de Unión por la Patria.
“¿A dónde van los pibes cuando están solos? Soy de las que cree que ahí tiene que estar el Estado. No podemos dejar que los formen la calle, los narcos, el celular o las apuestas deportivas. Ahí tienen que estar los espacios recreativos. Todas las medidas de este Gobierno afectaron a los clubes de barrio y, por consecuencia, a los chicos”, contó en una entrevista con El Equipo.
Pero las instituciones que sostienen esa red de contención también están en peligro. Los clubes de barrio atraviesan una profunda crisis financiera y operativa, agudizada por el fuerte aumento de las tarifas (subieron cerca del 53% en los últimos doce meses) y por los altos niveles de morosidad en el pago de las cuotas sociales, que constituyen el principal —y, en muchos casos, el único— ingreso.
Como advierte Pedro Villarreal, presidente de la Unión Nacional de Clubes de Barrio, “cuando una actividad se cierra, no se pierde solamente una disciplina deportiva, se pierde un espacio de contención”.
En el afán de no dejar a ningún chico afuera por el atraso o la imposibilidad de pagar la cuota, las comisiones directivas, los vecinos y los propios socios hacen malabares: organizan colectas solidarias, rifas y todo tipo de iniciativas, y hasta golpean puertas en busca de alguna colaboración que les permita evitar un embargo o, peor aún, el cierre definitivo de sus sedes.
Y están también los que ponen el cuerpo todos los días. Entrenadores y profesores que sostienen sus actividades muchas veces por amor a lo que hacen, más que por un sueldo que, en ocasiones, resulta escaso o directamente inexistente. Personas que, aun en medio de las dificultades, siguen poniendo tiempo, esfuerzo y vocación para que la pelota siga rodando. Para que se pueda soñar con una cuarta estrella.
Porque también vale la pena detenerse en algo que, casi siempre —y siendo generosos—, queda en segundo plano: ¿de dónde salieron los jugadores que hoy se celebran, los que levantan títulos y títulos, los que hacen estallar un país entero con un gol? De los clubes de barrio, claro.
Sin ellos no hay sueños de Mundial. Los veintiséis jugadores de la Selección Argentina que se consagraron campeones del mundo en Qatar 2022 dieron sus primeros pasos en humildes clubes de barrio. Todos. Incluso Lionel Andrés Messi.
Entonces, quienes no estén a favor de resguardar estos espacios, que no se pongan la albiceleste. Que no griten los goles ni coreen, orgullosos, “Muchachos”. O que lo hagan sin olvidar lo que hay detrás de esa camiseta.
Sobre ese escenario, Zaracho presentó un proyecto de ley que busca fortalecer a las instituciones barriales y ampliar las herramientas con las que cuentan para sostenerse. La propuesta se articula en torno a dos ejes principales: la creación de la Tarjeta Club, destinada a financiar parte de sus gastos, y la incorporación de más instituciones al régimen del derecho de formación deportiva.
Actualmente, por ley, solo acceden a tarifas sociales y subsidios aquellos clubes que integran el sistema formal y cuentan con personería jurídica. Son, apenas, el 31,8% del total, mientras que el 68,2% restante funciona por fuera de ese esquema.
Por eso, el derecho de formación deportiva de los más de 3.100 clubes es parte del eje central. El proyecto busca que también puedan acceder a este mecanismo aquellos que no tienen personería jurídica. Así, cuando un jugador formado en una de estas instituciones llegue al fútbol profesional y genere una compensación económica, esos recursos serían destinados a fortalecer las políticas deportivas de la provincia donde funciona el club.
Por otro lado, la Tarjeta Club sería una prestación económica mensual destinada a cubrir gastos de funcionamiento, mantenimiento, infraestructura y equipamiento. Los recursos surgirían de un aumento de los impuestos a las apuestas deportivas online, con alícuotas que irían del 10% al 30%, según el origen de los fondos y la jurisdicción donde esté radicada la empresa.
La propuesta resulta, cuanto menos, interesante, especialmente si se tiene en cuenta el auge de las apuestas deportivas y la preocupante naturalización social de esta práctica. En este sentido, su implementación no solo podría contribuir al fortalecimiento y crecimiento de los clubes de barrio, sino también constituir una forma de compensar, en parte, el impacto social negativo asociado a esta actividad. Y una estrategia diferente a la adoptada por Lula da Silva, presidente de Brasil, que tomó la decisión de prohibir las apuestas deportivas y pagó el costo político en la primera vuelta de las elecciones en busca de su reelección (quedó a dos puntos de Flávio Bolsonaro y habrá ballotage).
Pero la idea no cosecha el mismo entusiasmo en todos los sectores, mucho menos la consideran fundamental. El diputado libertario y extenista Diego Hartfield —quien, paradójicamente, pasó dos años en el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CeNARD) con una beca del Estado— cuestionó la iniciativa durante una reunión informativa de la Comisión de Deportes: “Entendemos que pueden estar pasando por momentos difíciles, y eso se entiende. Lamentablemente, vivir de subsidios puede tener sus costos, como pagar la energía por un valor menor que el que vale”. El Equipo se puso en contacto con el diputado, pero optó por no dar declaraciones.
Actualmente, el proyecto “Clubes de Barrio y Pueblo” —presentado en agosto— se encuentra a la espera de tratamiento legislativo. “Si bien recibimos apoyo de otros sectores como Marcela Pagano, de La Libertad Avanza, nosotros sabemos que, en este contexto, es muy difícil que salga”, expresó Zaracho.
Aun cuando su aprobación parezca lejana, que el proyecto consiga instalarse en la agenda legislativa ya es un paso adelante. Porque, antes de pensar en soluciones, hace falta que la situación de los clubes tenga un lugar real en la discusión pública.





