La vida a través de los ojos de una crupier de casino

Por Paulina Ciezar, Segundo Nemoz, Benjamín Caloia y Farid Esper

Carla Tamara Rojas trabaja en el casino flotante de Puerto Madero hace casi dos décadas. Asegura que los hábitos cambiaron mucho y no duda: “Los jóvenes juegan mucho más e incluso, con más dinero”.

Las apuestas dejaron de ser una actividad que ocurre únicamente dentro de un casino. Hoy están presentes en las redes sociales, en las publicidades y en los teléfonos celulares. El crecimiento de las plataformas online también modificó el perfil de los jugadores y acercó cada vez más a los jóvenes a este mundo. Pero quienes trabajan dentro de un casino conocen otra parte de la historia: la de las personas que pierden el control y vuelven una y otra vez en busca de recuperar lo perdido. 

Carla Tamara Rojas trabaja como crupier en el casino flotante de Puerto Madero hace ya 18 años. Desde su lugar detrás de las mesas, fue testigo de situaciones que le permitieron reconocer cuándo una persona puede estar atravesando un problema con el juego. Al entrometerse en el mundo del casino, lo que más le llamó la atención fue el caudal de gente que hay. Sin importar día ni horario. Además, remarca que se puede percibir con facilidad a una persona con adicción al juego. “Cuando se pone violenta, cada vez juega más y no se da cuenta de lo que está perdiendo o de lo que gana. Como no maneja dinero en efectivo sino fichas, muchas veces pierde la noción de cuánto está gastando. Te das cuenta cuando está jugando con plata que no es de él, cuando pierde el control, pide prestado o va a la caja y compra con tarjeta de crédito porque piensa que va a recuperar lo que perdió. Y cada vez juega más”, remarcó Carla. 

Su experiencia le permite reconocer determinadas conductas que se repiten entre quienes pasan muchas horas frente a una mesa o una máquina. Después de casi dos décadas, ya conoce a muchos de los jugadores que frecuentan el lugar y hasta sabe qué juegos prefieren. Algunos llevan tantos años asistiendo que forman parte de la rutina diaria del casino. 

—¿Qué fue lo que más te llamó la atención cuando empezaste a trabajar? 

—La cantidad de gente que había en cualquier horario. De madrugada, de noche, de día, siempre hay gente. Por lo general son siempre los mismos jugadores. Hay algunos que recuerdo de mis primeros años y que todavía siguen jugando. Los conocemos de siempre, sabemos qué juegan, cuánto juegan y conocemos la vida de casi todos. Me cuentan su vida porque no tienen nada que hacer. 

Pero durante los 18 años que lleva trabajando también pudo observar un cambio en el público. El casino ya no recibe solamente a los jugadores que llevan décadas asistiendo. En los últimos años aparecieron cada vez más jóvenes y, con ellos, una nueva forma de relacionarse con las apuestas. 

—¿Notás que hoy hay más jóvenes jugando? 

—Sí, hoy hay muchos más adolescentes y chicos jóvenes, de 18 años, que ya juegan muchísimo dinero. También está el juego online, que llama más la atención y atrapa un poco más. La persona que entra a jugar y no sabe lo que pasa adentro no se da cuenta de la hora. Piensa que todavía es de día y ya pasaron ocho horas. No se da cuenta de que sigue ahí. El crecimiento del juego online también modificó la escena dentro del propio casino. 

Carla cuenta que es habitual encontrar jóvenes que, mientras están sentados en una mesa, utilizan el celular para apostar en una plataforma. El teléfono les permite continuar jugando incluso cuando ya están físicamente dentro del casino. “Los pibes juegan en la mesa de juegos sentados en el casino y con el celular están jugando. Es un montón el vicio que tienen ellos. Piensan que es plata fácil”, explica. 

Para Carla, esa idea de que el juego puede ser una manera sencilla de ganar dinero es uno de los principales problemas. El límite aparece cuando la persona deja de pensar en lo que puede perder y comienza a apostar con la intención de recuperar. 

—¿Qué diferencia encontrás entre una persona que juega ocasionalmente y alguien que tiene un problema? 

—El que va a pasear, juega un poquito, pierde y sigue dando vueltas, sabe cómo retirarse. Se agarra un poco y dice “no, me voy a la mierda” y se va. El cliente de siempre no. Se gana y piensa que va a seguir la racha, que va a ganar, ganar y ganar. Y no es así. La búsqueda de recuperar lo perdido se convierte muchas veces en un círculo. La persona pierde, consigue más dinero y vuelve a apostar. Si gana, continúa porque cree que la racha puede seguir. Y si vuelve a perder, intenta recuperar nuevamente. Es pensar que es la racha de suerte. Después pierden todo y buscan dinero en otro lado y vuelven a jugar porque piensan que van a recuperar lo que perdieron”. 

En sus años de trabajo también vio casos en los que las pérdidas fueron mucho más grandes que las que alguien podría imaginar. No solamente por la cantidad de dinero, sino por las consecuencias que dejan en la persona. 

—¿Hay alguna situación que te haya quedado especialmente marcada? 

—Sí, gente que se ha puesto mal y se ha puesto a llorar porque perdió todo. Vi gente que perdió estaciones de servicio y gente que pierde fortunas en dólares como si nada, que se van a la casa y vuelven a buscar más. Son situaciones que vemos casi todos los días. Las reacciones después de una pérdida tampoco son siempre iguales. Algunos jugadores se van enojados. Otros aseguran que no van a regresar. También están quienes descargan su frustración contra ellos mismos. Se ponen re mal. Ellos mismos se pegan en su cuerpo, diciendo ‘qué boludo que soy’. 

Desde afuera puede parecer difícil entender por qué una persona que acaba de perder una gran cantidad de dinero decide volver a apostar. Para Carla, la explicación está en la necesidad de recuperar lo perdido. “A veces ganan demasiado dinero y al otro día vuelven a la misma y la pierden. O pierde muchísimo, busca, gana, recupera y después pierde lo que recuperó”, explica. Los trabajadores del casino reciben capacitaciones para detectar determinados comportamientos relacionados con la ludopatía. Sin embargo, identificar el problema no significa que puedan intervenir directamente. 

—¿Qué hacen ustedes cuando detectan que una persona puede tener un problema con el juego? 

—Nosotros hacemos cursos que da Lotería de la Ciudad sobre ludopatía, para detectar cómo son. Nosotros, como pagadores, dealers o como quieran llamarnos, sabemos quiénes son los que tienen problemas, pero nosotros no vamos a hacer nada. Podemos decir “este está jugando mucho”, pero ellos lo manejan así. Si ellos piden ayuda, se los acerca y se les brinda la información. Una de las herramientas disponibles es la autoexclusión. La persona que reconoce que tiene un problema puede pedir que se le impida el ingreso al casino durante un determinado período. 

—¿Cómo funciona la autoexclusión? 

—Se pueden autoexcluir por un año, por dos años. En ese momento no pueden ingresar al casino. Una vez que se autoexcluyeron tampoco pueden jugar en las plataformas de casino. 

El problema es que, según la experiencia de Carla, pedir ayuda no suele ser algo habitual. Muchos jugadores continúan apostando incluso cuando ya son conscientes de que existe un problema. “La ludopatía te deja afuera de todo. No tienen el control entre ellos mismos”, sostiene. Para ella, una de las mayores dificultades está en que la ludopatía no siempre es reconocida como una enfermedad. Desde su lugar, asegura haber visto cómo personas que alguna vez tuvieron dinero, trabajo y una familia terminaron completamente aisladas. 

—¿Qué es lo que más te cuesta de ver en una persona con ludopatía? 

—Que nadie lo toma como una enfermedad. Es una enfermedad bastante fea que te deja sin familia, sin trabajo. Mucha gente va a jugar y los ves que están ahí porque no tienen dónde ir. Algunos se quedan dormidos, no comen, no toman nada, pero no quieren gastar un peso y prefieren jugarlo. No se dan cuenta de que están enfermos. La situación cambia todavía más cuando se trata de jugadores jóvenes. Carla asegura que en los últimos tiempos el casino empezó a recibir grupos de chicos que incorporan el juego a sus salidas nocturnas. Ya no necesariamente llegan solos ni exclusivamente para apostar. Además, agrega que mientras algunos de los jugadores históricos ya no cuentan con el mismo poder económico para apostar, aparecen jóvenes que comienzan a incorporarse al mundo del casino. La llegada de las plataformas online también modificó el movimiento del casino físico. Para los trabajadores, significa menos personas en las mesas y, por lo tanto, menos clientes nuevos. 

—¿Sentís que el juego online afectó al casino? 

—Sí. A nosotros nos baja la gente que va a jugar porque se prefieren quedar en su casa. Nosotros tenemos otro sueldo, pero también está el tema de la propina de la caja de empleados porque hay mucha menos gente que va a jugar. Antes estaba lleno de gente. Ahora, más que los fines de semana, los lunes no va nadie y los martes no va nadie. No hay gente nueva, renovada. 

Aún así, la preocupación de Carla no pasa solamente por la cantidad de jugadores que llegan al casino, sino por la edad de quienes empiezan a hacerlo. Desde su lugar, intenta hablar con algunos de los jóvenes que ve con frecuencia. “A los chicos que van a jugar, que los veo seguido y que juegan mucha plata, les digo que no está bueno que vengas todos los días porque es una enfermedad. Esto va a hacer que quieras siempre jugar más y cada vez más. Después te quedás solo, sin plata, sin familia”, cuenta. La respuesta que recibe suele ser breve. “Sí, sí, ya lo sé”, le dicen. Pero después vuelven. Carla intenta plantearles otras alternativas: salir a un boliche, ir a tomar algo, juntarse con amigos o simplemente utilizar el dinero para otra actividad. Pero reconoce que sus palabras muchas veces no alcanzan. “Yo les digo por qué no van a un boliche, por qué no van a tomar algo a un bar y se divierten mejor con la guita que están jugando acá”, explica. 

Después de 18 años detrás de una mesa, hay situaciones que para Carla ya forman parte de la rutina. Sin embargo, eso no significa que sean normales para quienes las observan por primera vez. Jugadores que pierden fortunas, personas que buscan dinero para volver a apostar, jóvenes que pasan la madrugada dentro del casino y familias que quedan atrás son algunas de las escenas que forman parte de su experiencia. Para ella, el mayor problema aparece cuando el juego deja de ser una elección y comienza a ocupar todo el espacio de la vida de una persona. 

—Si tuvieras que explicar qué puede generar la ludopatía… ¿Qué dirías? 

—Que es una enfermedad bastante fea. Te deja sin familia, sin trabajo. Hay gente que estaba bien, que tenía mucho dinero, que tenía familia y de repente los ves que están todos solos. Hay gente que va a jugar y está ahí porque no tiene dónde ir. No comen, no toman nada, se quedan dormidos y no quieren gastar un peso porque quieren jugarlo. 

La historia de Carla no está marcada solamente por las grandes pérdidas económicas. También por los jugadores que conoce desde hace años y que continúan regresando, por los jóvenes que recién empiezan y por quienes, pese a reconocer que tienen un problema, no consiguen alejarse del juego. Desde su lugar de trabajo, las escenas se repiten. Cambian los nombres, las cantidades de dinero y las edades, pero muchas veces el final vuelve a ser el mismo: perder, buscar dinero, intentar recuperar y volver a jugar. “Piensan que es plata fácil. Pero no es que el juego te va a dar plata. Si no te retirás, la vas a dejar ahí”, concluye Carla. 

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