El peligro silencioso de buscar alivio sin supervisión médica

Por Brooke Peluffo, Joaquín Chilo Díaz y Juan Romano Mancuso

La automedicación aparece como una práctica frecuente frente al insomnio y la ansiedad. La psiquiatra Silvina Guignard explica sus riesgos y la importancia de que cada tratamiento sea indicado y acompañado, mientras que el psicólogo Gastón Mercado analiza el impacto del entorno familiar y social.

La psiquiatra Silvina Guignard (MP. 41267, ME. 22656) observa con mayor frecuencia problemas de salud mental relacionados con los trastornos de ansiedad y del ánimo, precisamente por su especialización. Entre los síntomas que más aparecen en sus consultas se encuentran los ataques de pánico, las crisis de ansiedad, el ánimo bajo, el malestar general, la disminución del disfrute y el estrés laboral, muchas veces acompañado de ansiedad vinculada a problemas económicos.

Cuenta que una de las principales señales que indican el momento de pedir ayuda es que el malestar comience a sostenerse en el tiempo y termine interfiriendo con aspectos de la vida cotidiana, como el sueño, el trabajo, los vínculos o las actividades habituales. También pueden aparecer otras alarmas como el aislamiento, la irritabilidad, la angustia frecuente o la pérdida de interés.

Una gran parte de sus pacientes llega a la consulta derivados por sus terapeutas. Muchas veces es el propio psicólogo quien indica una evaluación psiquiátrica cuando el malestar o la ansiedad dificultan el trabajo que se está realizando en terapia.

Los problemas de salud mental, además, no quedan solamente en lo emocional. También pueden repercutir en el cuerpo. “La salud mental y la física van totalmente de la mano. La ansiedad, el estrés, los síntomas anímicos pueden manifestarse con insomnio, contracturas, dolores de cabeza, molestias digestivas, palpitaciones, cansancio o cambios en el apetito, entre muchos otros síntomas”, explica.

La primera consulta suele ser bastante larga. Es el momento en el que busca reunir información sobre los antecedentes heredofamiliares, tanto clínicos como psiquiátricos, el historial de vida del paciente y, por supuesto, el motivo de consulta. También intenta conocer desde cuándo ocurre el malestar, cómo está durmiendo la persona, cómo se siente, cuál es su contexto y cuánto está afectando lo que le sucede a su vida cotidiana. A partir de esa información evalúa qué necesita.

Dos personas pueden llegar al consultorio con síntomas parecidos y, sin embargo, necesitar abordajes diferentes. Por eso, la indicación de un tratamiento no debería basarse únicamente en un síntoma aislado ni en una experiencia previa con determinado medicamento. “Consultar a un psiquiatra no significa necesariamente salir  con una medicación”, aclara.

Desde la psicología, Gastón Mercado plantea una mirada más amplia sobre el bienestar. Para el profesional, la salud mental forma parte de una salud integral que también incluye las dimensiones física, social, intelectual y espiritual. “Cuando no trabajás un área vital, no estás enfermo, pero no estás lejos de estarlo”, sostiene.

El entorno familiar tiene un papel importante en ese equilibrio, ya que muchas de esas áreas comienzan a desarrollarse y sostenerse desde la casa. Cuando alguna queda relegada, la persona puede acercarse progresivamente a una situación de malestar. Como ejemplo, menciona la depresión, donde pueden aparecer un abandono de lo físico, retraimiento social, pérdida de motivación en lo intelectual y un repliegue hacia el interior.

La mirada también permite detenerse en una situación que no siempre resulta fácil de explicar: sentirse mal incluso cuando, desde afuera, parece que todo está bien. Tener trabajo, salud o familia no garantiza automáticamente el bienestar emocional.

“Es totalmente normal. La mente no funciona como una planilla de Excel donde suma más logros y el resultado automático es la felicidad”, explica Mercado.

Esa contradicción puede generar una culpa adicional: pensar que no existen motivos para sentirse mal cuando la vida parece estar en orden. “Esa exigencia de tener que estar bien invalida lo que realmente sentís. El vacío o la abrumación suelen ser señales de desconexión con tus propias necesidades emocionales, expectativas no procesadas o simplemente agotamiento acumulado. Sentir esto no te hace desagradecido, te hace humano”.

La psiquiatra explica que otro de los problemas principales que aparecen en torno a la salud mental es la automedicación. En la consulta le es frecuente encontrarse con personas que comenzaron a tomar un medicamento porque alguien cercano se lo recomendó. Generalmente, se trata del círculo familiar primario, como madres o padres que comparten un medicamento con sus hijos. El motivo más común suele ser intentar solucionar inconvenientes relacionados con el insomnio.

Los datos del último Relevamiento del Estado Psicológico de la Población Argentina en 2025, elaborado por el Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la UBA, permiten dimensionar esta problemática. El 18,67% de los participantes admitió tomar medicación para lidiar con su malestar psicológico o con problemas emocionales. A su vez, el 5,75% de la población declaró tomar medicación sin receta médica.

Tomar psicofármacos sin una indicación médica puede traer diferentes riesgos. “Puede haber efectos adversos, interacciones con otros medicamentos, dosis inadecuadas o incluso empeoramiento de algunos síntomas. Además, algunos fármacos pueden generar tolerancia o dependencia si se utilizan de manera incorrecta”, advierte Guignard.

También existe un riesgo cuando una persona decide aumentar, disminuir o modificar por su cuenta la dosis que está tomando. Según explica, pueden aparecer efectos adversos o reaparecer síntomas que estaban controlados. “En psiquiatría, la dosis y los cambios de medicación tienen un motivo y deberían hacerse de manera acompañada. Hay fármacos que según la dosis es el uso que le damos”, señala.

Lo mismo sucede con la suspensión de un tratamiento. Los efectos dependen del medicamento y de la dosis, pero algunos pueden generar síntomas de discontinuación y también puede producirse una reaparición abrupta de los síntomas. Por eso, cuando corresponde suspender un tratamiento, generalmente se realiza de manera gradual y supervisada. En este caso, además, procura hacerlo siempre en compañía del terapeuta del paciente.

La información que circula en redes sociales también ocupa un lugar importante. La desinformación tiene “muchísimo peso” a la hora de tomar decisiones sobre la medicación.

“Hoy tenemos acceso a mucha información, pero no siempre es información correcta o aplicable a cada persona. En las redes hay muchas experiencias personales, que no significa que esté bien o mal, que sea lo correcto o no”, explica.

En su consultorio recibe pacientes que llegan con información encontrada en redes o que piden un medicamento porque conocen a alguien que lo toma y aseguran que le hizo bien. Una de las diferencias principales está en que las redes sociales ofrecen experiencias personales, pero no necesariamente información médica aplicable a todos. “En general, las redes sociales dan experiencias, no información”, resume.

El informe de la OPSA también muestra que la salud mental está atravesada por la situación económica. El 58,69% de la población reporta dificultades frecuentes para dormir, mientras que el 55,74% de quienes atraviesan una crisis atribuyen su malestar a factores económicos, como los bajos ingresos o las deudas.

A esto se suma el acceso a los tratamientos. El 50,05% de quienes no realizan terapia considera que la necesita, mientras que un 43,44% señala que no puede pagarla.

El precio de los medicamentos puede convertirse en una barrera concreta. No solo la medicación: el costo de las consultas y de la psicoterapia también puede dificultar tanto el inicio como la continuidad de un tratamiento.

“Muchas veces no se trata de que la persona no quiera tratarse, sino de que económicamente no puede sostenerlo”, explica. Considera que también es responsabilidad de cada profesional adaptarse al contexto socioeconómico de las personas que atiende y buscar la mejor opción farmacológica en relación entre costo y beneficio.

La continuidad del tratamiento es otro de los puntos fundamentales. Un porcentaje importante de pacientes, cuando comienza a sentirse bien, decide dejar la medicación. Esto puede provocar que, al poco tiempo, regresen los síntomas e incluso aparezcan de una manera más intensa que al momento de la primera consulta.

Por este motivo, durante las consultas la psiquiatra explica los tiempos de tratamiento y las evidencias que existen en las guías. La mejoría de los síntomas no necesariamente significa que el tratamiento deba finalizar en ese momento.

La participación del paciente también ocupa un lugar fundamental. Es necesario que la persona pueda comprender qué se está tratando, por qué se elige determinada estrategia y qué objetivos se buscan. Esto permite que las decisiones sobre el tratamiento sean acompañadas y que el paciente tenga un rol activo durante el proceso.

Para que un tratamiento pueda sostenerse en el tiempo, considera necesario que el sistema de salud garantice el acceso a profesionales, la continuidad en la atención, la disponibilidad de medicación y tratamientos interdisciplinarios accesibles.

“La salud mental necesita seguimiento, no alcanza solamente con atender una urgencia”, sostiene.

Si pudiera cambiar algo del sistema de salud mental, volvería a señalar dos cuestiones: el acceso y la continuidad. Que pedir ayuda no implique esperar meses por un turno y que una persona no tenga que abandonar un tratamiento que le está haciendo bien simplemente porque dejó de poder pagarlo.

Frente a una persona que atraviesa un problema de salud mental pero todavía no se anima a pedir ayuda dice que no es necesario esperar a que la situación llegue a un punto extremo.

“Consultar no significa que lo que te pasa sea grave; significa reconocer que algo te está haciendo sufrir y que podés darte la oportunidad de estar mejor”, explica.

Desde su lugar como psicólogo, Mercado también pone el foco en la escucha como punto de partida: “Cada persona llega con una historia diferente y con una manera distinta de atravesar lo que le pasa. Por eso, antes de pensar en una respuesta o en un diagnóstico, hay que escuchar.”

El acompañamiento, explica, también tiene un límite: el profesional puede orientar, brindar herramientas y estar presente, pero no puede atravesar el proceso por el paciente. “El camino siempre lo tiene que recorrer la propia persona.”

Y queda una frase que suele repetir Guignard en el consultorio: “Hoy hay miles de tratamientos, miles de fármacos y miles de oportunidades para intentar estar bien”.

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