Por Valentina Prieto
El deseo de adelgazar no siempre nace de una necesidad relacionada con la salud. La presión por encajar en determinados modelos de belleza, la comparación constante en redes sociales y los resultados rápidos pueden transformar el vínculo con la comida y con el propio cuerpo. Dos nutricionistas explican qué hay detrás de esa búsqueda, por qué el número de la balanza no cuenta toda la historia y qué lugar ocupan los hábitos, la autoestima y la salud.
Hay cuerpos que se miran en el espejo y no se reconocen. Otros se pesan una y otra vez buscando un número que finalmente los haga sentir conformes. También están quienes, después de años de dietas, restricciones y frustraciones, llegan a un consultorio convencidos de que necesitan adelgazar, aunque todavía no sepan exactamente por qué.
El deseo de cambiar el cuerpo puede aparecer por motivos muy diferentes, a veces existe una preocupación médica, otras veces, la razón está en una comparación, una prenda que ya no queda como antes o una foto que aparece en redes sociales.
Agustina Piñeyro, licenciada en Nutrición (MP 6982) y especializada en alteraciones metabólicas como resistencia a la insulina, prediabetes, sobrepeso y obesidad, conoce de cerca esas situaciones.
Cuenta que muchas personas llegan a consulta después de recibir un resultado alterado en un análisis, pero que, una gran parte de los casos, la principal preocupación termina siendo el cuerpo.
Aproximadamente ocho de cada diez pacientes llegan disconformes con su imagen. La vergüenza, la frustración y los años de dietas restrictivas suelen formar parte de la historia antes de que comience cualquier tratamiento. Para Piñeyro, detrás de la frase “quiero bajar de peso” puede existir mucho más.
Hay personas que llevan años intentando adelgazar y que llegan al consultorio con la sensación de que nada funciona. Después de probar diferentes dietas y consultar a distintos profesionales, aparece una mezcla de cansancio, ansiedad y frustración.
Por eso, considera que el tratamiento nutricional no debería comenzar únicamente preguntando qué come una persona. La relación con su cuerpo, su imagen y la comida también debe ser parte de la primera conversación.
Durante la primera consulta, la nutricionista realiza una anamnesis, es decir, una entrevista en profundidad para conocer distintos aspectos de la vida y los hábitos de la persona. En ese momento, explica, suelen aparecer comentarios que permiten detectar cómo es la relación con su propio cuerpo.
Frases como “me porté mal”, “me salí de la dieta” o “esto no debería haberlo comido” pueden mostrar una relación atravesada por la culpa. Para Piñeyro, identificar esos pensamientos es fundamental porque no alcanza con modificar la alimentación si la persona continúa relacionándose con ella desde la prohibición.
Piñeyro busca que sus pacientes puedan construir una relación diferente con la comida, aprender a escucharse, reconocer el hambre y la saciedad, darse permitidos para comer aquello que disfrutan y dejar de considerar determinados alimentos como enemigos.
La urgencia por cambiar, la necesidad de obtener resultados rápidos es otra de las situaciones que aparecen en las consultas. Hay personas que quieren bajar muchos kilos en poco tiempo y llegan buscando una estrategia que les permita hacerlo cuanto antes. Ante esos casos, Piñeyro intenta detenerse en la pregunta que está detrás de esa urgencia. Qué significa para esa persona bajar rápido, por qué necesita hacerlo en ese momento y qué espera que cambie una vez alcanzado el objetivo.
La profesional explica que su propuesta se basa en procesos equilibrados y sostenibles. Desde su perspectiva, la velocidad no debería ser el centro de un tratamiento porque una pérdida rápida de peso no significa necesariamente una pérdida equivalente de grasa
La aparición de medicamentos para adelgazar sumó una nueva dimensión a esa problemática, ella advierte que muchas personas pueden verlos como una especie de “solución mágica”, especialmente cuando las redes sociales muestran resultados llamativos en poco tiempo.
La posibilidad de perder diez o veinte kilos en pocos meses puede resultar atractiva, pero la nutricionista señala que el descenso no necesariamente representa únicamente grasa. También puede implicar pérdida de masa muscular, algo que considera perjudicial para la salud y el metabolismo.
Además, cuando durante el tratamiento no se incorporan nuevos hábitos, el problema puede continuar después de la medicación. Piñeyro menciona investigaciones que muestran que aproximadamente dos tercios de las personas pueden recuperar el peso perdido cuando no existe un cambio de hábitos sostenido.
En ese escenario, recuperar peso con una menor cantidad de músculo y una mayor proporción de grasa puede resultar especialmente desfavorable. El músculo es fundamental para la salud y la longevidad y debe ser cuidado durante cualquier proceso de descenso de peso.
El número no siempre dice qué está pasando, la balanza tampoco cuenta toda la historia cuando se habla de personas que realizan actividad física.
Valentina Loscocco, próxima a recibirse como licenciada en Nutrición y especializada en el área deportiva, trabaja con personas que llegan con objetivos diferentes: mejorar su rendimiento, correr de manera más eficiente, modificar su composición corporal o simplemente sentirse mejor.
Sin embargo, observa que una parte importante de las consultas también está vinculada con la imagen. En el deporte, una situación frecuente aparece cuando alguien comienza a entrenar y aumenta su masa muscular. El problema surge cuando esa persona se pesa, observa que el número aumentó y automáticamente interpreta que engordó.
Valentina explica que el peso corporal también puede aumentar como consecuencia de una mayor masa muscular. La llamada recomposición corporal permite entender mejor esa diferencia. Una persona puede disminuir su masa grasa mientras aumenta su masa muscular y, aun así, mantener o incluso incrementar su peso total.
Por eso, la nutricionista considera fundamental educar para que el número de la balanza no sea interpretado como el único indicador de progreso.
Información por todos lados, ¿cuál es correcta?
Las redes sociales también cambiaron la forma en que las personas se informan sobre alimentación y cuerpos. Consejos sobre dietas, ejercicios, medicamentos y métodos para adelgazar aparecen diariamente en las pantallas. Pero tener más información no significa necesariamente estar mejor informado.
Uno de los desafíos de los profesionales consiste en conseguir que la información llegue de manera clara y, sobre todo, que pueda aplicarse a la vida cotidiana. Porque comer de determinada manera no depende solamente de saber qué es saludable. También influyen los horarios laborales, la situación económica, la organización familiar y el acceso a determinados alimentos.
La futura licenciada menciona como ejemplo el “meal prep”, una forma de organización que consiste en cocinar determinadas preparaciones con anticipación para resolver las comidas durante la semana, ya que esto puede evitar que la falta de tiempo termine convirtiéndose en un obstáculo. La idea es que la alimentación se adapte a la vida de cada persona y no que la persona tenga que modificar completamente su vida para cumplir una dieta.
El cuerpo que muestran las redes sociales también tienen un impacto en cómo la persona termina viendo su cuerpo. Piñeyro considera que, aunque hubo avances respecto de décadas anteriores, la comparación continúa siendo permanente. El teléfono permite pasar horas observando personas, cuerpos y estilos de vida ajenos y esa exposición puede generar una evaluación constante del propio cuerpo.
La situación también se vuelve problemática cuando las redes presentan medicamentos o tratamientos como soluciones inmediatas para adelgazar. Piñeyro considera que, en algunos casos, las redes terminan desinformando más de lo que informan. Por eso, desde su lugar profesional intenta utilizar las redes para transmitir un mensaje diferente: “los cambios corporales deberían ser entendidos como procesos y no como resultados inmediatos”.
Las dos nutricionistas coinciden en que no existe una única manera de atravesar un proceso de cambio corporal. La alimentación, el movimiento y los hábitos son importantes, pero también lo son el descanso, la gestión del estrés y la relación que cada persona tiene consigo misma. Querer verse bien no es incompatible con querer estar saludable. El problema aparece cuando querer verse bien deja de ser una elección y lo convierten en una exigencia constante sobre su propio cuerpo.





