Por Victoria Tourn
Entre fábricas abandonadas, casas antiguas y poco tráfico, se encuentra la cuna de un campeón del mundo. Al bajar del Tren Urquiza, cruzar las vías y seguir las luces amarillas que iluminan las calles solitarias, se llega al Club La Recova, en el barrio de Villa Libertad, San Martín.
“Un círculo de amigos” es la frase que aparece en el escudo de la institución y la define, acompañada de los colores naranja y negro que pintan todo el club. En Almeyra 2540, hace 30 años, empezó a funcionar lo que hoy es un espacio de contención para muchos chicos.
La Recova nació del desprendimiento del club La Carpita, por diferencias entre sus dueños. Su nombre actual se debe al predio donde está ubicado, que antes era una cancha de pádel.
“Si quiere un campeón del mundo, entrénese… Mientras tanto, deje que su hijo juegue feliz”. El pequeño cartel junto a la cancha principal resume el espíritu de un club de barrio: un lugar para que los chicos compartan, se diviertan y jueguen.
Pero entre esas tardes de patear la pelota, había alguien que lo hacía diferente: Enzo Fernández. Sus hermanos jugaban ahí y él no se quedó atrás. En La Recova dio sus primeros pasos, desde caminar hasta pegarle a la pelota y ganar campeonatos. Ganó cinco con una categoría mayor que la suya, la 2000, pero era diferente.
“Ya pintaba para crack”, comenta Wilson Correa, vicepresidente del club y quien lo hizo debutar en diálogo con El Equipo. Además, su ausencia perjudicaba al equipo. Apagaban las luces de toda una cuadra para que llegara a tiempo a los partidos y pudiera ganarlos. Enzo se turnaba y también mostraba su magia en Parque Chas, un esfuerzo que lo llevaría a jugar en River Plate y, años más tarde, a Europa.
Hay un poquito de Enzo Fernández en cada rincón del establecimiento. Un mural suyo, levantando la Copa del Mundo, se encuentra en la pared verde que quedó de aquel espacio donde se jugaba al pádel.
En la cancha se realizan varias actividades: patín, vóley, kung fu, fútbol sénior e infantil. Esta última disciplina no compite en la liga local de San Martín porque la reglamentación exige que todos los jugadores tengan domicilio en el municipio. Por eso, participan en la liga de Tres de Febrero, un distrito ubicado a solo cuatro cuadras del club.
“Nosotros no podíamos jugar acá porque tenemos chicos de diferentes partes”, explicó el presidente del club, Sergio Oscar Cóceres.
Entre los objetivos de la institución está seguir creciendo y construir otra cancha para ampliar la oferta de actividades, según contó Cóceres.
Cuando una actividad cierra porque no se pueden sostener los costos, se rompe una parte del tejido social del barrio. El fútbol femenino también formó parte del club durante varios años, pero las chicas pedían horarios que ya estaban ocupados por el baby fútbol y la actividad dejó de realizarse por ese motivo.
“La prioridad son los más chicos”, explicó Roberto, encargado del kiosco.
Lo económico es un tema sensible para el club. Frente a las dificultades para sostener la institución, el apoyo de Enzo Fernández se vuelve fundamental. Donó las tribunas que se encuentran detrás del arco y que, por eso, llevan su nombre. También hizo regalos para festejar el Día del Niño, donó una bicicleta que luego rifaron y compró camisetas para los chicos.
“En un mundo donde se busca el individualismo y el sálvese quien pueda, los clubes de barrio son un ejemplo de todo lo contrario. Es un esfuerzo personal para ayudar a la comunidad”, comentó Fernando Moreira, intendente de San Martín. Además, destacó la importancia de que los chicos hagan amigos y la pasen bien.
Por eso, se creó “Mi Club, Nuestro Barrio”, un programa de la municipalidad que ayuda con las obras de los clubes, la regularización de la documentación para que estén al día y la capacitación de directores técnicos. La Recova forma parte de ese proyecto, pero muchas veces no alcanza.
La institución cobra una cuota de 2.000 pesos a los 260 socios activos para cubrir algunos gastos, como las medias de los chicos. Sin embargo, no están pendientes de quiénes pagan y quiénes no: es una comunidad.
Entre dos mesas con manteles naranjas, siete sillas negras, algunas más altas que otras, y paredes llenas de trofeos, se encuentra el paso obligatorio para entrar al club: el buffet. Al lado de esas copas también hay dos camisetas, una de River Plate y otra de la Selección, enmarcadas y firmadas por Enzo, que fueron regaladas por su papá, Raúl Fernández.
El humo de la parrilla, en un viernes ya anochecido, reúne a las familias y los amigos en aquel buffet.
“Veo el esfuerzo de los vecinos que trabajan para sostener la institución”, aseguró Fernando Moreira.
Se trata de fines de semana de dedicación, de levantarse temprano y organizar todo para que, a la hora del comienzo de los partidos de fútbol infantil, no falte nada. Las hamburguesas, las tortas para acompañar con el mate y la venta de entradas de valor mínimo los sábados son otras maneras de recaudar fondos.
“Muchas veces el club hace un sacrificio enorme para sostener una disciplina, una actividad o un comedor, porque no solo dejamos de prestar un servicio: estamos dejando a una persona sin un lugar de pertenencia”, afirmó Pedro Villarreal, presidente de la Unión Nacional de Clubes de Barrio.
Para evitar que esas puertas se cierren y ayudar a cubrir los gastos, cada vez más difíciles de afrontar, la diputada nacional Natalia Zaracho presentó un proyecto de ley que tiene como eje central la creación de la Tarjeta Club. Se trata de un monto mensual por institución de 250 UVA, una unidad cuyo valor se actualiza con la inflación.
El dinero está destinado a pagar facturas de servicios, comprar pelotas e indumentaria y hacer arreglos en las instalaciones. Para acceder al beneficio, los requisitos son simples: las entidades solo necesitan acreditar su trabajo social en el barrio y estar inscriptas en un registro básico, sin quedar afuera por no tener la personería jurídica al día.
La propuesta busca financiarse mediante un aumento de los impuestos a las casas de apuestas deportivas en línea, destinando esa recaudación directamente a los clubes de barrio.
En La Recova, los gastos que más impactan son los de luz y agua. Por eso, Sergio Cóceres dijo que está a favor de este proyecto de ley. “Ayudaría en todo, aunque sea un mínimo porcentaje”, comentó.
Junto con la comisión y los vecinos, busca que los jóvenes no solo vayan a realizar una actividad, sino que también quieran ir al club y desarrollen un sentido de pertenencia.
“Vemos que las apuestas mueven muchísimo dinero. Creemos que una parte de esos recursos tiene que volver a la comunidad y fortalecer a los clubes que todos los días trabajan para que los chicos tengan otra posibilidad”, declaró Villarreal.
Afuera, sobre la calle Almeyra, la vereda se llena de autos estacionados mientras la noche avanza. Los vecinos se saludan en la puerta, se cruzan abrazos y las charlas se estiran al ritmo del humo de la parrilla que sigue saliendo del buffet.
En Villa Libertad, la vida del barrio pasa por ahí. Porque, como sintetiza Pedro Villarreal, al final del día, el club de barrio es una institución social, deportiva y comunitaria. No es una empresa.





