Por Luisina Villaverde
El 6 de octubre de 2022, Gimnasia y Esgrima La Plata recibía en el Estadio Juan Carmelo Zerillo a Boca Juniors por la fecha 23 de la Liga Profesional, en un partido clave para ambos. El local tenía la posibilidad de clasificar a una copa internacional prestigiosa como la Libertadores por tercera vez en su historia. El visitante disputaba los primeros puestos del torneo y podía consagrarse campeón del fútbol argentino.
Cualquier tripero esperaba ese día para ir a alentar al Lobo. En una temporada inolvidable en la que había llegado a ser puntero y esperanzaba a toda su gente, la ilusión se palpitaba en el aire.
Ese jueves, Claudia Nievas estaba en su casa cuando su esposo, César Regueiro, más conocido como Lolo, se preparaba para ir al Bosque. Mientras él le mostraba sus camisetas a sus nietos y elegía cuál ponerse para la ocasión (terminó optando por la azul marino con una franja blanca cruzándole el pecho), además de confirmar quién lo acompañaría, ella se quedaba esperándolos.
“Haceme un guiso de arroz, ponelo a las 12 así queda caldudo”, le dijo su marido a Claudia pensando en la cena de esa noche. De esta manera Lolo, su hija Oriana y dos de sus nietos, Joaquín y Santino se dirigieron al estadio. Siempre iban todos juntos, son una familia numerosa vinculada al club, pero esta era la primera vez que iban a ir separados. Juliana, una de sus cinco hijas, por un lado con su marido y su beba Giana. Lolito, como nombra Claudia a su hijo Sergio, con rasgos físicos muy parecidos a su padre, terminó yendo con unos conocidos del barrio porque cuando fue a buscar a su papá ya se había ido.
Sus hijas Katherine y Estefanía (esta última horas antes había decidido no ir) estaban con ella en su casa. Cuando comenzó a cocinar, mientras sentía el calor de la olla en la que preparaba la comida que exclusivamente su marido le había pedido, quizá hasta en forma de mimo, Claudia acusó escuchar un ruido extraño en la televisión que transmitía el encuentro. “Son escopetazos, algo está pasando”. Mientras una de sus hijas le decía que eran cohetes, típicos de un clima festivo en la cancha, ella ya había distinguido que no era un sonido habitual.
En avenida 60 y 118, el corazón del paseo del Bosque platense, el ambiente se había tornado sombrío. Lo que debía ser una celebración, o por lo menos, un gran evento deportivo, terminó en puertas cerradas que no permitían el paso ni escapatoria alguna. Gases lacrimógenos que cerraban gargantas e imposibilitaban la visión por los ojos irritados, llenos de lágrimas y que pintaron una nube tóxica por encima de los hinchas, de los niños, de los abuelos, de las madres angustiadas por proteger a sus hijos.
El partido quedó suspendido y pasó a segundo plano, cada quien se cubría el rostro con lo que podía, los jugadores arrojaban botellas de agua hacía la gente en las tribunas e intentaban salvar a sus familias, las cuales habían ido a acompañarlos pero nunca pensaron este desenlace.
Sólo 320 policías en un partido de esa índole y una situación totalmente fuera de control. Disparos de balas de goma, decenas de heridos, gritos de desesperación, sentimientos de impotencia y miedo surgían mientras la incertidumbre se apoderaba de la escena. La represión jugaba de local.

La familia Regueiro intentó salir de las instalaciones. En ese lapso el hermano de César, Juan Domingo, salió por otro sector y su nieto Santino, en medio de tanto caos se alejó de su familia.
Según contó Sergio, el niño milagrosamente apareció en el auto en el que se habían transportado, a unas cuadras de la cancha. Pasó por la intemperie e increíblemente llegó sano y salvo. “Nos dijo a todos, mi abuelo me trajo hasta acá”.
A los minutos, el lugar que había sido un segundo hogar para Lolo toda su vida, al que llevó generación tras generación, donde aprendió a alentar y ser parte de una misma pasión, se convirtió en un infierno. César no podía levantarse, le pesaban las piernas y tenía una herida en la cabeza, algo que no quedó asentado en la primera autopsia.
Claudia recibió el mensaje de su hija Oriana quien le advirtió sobre la situación de su padre. Su hija Katherine agarró su moto y ella le dijo “voy con vos”. Por las calles de la ciudad de La Plata comenzaron horas de dudas e incertezas. Se sacó su campera negra y la agitó en el aire como señal de emergencia, abriendo camino. Tras intentos de un fallido RCP porque la represión nunca paró, Lolo perdió la vida por un paro cardiorrespiratorio en la ambulancia camino al Hospital San Martín, ubicado en 1 y 69, aproximadamente a 10 cuadras del hecho.
“En 2 y 42 creo que fue, le llega la noticia a Katherine, Lolo murió”, contó Claudia sobre cómo se enteró del suceso. Llegaron hasta infantería a buscar al marido de su hija, Matías, y de allí marcharon hacia el policlínico donde lo derivaron.
“Fui la primera que llegó, Oriana estaba en silla de ruedas o en el piso llorando, no me acuerdo. Y Joaquín, los gritos de Joaquín, nos mataron al abuelo”. Expresó que su nieto repetía esa frase visiblemente desconsolado, mientras que ella, tal vez por un estado de shock, no podía emitir palabras, no tenía voz, aunque sí era consciente de todo lo que pasaba a su alrededor.
Con el correr de las horas apareció la camiseta utilizada por Lolo, la cual estaba manchada con sangre, contradiciendo lo que detalló el informe luego de la primera autopsia que databa lo siguiente: el cuerpo no presentaba lesiones externas ni internas. Esto fue un punto clave para que se realice la reautopsia, que constató la presencia de un hematoma en la nuca y rastros internos de sangre, compatibles con golpes, apuntando a una muerte violenta y que fueron aspectos negados por los peritos oficiales, contrariamente con lo que sostuvo la perito por parte de la familia, Virginia Creimer. La señora Nievas detalló que su hija Estefanía había sido testigo de que médicos le habían cubierto la herida con algodón.
Cada persona que asistió ese día tiene una historia que contar, y todos obtienen la misma conclusión, que fue una tragedia que se podría haber evitado.
Uno de los tantos heridos fue el camarógrafo Fernando Rivero, que en su momento trabajaba para la empresa TyC Sports. Vivió en carne propia la violencia que se ejecutó ese día, cuando el policía Nahuel Falcón saltó una valla y le pegó tres disparos de bala de goma en la ingle.
“Lo que quiso fue sacarme de escena, lo que pasa es que yo estaba grabando todo lo que pasaba. La policía reprimía a todos, no importaba si era chico, grande o anciano. Empezaron a disparar y disparaban a mansalva, a cualquiera”, detalló Rivero sobre cómo fue el momento exacto en el que lo atacaron. Un pensamiento en común es que ni los directivos de Gimnasia, ni la policía, ni su jefe, estuvieron a la altura.
Fernando decidió no iniciar acciones legales con su caso. “Hacer juicio con la policía es estar mil años”, dándole la derecha a Claudia, quien refirió a su lucha como “pequeñas hormigas peleando contra elefantes del poder político”.
Sobre lo sucedido con Lolo, Fernando agregó: “El tipo tuvo un infarto, ¿producto de qué? producto de todo lo que estaba viviendo. Le podía haber pasado a más, a señoras, a algún chiquito. Lamentablemente falleció una persona, pero podría haber sido peor”.
María del Carmen Verdú, una de las directoras de CORREPI (Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional), expresó que lo sucedido es “un hecho que sólo se explica a partir del gigantesco negocio, que son los servicios adicionales en canchas de fútbol”, y que “cualquier situación en la que una persona es lesionada, o en este caso muere en el marco de un hecho represivo, es responsabilidad estatal”.
Carmen también destacó: “Siempre hay distintos recursos que utiliza, según el estado de situación, cada gestión de gobierno para desresponsabilizarse. Acá se habló de barras bravas, se habló de reventa de entradas, o sea, siempre victimizando y responsabilizando a quienes en definitiva fueron las víctimas, que era la gente que estaba ahí”.
La realidad es que ninguna de las partes acusadas se hizo responsable. Ni Gabriel Pellegrino, expresidente de Gimnasia, ni los comisarios acusados Juan Manuel Gorbarán y Sebastián Perea (quien paradójicamente fue premiado con un ascenso), ni el ya sobreseído de la causa Eduardo Aparicio, quien fue el titular de la APREVIDE (Agencia de Prevención de la Violencia en el Deporte), ni el exministro de seguridad Sergio Berni, que hasta el día de hoy, cuatro años después, mantiene la misma postura. Cuando fue consultado por el caso, su declaración fue la siguiente: “No puedo decirte nada que no hayas leído, yo no estaba presente, no fui parte de la causa… Fue una víctima que sufrió un infarto”, igualando la polémica declaración que dio en ese momento siendo parte del gobierno.

Los abogados defensores tampoco quisieron aportar su mirada del caso. Nadie se hizo cargo, nadie acompañó.
Su hijo Sergio considera que por ser una familia humilde los trataron de ignorantes. No solo con respecto a cómo manipularon el cuerpo y los primeros resultados, sino también por sus tratos y “luchas” con los abogados. Remarcó que hasta investigaron las prestaciones de su papá en IOMA (Instituto de Obra Médico Asistencial), buscando algún antecedente que pudiera justificar su muerte. “Si ellos hubieran hecho las cosas como corresponde, mi papá hoy estaría con vida, es una herida abierta que nunca termina de sanar, y no veo la hora de que baje el martillo”, agregó. Además, Sergio no volvió a tener la misma relación con Gimnasia, ni él, ni su madre, hay un vínculo que de alguna manera se rompió. Hay dolor.
Renzo Stefanizzi, hincha presente esa tarde en el estadio, contó que cualquiera podía dar fe de que el clima que se vivió ese día era extraño, y que si es cierto que había mucha gente pero que hubo clásicos con la misma cantidad, sacándole responsabilidad o evitando que la reventa de entradas (específicamente la cantidad de personas que estaban afuera) sea el principal foco del problema.
“Nunca en mi vida escuché tantas detonaciones por parte de la policía en un partido de fútbol como ese día y todo hacia la gente. En el registro de la madrugada se encontraron 400 casquillos de bala de goma, en una cancha de fútbol, una locura. Además lo que me cuesta dimensionar es que hicieron todo eso con un estadio a puertas cerradas , tiraron el gas abajo de la tribuna, sabiendo que iba para arriba y se impregnaba en la gente”. Los escalones de la popular de Gimnasia no están recubiertos con cemento, por lo que el humo, como explicó Renzo, automáticamente subía hacia la hinchada.
También agregó que la defensa principal de los acusados por el porcentaje de gente queda nula. “Se sabe que si tiran dos o tres balas de goma al aire la gente se aleja”. Según Renzo, no había más de 50 personas.
Gabriel Pascarelli, otro hincha que fue testigo, también concuerda con que la actuación de la fuerza policial fue completamente desmedida. “La policía tiraba a mansalva, y no había ni desde adentro ni afuera, un orden, un líder, una autoridad, nadie que diga no se puede seguir jugando”, aportando su cuota de responsabilidad también a los máximos directivos del club.
“De la comisión directiva no apareció nadie y la policía no colaboró, solo reprimió. Tendrían que haber dado rápidamente comunicados, hablando con firmeza con los socios, con la gente, pero no fue así. Se iban soltando verdades pero quedó todo muy sucio, muy gris”.
Las semanas posteriores a lo ocurrido, Claudia se quedaba hasta las cinco de la mañana leyendo las interminables hojas de la causa, el expediente, buscando respuestas. Pasó días sin dormir y sin entender como de un instante a otro todo cambió. Sus hijos tuvieron que interferir para que la situación no afecte a su salud, la cual se estaba viendo resentida.
Y aún así, con el corazón estrujado, su resiliencia hace que cada vez que sale el sol, vuelva a luchar. Aunque se siente sola, porque con el paso del tiempo parece ser que su historia dejó de importar, porque los medios dejaron de contarla y porque el club olvidó que en sus butacas sobra un espacio.
Hoy, Claudia se volvió una guerrera. El pilar de su familia, de sus cinco hijos, de sus 22 nietos. Pero aún hay un lugar en la mesa vacío, en las numerosas comidas familiares, en los viajes a Las Toninas tan característicos y tradicionales de los Regueiro, en los cuales Lolo encabezaba las caravanas, como padre protector. Hay un duelo sin cerrar. Hay un todos, pero en ese todos, sigue faltando alguien.
Hoy queda lejos el debate sobre si fue una jugada política, si querían “hacerle la cama” al presidente del club, las especulaciones del porqué de la represión y otras variables de culpabilidad. Lo cierto es que una familia se quedó sin un padre, sin un abuelo. Una Claudia, se quedó sin su Lolo y nadie se lo devolverá. Pero de algo está completamente segura: “Tienen que responder por la muerte de Lolo, como dicen ellos, ese muerto. Ese muerto tenía nombre y apellido: César Gustavo Regueiro”.
El Juan Carmelo Zerillo volvió a abrir sus puertas, los campeonatos se siguieron jugando y el tiempo avanzó. Sin embargo, para quienes vivieron aquella fatídica noche, para la familia del fútbol, para Claudia Nievas, a quien le arrancaron un pedazo de su alma, a quien le llevaron por la fuerza a su compañero de vida, quien vivía orgulloso de sus hijos y nietos, y obvio de su “petiza”, como tiernamente la apodaba y para su entorno, el recuerdo de César Lolo Regueiro permanece intacto, con la necesidad y la esperanza de que salga a la luz la verdad y que los responsables se hagan cargo de su mal accionar esa noche del 6 de octubre de 2022.
Lolo, fue para quienes lo conocieron, un buen hombre. El tipo de persona que ofrecía su ayuda sin esperar nada a cambio, alegre, reconocido por la hinchada, quien amaba incondicionalmente a su club y que inexplicablemente dejó la vida por los colores azul y blanco.
Según la resolución judicial, el debate se realizará finalmente en el fuero Correccional y no en un Tribunal Oral Criminal como solicita la familia, lo que implicaría penas más elevadas, aunque todavía nada está resuelto definitivamente. Sigue habiendo planteos cruzados, interpretaciones opuestas y fuertes discusiones jurídicas.
Mientras tanto, para su esposa, el tiempo parece haberse detenido aquella tarde de octubre. Todo avanza lentamente, casi pareciera no hacerlo. Pero no bajará los brazos, porque en cada mural, remera, y en cada marcha, sigue apareciendo Lolo. El hombre que salió a la cancha para alentar a Gimnasia y nunca volvió a casa.





