Por Tomás Espósito
Durante más de dos décadas, una figura marcó una época en el tenis femenino y se convirtió en una de las deportistas más reconocidas de su generación. Su potencia, personalidad y una carrera llena de grandes títulos construyeron una historia que trascendió las canchas y la convirtió en una referencia dentro y fuera del deporte. Este 26 de septiembre, Serena Williams llegó a los 45 años, una fecha que permite repasar el recorrido de una de las grandes protagonistas del tenis mundial.
Detrás de ese número aparece una trayectoria de 27 temporadas como profesional, con 23 títulos de Grand Slam, una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 en singles, 73 trofeos individuales y 319 semanas como número uno del mundo. Nacida en Saginaw, Michigan, creció junto a su hermana Venus, y encontró en el tenis, bajo la conducción de su padre, Richard Williams, el camino que la llevó desde muy joven a competir contra las mejores del mundo. A los 17 años conquistó su primer Grand Slam en el US Open de 1999 y comenzó una carrera que terminaría por convertirla en una referencia histórica del tenis.

Con el paso de los años, aquella adolescente que irrumpió en el circuito se transformó en una de las grandes dominadoras de su época, pero su crecimiento estuvo siempre ligado a su hermana mayor, Venus Williams. Fue su primera gran referencia y también la figura que tenía delante, por lo que Serena, durante buena parte de su juventud, encontró en ella un objetivo al que quería alcanzar. Las dos crecieron juntas, entrenaron bajo la mirada de su padre y terminaron enfrentándose en el circuito profesional, aunque también construyeron una de las parejas más exitosas de la historia del dobles femenino.
Entre 2002 y 2003 llegó una de las primeras grandes muestras de dominio de Serena: ganó cuatro Grand Slam de manera consecutiva, desde Roland Garros 2002 hasta el Australian Open 2003, una hazaña conocida como “Serena Slam”. El término no significa ganar los cuatro majors dentro de un mismo año calendario, sino conseguirlos de forma consecutiva a lo largo de dos temporadas. En ese período también alcanzó por primera vez el número uno del mundo. Junto a Venus siguió construyendo una historia propia en el dobles, que finalizó con 14 títulos de Grand Slam y tres medallas de oro olímpicas.

Después de aquel primer gran período de dominio, Serena mantuvo su lugar entre las mejores del circuito y volvió a completar otro ciclo de cuatro Grand Slam consecutivos entre el US Open 2014 y Wimbledon 2015. A esa altura, ya había construido una carrera que combinaba títulos, permanencia en la cima y una capacidad para volver a imponerse después de cada etapa de su trayectoria. Su segundo “Serena Slam”, doce años después del primero, confirmó que su dominio no había quedado reducido a una sola generación.
En 2017 llegó uno de los momentos más particulares de su carrera. Serena ganó el Australian Open y alcanzó los 23 títulos de Grand Slam, el último de su trayectoria, en una edición que disputó mientras estaba embarazada de su primera hija, Olympia. Ese título la dejó como la tenista con más Grand Slam individuales de la Era Abierta, una marca que todavía sostiene.

Después de convertirse en madre, volvió al circuito y encontró una versión diferente de su carrera. En 2018 alcanzó las finales de Wimbledon y del US Open, y un año más tarde volvió a disputar las definiciones de Londres y Nueva York, aunque el título número 24 nunca llegó. La búsqueda de ese último Grand Slam acompañó sus últimos años dentro de las canchas, hasta que en 2022 eligió el US Open, el mismo torneo donde había ganado su primer Major 23 años antes, para cerrar su etapa profesional. Su último partido fue ante Ajla Tomljanović, en una noche que marcó el final de una carrera que había comenzado cuando apenas tenía 14 años.
Así, aquella adolescente que comenzó su camino junto a Venus terminó construyendo una carrera propia, marcada por grandes títulos y momentos que quedaron en la historia del tenis. En 2022 jugó su último partido, pero su recorrido ya había dejado una huella que permanece hasta hoy.





