Por Lola Fernández
Mientras los discursos oficiales celebran la fiesta del deporte sudamericano en Santa Fe, la realidad cotidiana de miles de atletas desvela la otra cara de la medalla: entrenar sin presupuesto, sostenerse a base de changas y la constante incertidumbre económica de no poder vivir de lo que aman.
Los Juegos Suramericanos Santa Fe 2026 llegaron a su fin, dejando un tendal de medallas, marcas superadas, tribunas colmadas y discursos institucionales que celebran el evento como un hito de integración y desarrollo regional. Las crónicas periodísticas se concentran, como es habitual, en los podios, el himno nacional y la euforia de los triunfos. Sin embargo, cuando las luces de los estadios se apagan y los flashes de las cámaras se desplazan hacia otra noticia, la enorme mayoría de los atletas que representaron a la bandera vuelve a una cruda y solitaria realidad: el anonimato, la falta de apoyo estructural y la necesidad de ingeniárselas para sobrevivir en un país donde hacer alta competencia es, antes que un derecho garantizado, un acto de supervivencia y resistencia.
Hacer deporte amateur en Argentina —y en gran parte de América Latina— implica transitar una cuerda floja cotidiana. Detrás de cada ciclista, nadador, remero o atleta que compitió en las sedes de Santa Fe, Rosario o Rafaela, hay historias de malabares económicos que rara vez se televisan. Para la inmensa mayoría de los deportistas, el día no arranca con un plan de kinesiología y doble turno de entrenamiento diagramado por la alta escuela, sino madrugando para cumplir con un trabajo precario, buscando changas, dando clases particulares o dependiendo del auxilio financiero de la familia para poder pagar los pasajes, la indumentaria o los suplementos nutricionales indispensables.
El contraste entre la pompa de la alta competencia internacional y las condiciones reales en las que se entrena a diario es brutal. Mientras las delegaciones se miden con potencias regionales en escenarios reacondicionados para la ocasión, los deportistas locales denuncian sistemáticamente el vaciamiento de las becas estatales, la incertidumbre frente a los recortes presupuestarios y la desidia dirigencial. ¿Cómo se le puede exigir a un atleta que dispute una medalla de oro en igualdad de condiciones frente a estructuras profesionales extranjeras cuando su principal preocupación al terminar de entrenar es saber si podrá pagar el alquiler o comprar los alimentos necesarios para su recuperación física?
La épica del “esfuerzo y la pasión” suele utilizarse desde el poder político y las federaciones como un eufemismo para encubrir el abandono estatal. Se romantiza la cultura del sacrificio individual, transformando carencias en supuestas virtudes del carácter nacional. Se aplaude al deportista que “deja todo” por la camiseta, pero se invisibiliza que ese “dejar todo” muchas veces significa resignar proyectos de vida, salud mental, estabilidad laboral y un futuro previsible.
Los Juegos Odesur en Santa Fe dejan una infraestructura renovada y postales imborrables de gloria deportiva, pero también desnudan una urgencia impostergable. El deporte no puede seguir descansando exclusivamente sobre los hombros fatigados de quienes, a puro pulmón y contra viento y marea, sostienen la bandera nacional. Garantizar presupuesto acorde, becas dignas, obra social y condiciones laborales para que los atletas puedan dedicarse a su disciplina no es un favor ni un privilegio, sino un derecho básico. Porque mientras no se modifique esta matriz de precarización, cada medalla obtenida seguirá siendo, en realidad, el triunfo de la autogestión contra la desinversión oficial.





