Por Mateo Barerio
Hay deportistas para los que el retiro significa abandonar aquello que hicieron durante toda su vida. Para Jon Uriarte, no fue así. Cuando dejó el vóley profesional en el año 1990, tras ser parte de una de las generaciones más importantes de la historia del vóley argentino, no se alejó de las canchas. Cambió de lugar. Uriarte había sido parte de la Selección Argentina que consiguió la histórica medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988. Ese equipo marcó un antes y un después porque puso al deporte en lo más alto, logrando visibilidad para el vóley nacional, y dejó a varios de sus integrantes (Hugo Conte, Waldo Kantor, Javier Weber, entre otros) como referentes de una generación. Sin embargo, para Uriarte, el final de su carrera como jugador no significó el final de su relación con el deporte.

Comenzó entonces una nueva etapa en su vida: ser entrenador.
Sus primeros pasos estuvieron ligados a Chacarita FC de Azul (1991-1993) y luego a Azul Voley Club (1993-2001). En Azul, la ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires, empezó a construir una idea que aparecería nuevamente en distintos momentos de su trayectoria: el vóley no solamente como competencia, sino también como espacio de formación.
Cristian Ventura, entrenador y exintegrante del proyecto de Azul Voley, describe a Uriarte como un tipo apasionado y perfeccionista. Pero también destaca una diferencia nacida de su experiencia en la cancha. “Como jugador vio algo que algunos de nosotros, que no hemos sido jugadores profesionales de altísimo nivel, no podíamos ver y él sí”, explicó Ventura.
Rodolfo “Fito” Pauluzzi, quien trabajó junto a Uriarte durante su etapa en Azul Voley, considera que su paso por la ciudad dejó una huella que excede los resultados. Destaca el trabajo que realizó para impulsar el vóley en Azul y defender el proyecto de Uriarte: “Todo lo que hizo por el vóley de Azul y defendía a la ciudad, al vóley y muchas veces también a los dirigentes”.
En su proceso en la Selección Argentina (2005-2008) aparecieron nombres que se convirtieron en protagonistas. Rodrigo Quiroga, Lucas Chávez y el mismísimo Luciano De Cecco fueron algunos de los jóvenes por los que Uriarte se decidió. Ventura destaca esa apuesta por los juveniles y recuerda el debut de De Cecco en el seleccionado mayor: “Había que tener mucho coraje para jugársela por los pibes; había que jugársela para hacer un recambio”.
La búsqueda de recambio para una nueva formación no se limitaba al aspecto técnico. Ventura recuerda que Uriarte incorporaba herramientas como la concentración, la respiración y la meditación, recursos que, según explica, le daban un plus a su trabajo y le permitían complementar la preparación técnica, táctica y atlética de los jugadores. Ahí aparece una de las características más importantes de su etapa como entrenador. Su legado no puede medirse solamente por los equipos en los que dirigió o los logros que consiguió, como la medalla de bronce en Seúl, sino también por los jugadores que ayudó a crecer.
Para Pauluzzi, esa evolución construyó una característica que atravesó toda la carrera de Uriarte: el profesionalismo. Lo define como alguien que no esperaba que las condiciones aparecieran por sí solas y que estaba dispuesto a hacer lo necesario para que el trabajo saliera adelante. Si había que limpiar el piso o las pelotas, lo hacía; si necesitaba estudiar al rival, podía pasar horas analizando videos. Esa exigencia no impedía que existiera un vínculo cercano con quienes compartían trabajo. Después de conquistar la Liga Nacional de la Confederación Argentina en la temporada 1993-94, cuando llegó el momento de recibir el premio, Uriarte no subió solo. “Me manoteó del brazo y me subí con él a recibir el premio”, recuerda Pauluzzi. La escena resume la forma de entender el vóley de Uriarte. La misma persona que podía pasar estudiando a un rival, detenerse en los detalles o exigirle al equipo hasta el último esfuerzo también entendía que los logros no se construyen en soledad.
Pauluzzi conserva una imagen de su estadía en Azul con Uriarte. Después de que un toro lo pateara, Uriarte llegó a un entrenamiento con un hematoma que le cubría desde la rodilla hasta la ingle. El equipo ya había terminado la entrada en calor, pero había un ejercicio que no le había salido al central del equipo. Llamó a un joven, se puso los pantalones cortos, se calzó las zapatillas y les explicó cómo realizar la acción, rematando una pelota que tocó la línea de 3 y después tocó el techo. “Si con un hematoma en toda la pierna, un jugador de vóley se quedaba sentado con hielo y esperando que lo venga a ver un médico. Y este loco demostró que ante la adversidad hay que imponerse, un loco lindo”, recuerda Pauluzzi.
Quizás ahí está la imagen que mejor resume a Jon Uriarte: el jugador que dejó de jugar pero que nunca dejó de estar adentro de la cancha.





