Por Malena Mendoza Venier
Pensar que para otros esta noche pudo haber sido una minucia.
Para mí, en cambio, era como soñar despierto.
Una de esas noches que uno acuna en silencio, casi con vergüenza, por miedo a que no ocurra nunca.
Entré a la cancha y quedé paralizado.
No por el frío, sino por ese instante que parecía eterno y que, por una vez, quería que lo fuera de verdad.
Era el mismo estadio de siempre. El de tantas tardes. El de mi abuelo.
Yo iba de chico, sin entender demasiado, apenas siguiendo el pulso de su entusiasmo.
Ahora estaba solo. O eso creía.
Porque entre el clamoreo y el alborozo, había algo, un no sé qué, que me acompañaba.
Como si su ausencia tuviera, de pronto, ciertos ribetes de presencia.
Afuera, la turbamulta calamar avanzaba por el puente Zapiola como empujada por una fuerza indefectible.
Me acomodé en la Zacheo y contemplé el panorama.
Era mejor que en los sueños que tantas veces había tenido.
Me sentía pleno. En sosiego. Como si, por una vez, el resultado no importara demasiado.
Después de todo, era una noche para festejar.
—Estamos en la Libertadores, carajo.
Ciento veinte años de espera. No sé si parsimoniosa, pero sí obstinada.
Una espera de esas que no se negocian, que se heredan.
Se notaba en la emoción de la gente.
En la hinchada, con sus globos marrones y blancos.
En los ojos de esos abuelos que alguna vez pensaron que se iban a ir sin ver al calamar campeón.
Y también —aunque nadie lo dijera— en el recuerdo de los que no pudieron estar.
Como si todos, de algún modo, estuvieran ahí.
En ese momento me giré, como buscando a alguien conocido.
Pero me encontré con una imagen que no voy a olvidar en la vida.
Tendría la edad de mi abuelo.
Llevaba un gorrito de lana marrón y la camiseta de sus amores.
En su mirada —y en esa sonrisa apenas contenida— estaba ese nene que alguna vez fue.
El que cantaba con las mismas ganas.
El que se dejaba la voz en cada estrofa, en cada “jugar la Libertadores es lo que imagino”.
Y que, en cuestión de minutos, iba a volverse real.
Sostenía el celular con manos apenas trémulas.
Del otro lado, su mujer.
Le mostraba todo con un entusiasmo conmovedor.
Como si necesitara compartir, de inmediato, la prueba de que aquello —eso que durante tanto tiempo fue casi un desvelo— estaba ocurriendo de verdad.
Lo que estaba viviendo.
Lo que estábamos viviendo todos.
Solté un par de lágrimas y me puse a cantar.
Ya estaban entrando los jugadores.
Durante el partido, el abuelo no paró un segundo.
Gritaba los goles antes. Siempre antes.
La jugada recién se armaba, la pelota ni siquiera había salido del pie, y él ya estaba señalando el arco, gritando el gol con una convicción inapelable.
Al principio me generó cierta empatía. Después de todo, se notaba que todos estábamos en ascuas.
Pero me invadía una bronca casi bilardista.
Esa necesidad de no quemar la jugada, de no anticipar lo que todavía no había pasado.
Después lo entendí.
No era ansiedad.
Era como si hubiera esperado tanto ese momento, que necesitara adelantarse a la realidad.
Como si no estuviera dispuesto a que nada le arruinara la ilusión de una noche perfecta.
Pero la suerte no estuvo de nuestro lado.
Un 0–2 que no representaba una derrota amarga.
Porque antes del resultado hubo intentos, ganas, y un equipo que, sobre todo en el primer tiempo, salió a jugarlo entendiendo su rol en la ilusión que había en nuestros ojos.
Corrieron, metieron y jugaron con más voluntad que claridad.
Después, el cuerpo empezó a pasar factura.
Y aunque el gol nunca llegó, quedó la sensación de entrega.
Y el fútbol —ese viejo artero— inclinó la balanza para el otro lado.
A los noventa, sonó el pitazo que nos devolvía a la realidad.
Lo busqué otra vez.
Seguía ahí.
Ya no gritaba. Pero sonreía.
Como si el resultado fuera, después de todo, apenas un detalle.
Y por un instante sentí un arrebato.
Tal vez tenía razón.
Hay noches que no se juegan para ganarlas, sino para poder, al fin, vivirlas.
Que tal vez los goles había que gritarlos antes.
Cuando todavía eran posibles.



