Por Agustina Andrada
2 de abril de 1982, en Malvinas desembarcaban jóvenes argentinos mal equipados, sometidos al último recurso de la dictadura militar: recuperar la Islas para mantenerse en el poder.
En aquel momento, se jugaba el Torneo Metropolitano y el Nacional, que incluía varios equipos del interior. Ese fin de semana, la Zona C fue testigo del triunfo de Central Norte de Salta ante Mariano Moreno de Junín, mientras que en Parque Patricios, Huracán y Boca repartieron puntos en un vibrante 3-3,. Por su parte, River igualó ante Nueva Chicago sin goles.
“El que no salta es un inglés” se convirtió en el grito de la guerra en las tribunas, acompañado por banderas con la leyenda: “Las Malvinas son argentinas”. El fútbol no fue solo un juego, sino un engranaje clave del aparato de la comunicación oficial. La pelota siguió rodando mientras Leopoldo Galtieri, presidente de facto, desde el balcón de la Casa Rosada, desafiaba: “Si quieren venir que vengan. Les presentaremos batalla”. En sintonía con esa realidad disociada, San Lorenzo empataba 3-3 con Los Andes en la Primera B. Días después, River le ganaba a Gimnasia de Jujuy. Boca perdió 2-1 contra Central Norte de Salta y Ferro -futuro campeón- venció 3-1 a San Lorenzo de Mar del Plata.
El 13 de junio, un día antes de la rendición, mientras las tropas agotaban sus últimas municiones bajo una normalidad impostada, se jugaba las semifinales del Nacional.
Semanas más tarde, Ferro Carril Oeste conquistaría el primer título oficial de su historia de la mano de Griguol, tras vencer a Quilmes en la final.
En paralelo, la Selección de Menotti debutaba en el Mundial de España ante Bélgica, en el Camp Nou de Barcelona. La derrota sorprendió al mundo y comprometió la clasificación de Argentina. En la tarde del 14 de junio, mientras la atención internacional se repartía entre el empate de Italia ante Polonia y el Mundial, en Buenos Aires se conocía la inminente caída de Puerto Argentino.
Horas más tarde, durante el entretiempo de Brasil-Unión Soviética, la Junta Militar difundía el comunicado del cese de hostilidades.
Mientras el país procesaba la derrota, el fútbol intentaba seguir adelante, dejando una herida abierta sobre cómo el deporte más amado fue utilizado para vendar los ojos de una sociedad en duelo.
Cuatro años después, el destino ofreció una escena casi guionada. El seleccionado tuvo su “revancha” ante Inglaterra en México 86. Los goles de Maradona funcionaron como una catársis necesaria para un pueblo herido. Sin embargo, al apagarse los ecos del festejo, la realidad permaneció inalterable: ni el más épico de los triunfos deportivos tiene el poder de borrar el dolor de las pérdidas ni de reescribir la historia de quienes quedaron en las Islas. Diego lo dejó claro: “Ese día jugamos pensando en los pibes que estuvieron en las islas”.
El fútbol dio consuelo, pero la memoria sigue exigiendo justicia.
Las Malvinas, por historia y por derecho, fueron, son y serán siempre argentinas.



